«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU

De gustos ahidalgados

Ilustración de la portada de Karla y otras sombras (La umbría y la solana, Madrid, 2017)

Luys Santa Marina (Santander, 1898 – Barcelona, 1980) fue un falangista de primera hora, que se jugó la vida antes y en la guerra y que apechugó con tres condenas a muerte, tres, burladas —nunca mejor dicho— in extremis. Después se acomodó mal que bien a la paz, haciendo vida discreta de literato. Escribió estimables biografías heroicas, entre ellas Cisneros (1933), Retablo de la Reina Isabel (1940) e Italia mi ventura. Últimas guerras del Gran Capitán (1944).

Literariamente hizo el mismo recorrido que otros tantos escritores exquisitos de la llamada corte literaria de José Antonio Primo de Rivera. Fueron recalando en unas obras melancólicas, hermosísimas, hechas de memorias y de regustos aristocratizantes. No fue sólo el conde de Foxá, lo que tenía su lógica genealógica, sino Sánchez Mazas, Torrente Ballester, de algún modo, Álvaro Cunqueiro o Lorenzo Villalonga. Quizá cabe deducir que en el pensamiento de Primo de Rivera, marqués de Estella, había una semilla esencial de nobleza de espíritu y tensión poética que habría de fructificar en sus seguidores originales.

Qué bien puesto está el nombre «otras sombras», porque son historias hechas de evocación más que nada

De entre los varios libros de relatos de Santa Marina, Karla y otras sombras (1956, reedición en editorial «La umbría y la solana», Madrid, 2017, al cuidado de Enrique Andrés Ruiz), es el mejor. Qué bien puesto está el nombre «otras sombras», porque son historias hechas de evocación más que nada. Curiosamente evocación de su Santander natal, nada de Barcelona, donde el escritor vivió toda la vida. Las brumas cantábricas se habían instalado en su alma.

Estos relatos son, como apunta muy atinadamente Libros de Cíbola en su reseña, «un auténtico antídoto contra el feísmo que invade buena parte la literatura actual»

Es un Cantábrico peculiar, un mundo propio hecho de melancolías, final de estirpes, familias que no arraigan y que sólo dejan recuerdos vagos que se disuelven con el tiempo, la intensidad de un amor, la familia, los apellidos, los viajes… «Relojes en el recuerdo» es un primer título de sección más que significativo. Se dice del personaje Alejandro de Montealegre: «De gustos ahidalgados, desprendióse de todos sus negocios y viajó ocioso por Europa», y el lector adivina que es un autorretrato soñado de Luys de Santa Marina. Todos los personajes (y los paisajes) son trasuntos suyos.

Casi cada frase suya evoca un mundo hecho de sugerencias y sentimientos

Quizá porque se (son)ríe de él mismo, gasta un sentido del humor dulcísimo, dando una vuelta de tuerca misericordiosa al escepticismo y la desgana. Si los argumentos no son demasiado sólidos, sino que se dejan ir, la belleza de las sugerencias y la música de la prosa terminan conquistando al lector más reticente. Estos relatos son, como apunta muy atinadamente Libros de Cíbola en su reseña, «un auténtico antídoto contra el feísmo que invade buena parte la literatura actual». Se regodea en la sustancia de un castellano muy rico, que rescata —labor conservadora por excelencia— palabras en desuso. Me llevaron al diccionario: altiricón, gollizos, sebes, sillarejo, maquilero, gambucera, propileo, parigual, sinsorgo, árgomas, palingenesia…

Casi cada frase suya evoca un mundo hecho de sugerencias y sentimientos, que diríamos ido para siempre si no fuese porque, leyendo a Santa Marina, lo encontramos, intacto, en nuestro corazón:

* * *

[Un gran hombre, un personaje de armas tomar, al quedarse viudo.] Se le cayeron las alas del corazón. […] Llegó hasta a tomar agua de Solares en las comidas y limonadas entre horas.

Nieves era, más que hermosa, inquietante: alta, esbelta, blanquísima, con un pelo rubio ceniza y unos claros ojos boreales. Muy metida en sí misma —lecturas, viajes y deportes— nadaba como una nereida y patroneaba balandros como nadie; nunca tuvo novios ni procuró buscarlos.

… si no la idealizó el marido, y los maridos idealizan pocas veces [la escultura de una Magdalena hermosísima y casi sugerente, para la que el bisabuelo del narrador del cuento usó de modelo a su mujer.]

Huyeron los pájaros de su cabeza, y se encontró con un gran vacío.

[Unos novios de los que se ríen en el pueblo por poca cosa y ridículos] Pero ellos no se enteraron siquiera; vivían en un mundo resplandeciente, hermoso, ajenos a todo.

Hiciéronle ganar los primeros miles, los más duros de pelar. [Un indiano en América.]

Y se salieron con la suya, fueron felices.

[En una carta de amor] Cuando estaba a tu lado, me dolía que pasase el tiempo, aquí no: para eso es la vida, para que se la lleve el tiempo despacito o de prisa. […] te mando esta hojita de olmo que llegará a tus manos y siento por ella un cariño muy suave. […] Perdóname esta carta; te la mando porque me alivia pensar que la abrirán tus manos y, durante unos segundos, seguirán tus ojos estas líneas.

[Hidalgos pobres que en unas tierras yermas encuentran una veta de hierro] Y, como raza no les faltaba, padres e hijos fueron señores de veras, es decir, continuaron siéndolo, pero con vuelo más alto.

Hablábamos en voz baja, como temiendo lastimar a los fantasmas evocados después de tantos años.

[Haciéndose el jardín de una casa] Respetó unos laureles y unas matas de espino y dejó que el cielo norteño hiciese lo demás.

[Dice ella, Karla de Pallavicini, condesa de Aufenberg, a Enrique de Velarte] —¡Cómo me gusta verte pagar una cosa mía! El dinero—que no es nada— cuando es tuyo y dedicado a mí, se embellece… ¡qué se yo…! Me parece que soy más tuya. ¡Pagar tú mis cosas…! ¡Qué ilusión! ¿Cómo te lo podría explicar?

… a tu lado, una vida sencilla y complicada, como todas.

* No despoetices las cosas, darling.

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