«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU

El derecho a permanecer

Fuente: Shutterstock
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En una entrevista en 1998, Alain de Benoist, paladín de la Nouvelle Droite, rescataba las palabras proclamadas por el «arcángel del terror» en 1793: «¡El extranjero estropea todo!», tratando de aclarar que la xenofobia no es específicamente de izquierdas ni de derechas. De hecho, ambas parroquias más frecuentadas que las sacrosantas cuentan hoy en sus filas con voceros que loan todo lo contrario. De los editoriales de Àngels Barceló al stream de algún que otro cura demasiado enamorado de la mondanità. Que si vienen a pagar nuestras pensiones o que si son nuestros niños. Discursos de bolonios con mecenas que transitan del clasismo a la filantropía, sin contradicción alguna; desórdenes en forma de irenismo desaforado que Saint Just guillotinaría sin pestañear; y fogonazos de solidaridad opacados por la altura de las vallas de sus casas y la efectividad de sus alarmas. 

El derecho a permanecer precede al derecho a emigrar

Los lazos de solidaridad familiares, nacionales y humanos con los que estamos obligados tienen prelación de proximidad; cuanto más cercano, más obliga. Una jerarquía de instancias de socialización y de lealtad: de la familia al barrio, del barrio a la ciudad, de la ciudad a la región, de la región a la nación; y así subsidiariamente. Por eso, la solidaridad con el desconocido sin la previa caridad con el vecino está tan vacía como vacías de dulces están las cajas de galletas danesas que las madres de España han decidido usar como costurero.  

En la carta de Pío XII a los obispos americanos en 1948, recogida en la constitución apostólica Exsul familia de 1952, se contienen los criterios que condicionan el derecho a emigrar, fundado sobre el destino universal de los bienes, a saber: que el inmigrante se haya visto forzado a abandonar su patria; que sea, además de necesitado, honrado; que la acogida esté condicionada a la «posibilidad de hacer vivir a un gran número de hombres» en la nación acogedora; y que no se vulnere la utilidad pública, el bien común. A su vez, el catecismo nos recuerda que «el hombre, al servirse de los bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que puedan aprovechar no sólo a él, sino también a los demás». Es decir, adaptando las formas de propiedad a las instituciones legítimas de los pueblos, los bienes creados deben repartirse equitativamente «bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad», haciéndolos fructificar y legándoselos a otros, primando a los próximos. Así, el destino universal de los bienes adquiere un importante alcance identitario, postulando el derecho de cada hombre a vivir honradamente de la tierra que le vio nacer. Porque el derecho a permanecer precede al derecho a emigrar.  

La experiencia nos dice que las sociedades multiculturales son sociedades multiconflictivas

Desde luego, si la dimensión de los fenómenos se mide por la gravedad de sus efectos, la inmigración es el tema de nuestro tiempo. Entre enero y septiembre de este año han entrado 228.240 inmigrantes ilegales en la Unión Europea, un 70 % más que en el mismo periodo de 2021 y la cifra más alta desde 2016. La segunda ruta más concurrida ha sido la del Mediterráneo central, registrando un gran aumento de los intentos de cruce, con un total de 42.549, un 44 % más que el año pasado, solo por detrás de la ruta de los Balcanes. En España, observamos este año una subida del 1700 % de las entradas de inmigrantes ilegales en Melilla por vía marítima y un incremento del 25,8 % de las llegadas a Ceuta y Melilla por vía terrestre; cosa nada extraña dada la especial tensión en ambas orillas del estrecho que constituyen, a su vez, uno de los mayores clivajes de renta del mundo: España tiene un 90% más de renta per cápita que Marruecos, un país que, además, tiene un producto interior bruto que no alcanza el 9% del español. 

La balanza comercial de desmanes y delitos de importación tampoco se queda atrás: superávit de denuncias y déficit de seguridad. La experiencia nos dice que las sociedades multiculturales son sociedades multiconflictivas. Y para muestra, el fresco patrio, aprendiz de algún Escrutopo allende los Pirineos. De Saint-Denis a El Ejido, epístola a través.

Al final, las sociedades abiertas son enemigas de la diversidad, dada la imposibilidad de reconocer la alteridad en sí misma al reducir lo otro a lo mismo -vía indiferenciación-; y a causa de que la estigmatización de las formas de vida heredadas ha provocado que el miedo al otro haya devenido en miedo a lo mismo -vía autoinculpación-. Una contradicción tan moderna como prometer derechos sin proporcionar los medios para ejercerlos. ¿El producto final? Identidades colectivas alejadas de la base, disuelta ya toda estructura orgánica de proximidad. Frente a la uniformización mundialista, la reivindicación de las diferencias y el arraigo. Es decir, de nuestra identidad, cuya defensa, lejos de ser una cruzada por la inmutabilidad, es una defensa de la forma singular del cambio: nuestras tradiciones. Tradiciones en constante reactualización, conformando acervo heredado, asumido y vigente; y que, al gravitar el pasado sobre el presente, constituyen la identidad de las naciones

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