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Elusiva e indispensable: la calidad

Alejandro Vergara Sharp es conservador en el Museo del Prado. Ha detectado que una cuestión esencial para orientarnos en el mundo del arte, pero también —añado yo— en el de la música, el cine, la literatura, y —más allá— en el de la política, la amistad y el silencio es la calidad. ¿Por qué hay obras, discursos, momentos que decimos «buenos» y otros regulares y otros peores? De la calidad puede decirse lo que San Agustín de Hipona del tiempo: todos sabemos lo que es si no nos preguntan, pero si queremos explicarnos empiezan las complejidades.

Vergara Sharp ha escrito ¿Qué es la calidad en el arte? (Colección Clepsidra, 2022) para encarar la pregunta y lo hace con el tino paradójico de quien se mueve profesionalmente entre las mayores obras de arte: con una extrema delicadeza y, a la vez, con una seguridad de firmes movimientos.

No le vale que un cuadro guste a mucha gente como criterio de calidad. En absoluto

Reconoce pausadamente el terreno que pisa, pues sabe que es un campo de minas. La desconfianza postmoderna ante a los criterios de jerarquía, de tradición y de canon dificulta todo mucho. Otra dificultad es la importancia del instinto y de la apreciación subjetiva, aunque Vergara Sharp ni puede ni quiere renunciar a ellos, convencido, por otra parte, de que él (y nosotros, que le leemos) los tenemos. Cita con regusto a la marquesa de Lambert: «El gusto depende de dos cosas: de un afecto muy fino en el corazón y de una gran exactitud en el entendimiento». Reconoce su admiración por subjetivistas tan solventes como George Santayana o Wittgenstein, pero quiere dar un paso más allá.

Tampoco piensa dejarse encerrar en las prudencias y, valerosamente, se cierra las habituales vías de escape, denunciándolas. Hablar de la institución social del arte, del sistema de museos, de su relación con la historia…, no va a hacer eso. Su osadía de fondo se demuestra en un movimiento aún más audaz: renuncia al criterio democrático. No le vale que un cuadro guste a mucha gente como criterio de calidad. En absoluto.

«Una aproximación al concepto que busque ser útil ha de distinguir entre la impresión que una obra de arte cause en uno y las virtudes de esa obra de arte»

Tras esas advertencias, arranca de su subjetivismo advirtiendo, con una severidad atemperada por la buena educación, que él se lo puede permitir tras años de pasión, estudio y trabajo. Un sexto sentido le dice cuándo un cuadro «funciona». Para introducir estas intuiciones incluye con inteligencia en el libro sus conversaciones con su pareja, Cristina, referencias a su hija Clara, con las que hace un guiño al cuadro homónimo de Rubens, o incluso anécdotas de sus viajes y lecturas (especial protagonismo del Quijote, que también es un guiño). Las láminas que trae la edición, preciosas, le cubren las espaldas.

Vergara Sharp encuentra finalmente una mina de oro: «La cercanía entre los términos cualidad y calidad es muy útil para entender el significado de esta última»

Pero, como exigía para los demás, él tampoco se queda ahí: «Por esa razón una aproximación al concepto que busque ser útil ha de distinguir entre la impresión que una obra de arte cause en uno y las virtudes de esa obra de arte». Sigue las pistas oportunas. Históricamente, la emergencia del mercado del arte exigió unos criterios de valor. Y los propios pintores, incluso Durero, hablan de que pueden pintar cuadros de variable calidad, dependiendo en parte del dinero que les pagasen. Son incursiones en una objetividad contrastada.

Y aquí encuentra finalmente una mina de oro: «La cercanía entre los términos cualidad y calidad es muy útil para entender el significado de esta última». Según qué cualidades se exija a una pintura (en el arte clásico, una aleación paradójica de idealismo y realidad) podremos juzgar su calidad, si cumple sus fines. Se remite —lo que siempre es una buena señal— a Aristóteles. En la Ética Nicomáquea, el Estagirita «expresa su concepción de la vida como proyecto, como la consecución de un propósito. Esta noción tan sencilla, a la que llamó telos, es una de las ideas más satisfactorias de la historia de la filosofía. Aristóteles afirmó que afecta no sólo a las personas, sino también a las cosas. Los objetos tienen telos, un propósito y, por tanto, serán mejores cuanto más se acerquen a cumplirlo».

El libro es breve, pero enjundioso y nos deja, además, curiosas noticias y variadas iluminaciones. El barbero ha escogido estos pasajes:

* * *

Al afirmar de una obra de arte que «es buena» estamos diciendo algo más: que reconocemos en ella un valor que trasciende nuestro gusto personal, un valor que otros deben reconocer. 

En los siglos XVI y XVII en Europa, las personas de clase alta acudían invitadas a una comida con sus propios cubiertos.

Hay cosas que no podemos saber o conocer, pero de las que no podemos dudar: lo moral y lo estético son dos campos donde esto es especialmente claro.

La belleza, un concepto que es similar al de calidad en su paradójica mezcla de indefinición y verdad.

Es interesante resaltar que el español es uno de los pocos idiomas europeos que distingue entre los dos conceptos [«calidad» y «cualidad»]. En alemán, francés, inglés, italiano, portugués y otras lenguas, el término acuñado para dar voz a esas dos ideas es el mismo.

[Platón, Plotino y su fértil escuela]. Para ellos, la belleza es un atributo de algo superior a nuestro ámbito, y la belleza física es un eco de aquello. Su contemplación produce en nosotros un anhelo, un deseo de acercamiento. […] Al plasmar la belleza, una obra de arte actúa como vehículo que nos acerca a ese ámbito superior e ideal.

El Manierismo se ha llamado el «estilo estilizado».

Felipe II se quitaba la gorra cada vez que pasaba ante los retratos de sus antepasados en sus palacios. [Según cuenta Francisco Pacheco en Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, 1599)

[Ante un cuadro de la Pasión] Junto al dolor experimento también el placer de la contemplación del arte, una paradoja que no es rara en la pintura, la literatura, el cine y otras artes. 

El objetivo del arte es «que aquello que no es, sea», según la certera frase de Cennino Cennini.

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