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La biblia samurái

«Es inútil hacer planes: los hombres no somos más que pobres peleles del destino. Tras toda una vida soñando con caer en combate, Yamamoto tuvo una muerte tranquila y tardía»

Iniciación

Era mi primer juicio y asistía a él como acusado. No era el juicio final, pero yo jamás me había sentado ante un tribunal, faltaban pocos días y estaba francamente nervioso.

Corría el año 2000, y se acababa de publicar en España una selección de fragmentos del Hagakure, el llamado ‘libro secreto de los samuráis’, que de secreto tenía ya poco porque estaba traducido a casi todos los idiomas. Cuando lo leí, me impactó con suma violencia. El verbo afilado de su autor, Yamamoto Tsunemoto, esculpía un monumental tratado sobre el código de honor samurái: bushido, el camino del guerrero. Fue una lectura áspera y seca, llena de frases que golpeaban mi mente como bastonazos y ritos de alto voltaje marcial: «Cuando partáis a una misión importante, antes de partir, mojad los lóbulos de las orejas con saliva, respirad profundamente, tirad y romped un objeto con las manos».

Y llegó el día del juicio. Poco antes de partir hacia los juzgados, agarré un vaso y lo hice añicos contra la pared. Contemplando los trozos de cristal que brillaban en el suelo, un relámpago atravesó mi mente, comprendí la naturaleza efímera de todas las cosas y me invadieron un valor y una serenidad que nunca antes había experimentado. ¿Gané o perdí el juicio? Es irrelevante. El samurái nunca piensa en la derrota ni en la victoria. Lo importante es que me enfrenté a mi misión con absoluta templanza. Comprendí entonces que ese libro era mucho más que un manual para guerreros japoneses. Bien leído, el Hagakure te habla a ti, seas quien seas. Puesto en práctica, mata el miedo.

Mutación

Nacido en Hizen en 1659, 山本常朝 Yamamoto Tsunemoto entró al servicio del clan Nabeshima a los nueve años de edad. Además de recibir instrucción militar, fue iniciado en budismo zen, confucianismo, artes marciales y poesía. Un samurái sobradamente preparado, pero que nunca entró en combate.

Tras la revuelta de campesinos católicos reprimida en 1638, Japón entró en un túnel de paz que duraría varios siglos. Poco a poco, la clase militar se hundió en la decadencia; se prohibieron incluso las luchas privadas y los duelos. Así que Yamamoto colgó la katana y se dedicó a labores de escriba a las órdenes de Mitsushige, segundo señor feudal —en japonés, daimio— de la casa Nabeshima.

Según Yamamoto, «si se ha de resumir la condición de samurái, en primer lugar se halla la devoción en cuerpo y alma a un maestro». Haya o no haya guerra. Y no la hubo, pero Yamamoto prestó un impecable servicio a su daimio… mientras éste estuvo vivo. En 1700, cuando Yamamoto tenía 41 años, Mitsushige falleció. Desolado, el samurái deseaba acompañar a su señor a la tumba haciéndose seppuku  («corte de estómago»: suicidio ritual vulgarmente llamado harakiri) pero, adelantándose a la inminente modernidad, Mitsushige había prohibido que nadie se suicidara después de morir él, bajo pena de deshonra familiar para todo aquel que desobedeciera. Resignado a vivir, Yamamoto retomó la vía del zen, se afeitó la cabeza y, recibiendo el nombre de monje ‘Kyokuzan Jôchô’ —algo así como ‘Mañana Eterna’—, se construyó una humilde choza en un lugar remoto y se dedicó a la vida contemplativa.

Transmisión

En 1710, diez años después de la muerte de su señor, andaba Yamamoto centrado en su monacal existencia cuando recibió la visita de Tashiro Tsuramoto, un joven samurái que le pidió permiso para entrevistarlo y tomar nota de sus palabras. Yamamoto aceptó y, a lo largo de siete años, transmitió su cosmovisión a aquel samurái que, como él, había nacido demasiado tarde para combatir y que, gracias a sus labores de escribiente, manejaba mejor la pluma que la espada. Al ver su cuerpo limpio de cicatrices, Yamamoto masculló con sorna: «Hace tan sólo cincuenta años se consideraban las heridas recibidas en combate como marcas de virilidad. Un muslo sin cicatrices era un signo tan notable de falta de experiencia en el combate que nadie se habría atrevido a mostrarlo». 

Después de siete años de entrevistas, Yamamoto ordenó a Tashiro que destruyera todas las notas que había tomado. Tashiro desobedeció y pasó a limpio las notas, ordenándolas en tres bloques y once tomos, y poniéndolas a disposición de los samuráis del clan Nabeshima. Le puso además un enigmático título: Hagakure —«oculto entre las hojas»—, que al parecer hace referencia a la frondosa vegetación que rodeaba la choza de Yamamoto.

Haciendo honor a su nombre, el Hagakure fue durante mucho tiempo un libro oculto. Se publicó al fin en 1868, cuando Japón llevaba años y años de paz.

Como código no escrito, el bushido era tan viejo como el primer samurái. En 1615, el monje zen Suden hizo el primer intento de plasmarlo en papel, en una breve regla de trece preceptos. Más tarde, hacia 1686, otro texto, el Budo shin shu, reflejó el método para purificar la mente del guerrero y librarla del miedo, la ira o la ansiedad. Pero hasta el Hagakure no existió una verdadera biblia samurái.

Acción

Durante la guerra del Pacífico (1937-1945), el Hagakure alcanzó gran popularidad en Japón al convertirse en libro oficial del imperio: era, como apuntó el escritor Yukio Mishima, «una lectura socialmente obligatoria» que difundía los valores marciales. No en vano, los pilotos de la Armada Imperial demostraron estar empapados del espíritu del Hagakure durante sus ataques suicidas contra la flota de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, hasta el punto de que fueron bautizados por sus enemigos con una bonita palabra que significa «viento divino»: kamikaze.

Tras la gran derrota, culminada con el holocausto nuclear de Hiroshima y Nagasaki y la rendición incondicional de Japón, el Hagakure quedó fuera de combate: se asociaba a un espíritu tradicional, casi quijotesco, aplastado por la nueva realidad. Así, el libro samurái volvió a ocultarse entre las hojas y durmió el sueño de los justos hasta el cambio de siglo, cuando fue desenterrado por nuevas generaciones empachadas de paz.

Este paréntesis fue muy útil para cortar el karma político que había acumulado el libro, pues se disolvió su vinculación con las potencias del eje. En realidad, como bien dice Mishima, el Hagakure nos transmite «una filosofía de la acción, no de la política». Una filosofía que funde la viril audacia de las artes militares con el realismo heroico del zen: unión cuerpo-mente y estado de alerta perenne en pos de la acción perfecta. Y la aniquilación de la duda como forma de purificar una acción que tiene lugar en la eternidad del aquí-y-ahora:

«A fin de cuentas, lo único importante es la resolución del instante. Un samurái está tomando una decisión tras otra, y el conjunto de todas ellas llena por entero su vida. Una vez que ha comprendido esta regla fundamental, no manifiesta impaciencia por buscar otra cosa que no sea el momento presente».

Devoción

En la tradición japonesa no existe separación entre eros —amor carnal— y agape —amor espiritual—, sino que ambos se funden en 恋愛 renai, amor integral por el que un hombre está dispuesto a todo. Aunque muchos guerreros tenían esposa e hijos, su gran pasión era el feudo, y su renai, el señor feudal. Para un samurái era mucho más importante morir por su señor que vencer al enemigo; por eso, cuando hacía seppuku tras la muerte de su señor, más que una pena capital era un visceral acto de amor, puesla vida del samurái perdía su sentido sin el daimio.

La devoción del samurái por su señor es muy superior a la de otros caballeros andantes. Escribió Ramón Llul en su Libro de la Orden de Caballería (1275) que «es oficio de caballero cristiano mantener y defender a su señor terrenal», pero, a su vez, todo señor terrenal estaba sometido a «un solo Dios, señor de todas las cosas». En el caso del samurái, su dios y su señor son la misma cosa. El propio Yamamoto lo demuestra cuando, subvirtiendo la vía del boddhisattva, renuncia a su propia iluminación como monje zen: «Jamás he deseado alcanzar la budeidad. Aunque muera y renazca siete veces, ni espero ni deseo otra cosa que ser un samurái. Un samurái del señorío Nabeshima».

Reacción

El Hagakure no es sólo un breviario de caballería; recoge preceptos o tácticas militares, pero también citas e historias ejemplares transmitidas por ilustres daimios, samuráis y maestros. Asimismo, incluye opiniones personales del propio autor. Quizá por ello, Yamamoto sintió pudor y mandó destruir sus dictados. El samurái iluminado es extremadamente severo con los propios errores pero muy indulgente con los del prójimo, y cree que despreciar a los demás es propio de lacayos. Yamamoto sí se permite el lujo de descalificar abiertamente a los hombres de su tiempo, algo que, por momentos, le da al Hagakure un delicioso aire reaccionario.

Transmutando su lengua en una espada, Yamamoto arremete contra contra los hombres de su tiempo —que, según él, han «perdido su virilidad» y son cada vez más «afeminados»—, contra la gente joven —que a su juicio «dan pena» por preocuparse sólo por el sexo, la moda y el dinero—, e incluso contra los samuráis modernos, a los que acusa de «calculadores e interesados» por no perseguir la muerte, comparándolos con «vulgares mercachifles».

Estamos, no obstante, ante un reaccionario que hace equilibrismos entre sus contradicciones. Como samurái cascarrabias, Yamamoto lamenta que el mundo haya entrado en «un período de degeneración»; pero como monje zen, se esfuerza por aceptar el caos humano como parte del orden cósmico:

«No se puede modificar la corriente de los tiempos. El mundo empeora lentamente. (…) El hecho, sin embargo, es que no siempre puede ser primavera o verano, ni la noche puede ser día. Por lo tanto, es imposible pretender que los tiempos de hoy sean como los buenos tiempos de hace cien años. Lo importante es esforzarse por que cada época sea la mejor posible de acuerdo a su naturaleza y circunstancias.

Los que sienten nostalgia del pasado yerran por no entender esto. Por otro lado, quienes valoran solamente la modernidad y aborrecen los tiempos de antes son personas superficiales y vacías».

Perfección

El declive de la casta guerrera no sólo se hacía evidente en su cobardía, sino también en su desaliñado aspecto. Consciente de la unión radical entre ética y estética, Yamamoto cuenta cómo el samurái de antaño pasaba la primera hora de la mañana acicalándose. Su aseo incluía abluciones, rasurado de cráneo, perfumado de moño, manicura, pedicura y hasta aplicación de colorete a las mejillas.

Acto seguido, contemplaba su rostro en el espejo y ensayaba un gesto respetuoso, firme y tranquilo. También limpiaba y bruñía su espada, tratándola como una parte más de su anatomía. Consciente de que podía morir en cualquier momento, el samurái era impecable por respeto a sí mismo y por respeto al prójimo: su obligación era caer siempre de cara al enemigo, de la forma más pulcra, bella y silenciosa posible.

La primera frase del Hagakure, y sin duda la más importante, es «he aprendido que la vía del samurái reside en la muerte». El memento mori era la base de la vida de un samurái, que meditaba a diario sobre la muerte, la esperaba con impaciencia e imaginaba las distintas formas en las que podía perecer: quemado en un incendio, partido por un rayo, atravesado por un sable, despeñado por un acantilado, alcanzado por una flecha…

Fuera cual fuera su situación, el samurái jamás se quejaba, hablaba lo menos posible y observaba su disciplina sin dejarse distraer por elementos externos… ni muchísimo menos por altibajos anímicos: la procesión iba por dentro y él se mostraba siempre alegre y presto, como si estuviera a punto de saltar al campo de batalla.

Las máscaras no caían hasta que el samurái se encontraba en la más estricta intimidad. Ahí es donde rompía el espejo y practicaba la autocrítica, esforzándose por avanzar hacia el inalcanzable horizonte de la perfección. Aunque valora el consejo ajeno, el samurái es su propio confesor, su propio juez y su propio verdugo: 

«Cuando era joven, yo tenía un ‘diario de quejas’ en el que escribía, día a día, mis errores. Jamás pasaba uno sin que tuviera que abrirlo veinte o treinta veces. Y como llegué a la conclusión de que siempre iba a ser así, terminé por abandonarlo.

Todavía es hoy el día que, cuando reflexiono, antes de dormirme, sobre la jornada que ha transcurrido, me doy cuenta de que no hay una en la que no haya cometido una equivocación, ya sea de palabra o de obra. Vivir sin cometer equivocaciones es imposible, pero los ‘intelectuales’ no están dispuestos a admitirlo».

Consumación

Es inútil hacer planes: los hombres no somos más que pobres peleles del destino. Tras toda una vida soñando con caer en combate, Yamamoto tuvo una muerte tranquila y tardía, en la intimidad de su choza, a los 61 años. Corría 1719 y poco podía imaginar el viejo samurái que, tres siglos después, las notas que dictó y mandó destruir se habrían extendido por todo el orbe. El Hagakure fue tomado como biblia, en primer lugar, por varias generaciones de samuráis. Después, por muchos japoneses (sin ir más lejos, Mishima lo consideraba «el solo y único libro»). Y, finalmente, por infinidad de ‘personas singulares’ de los cinco continentes.

El Hagakure es una regla de conducta para existir —y dejar de existir— con fundamento, y por eso es más necesaria hoy que nunca, cuando el hombre ha perdido casi por completo el deseo de los antiguos griegos de tener una vida bella y una muerte gloriosa. Con gélido lirismo, la obra de Yamamoto nos devuelve ese anhelo de belleza y trascendencia, y por eso ha persistido como pieza maestra de filosofía perenne, como báculo para mantenerse en pie entre las ruinas del mundo moderno. Pero hay algo más que hace al Hagakure único, más allá de sus luces y sus sombras: cierto espíritu erecto y cierto aroma viril, a sangre y acero, a combate físico y espiritual, a muerte y consumación: el dulce perfume de la guerra.

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