«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU

La larga agonía del cine americano

Fotograma de la película Érase una vez en Hollywood, de Quentin Tarantino

El cine estadounidense no sólo destaca en la propia historia del séptimo arte, sino que constituye por sí mismo uno de los elementos culturales más influyentes de los últimos cien años.

En los años treinta y cuarenta, Hollywood recogió lo mejor de su propia tradición cinematográfica —incoada por Griffith, Chaplin y Keaton— y también las vanguardias europeas, acogiendo a directores como Ernst Lubitsch, Billy Wilder o Alfred Hitchcock. Los estudios se convirtieron así en caldo de cultivo propicio para un arte fresco y variado, con géneros dispares pero de igual brillantez, del wéstern al cine negro, pasando por la screwball comedy o los musicales.

El cine estadounidense (…) constituye por sí mismo uno de los elementos culturales más influyentes de los últimos cien años

Los cincuenta supusieron la continuación y el perfeccionamiento de esta tendencia, construyendo una poderosa industria que resultó en la que tal vez es la década más brillante del cine norteamericano. En parte, los sesenta siguieron esa estela, pero comenzaron a abrir camino hacia una renovación que acabaría por eclosionar en los setenta. Los Coppola, Scorsese, Spielberg, Lucas, De Palma y compañía fueron los máximos exponentes de lo que vendría en llamarse Nuevo Cine Americano, una etapa de cuestionamiento artístico e ideológico que dio otra vuelta de tuerca al séptimo arte.

La taquilla sobre todas las cosas

Por supuesto, no es que la innovación sea patrimonio exclusivo de Hollywood. Ya hemos comentado la influencia foránea que Estados Unidos recibió de Europa en los años treinta, a lo que cabe añadir que no puede entenderse el Nuevo Cine Americano sin la Nouvelle Vague francesa y otras vanguardias del Viejo Continente. Con todo, es evidente que por su impacto comercial Hollywood ha sido uno de los mayores moldeadores de la opinión pública en el último siglo.

Sin embargo, precisamente acabamos de llegar al concepto clave, la potencia comercial del cine estadounidense, que en los últimos años ha ido convirtiéndose en el único criterio válido que los estudios tienen en cuenta a la hora de financiar una película. En detrimento de las ideas, la creatividad y el arte.

Desde los años ochenta y especialmente en los últimos veinte años, Hollywood se ha afiliado a un credo cuyo mandamiento único es el rendimiento económico

Tampoco nos engañemos. No es que los ejecutivos de las grandes majors en los años cincuenta no tuvieran en cuenta las cifras de taquilla. Por supuesto que querían ganar dinero, y cuanto más, mejor. Sin embargo, ello no chocaba —al menos no tanto como hoy— con la inspiración y el criterio de los directores. El resultado es que muchas de las películas de aquella época han soportado el paso del tiempo y siguen maravillando a nuevas generaciones de espectadores.

En cambio, desde los años ochenta y especialmente en los últimos veinte años, Hollywood se ha afiliado a un credo cuyo mandamiento único es el rendimiento económico. Todo, naturalmente, en medio de honrosísimas salvedades. El cine estadounidense ha transitado así de la profundidad de John Ford y el genio de Orson Welles a la epidemia de secuelas y las interminables franquicias.

Superhéroes y espadas láser

Basta un vistazo rápido a la taquilla para observar esta tendencia. De las cuatro películas que más han recaudado en este 2022, dos de ellas pertenecen al aparentemente inagotable universo de Marvel/Sony, con las últimas entregas de Spider-Man y del Doctor Extraño, otra se apoya en un personaje llevado al cine hasta la saciedad, The Batman, y otra recupera un clásico de los ochenta, Top Gun: Maverick.

Si ajustamos la mirilla a la última década —y dejando al margen el particular mercado asiático—, reparamos en que el premio a la película más taquillera del año ha sido en ocho ocasiones para franquicias y secuelas. Marvel se lleva la palma con cinco máximos blockbusters, con Doctor Extraño en el multiverso de la locura (2022), Spider-Man: No Way Home (2021), Vengadores: Endgame (2019), Vengadores: Infinity War (2018) y Capitán América: Civil War (2016). Las otras corresponden a dos entregas del universo de Star Wars, El despertar de la fuerza (2015) y El último jedi (2017), y a una de la saga Transformers (La era de la extinción, 2014).

El cine estadounidense lleva años instalado en una larga agonía. Un languidecer que, por mucho que se esté produciendo a golpe de taquillazo, no deja de ser real

Por tanto, en la última década, sólo dos películas originales han conseguido ser la más exitosa del año. El honor corresponde a Frozen —que, claro está, tuvo después su secuela— y al Tenet de Christopher Nolan, uno de esos directores en peligro de extinción capaces de hacer comercial el cine de autor.

Por todo esto puede decirse que el cine estadounidense lleva años instalado en una larga agonía. Un languidecer que, por mucho que se esté produciendo a golpe de taquillazo, no deja de ser real. Al final, nos acabará quedando algo parecido al cine, con imágenes proyectadas sobre una pantalla y sonidos y música saliendo de unos altavoces. Será un sucedáneo resultón, pero desde luego no será séptimo arte. Lo dice mejor que yo uno que lleva tiempo dando esta batalla, Martin Scorsese: “Muchos de los elementos que definen el cine tal como lo conozco están en las películas de Marvel. Lo que no hay es revelación, misterio o genuino peligro emocional. Nada está en riesgo”.Por cierto, la responsabilidad del riesgo no es sólo de los estudios, sino también nuestra. Atrevámonos de vez en cuando a ir a ver una película pequeñita. No les digo que un drama noruego, pero sí una de esas joyitas que a veces acaban con más premios que espectadores. Sólo así cambiaremos la industria del cine para salvar el cine.

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