'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU

Michael Haneke: poeta del desasosiego

Secuencia de la película Funny Games, de Michael Haneke
Secuencia de la película Funny Games, de Michael Haneke

Un hálito frío recorrió la sala en la que se proyectaba por primera vez la película de Michael Haneke; un filme en el que dos jóvenes, aparentemente corteses, perfectamente educados y vestidos de forma impoluta, golpeaban sin el menor remordimiento, inmersos en una violencia desatada y sin sentido, a una familia de corte aristócrata —con todos los seguros en regla— tan encerrada en su residencia de verano por sus asesinos como deliberadamente aislada por sí misma del mundo exterior, atrapada, quizá, por su acomodada conciencia. Unos años después, se sucedían las noticias de aquellas olas de asesinatos perpetrados por jóvenes de clase media alta, aparentemente motivados por el simple aburrimiento o por la voluntad de experimentar —ese mantra moderno—, que acababan con la vida de personas sintecho de las formas más violentas posibles, con todos nosotros como espectadores al otro lado de la televisión. Cuentan las crónicas más extendidas sobre la presentación de Funny Games en Cannes que la mitad de los espectadores, entre los que se encontraban numerosos críticos de cine, comenzó a aplaudir, mientras que la otra mitad se puso a silbar. Algunos, indignados o culpables, se levantaron de sus butacas y abandonaron la sala. Baudrillard afirma que nos hemos convertido en una sociedad fanáticamente blanda, o blandamente fanática. Escojan ustedes mismos.

Como todas las grandes películas, Funny Games «muestra sin mostrar»; sugiere, en contraposición a la pornográfica violencia de baños de sangre, vísceras y bazos saltando por los aires que ofrecen algunas producciones

Como todas las grandes películas, Funny Games «muestra sin mostrar»; sugiere, en contraposición a la pornográfica violencia de baños de sangre, vísceras y bazos saltando por los aires que ofrecen algunas producciones que, al más puro estilo hollywoodiense, dispensan imágenes violentas convertidas ya en un objeto de consumo. O de aquella representación más pura de la violencia en la que se ha convertido la televisión. Será difícil que ustedes, queridos lectores, encuentren escenas de violencia explícita en el cine de Haneke, pues el propio director la impugna. Lo que sí encontrarán todos aquellos afortunados que todavía no se han acercado a este director alemán —permítanme el spoiler— es una arrolladora crueldad intelectual y un estilo áspero, en una continua reflexión sobre el mal y sus formas, y una mirada profunda sobre la condición humana. A uno de los observadores más sutiles y lúcidos de la decadente sociedad occidental, una Europa diferente a la que conocimos a través de su historia y su cultura, tambaleada por nuevos escenarios difíciles de soportar.

Los personajes que retrata Haneke (…) sufren a menudo la claustrofobia vital de un mundo que les resulta completamente ajeno

Dice el propio Haneke que, como Bruce Willis, tiene un sexto sentido. Michael es capaz de detectar el dolor cuando mira el mundo que le rodea, la condición de los malditos. Nació un —imagino frío— 23 de marzo de 1942 en Múnich. Es hijo de un protestante, el director y actor alemán Fritz Haneke, y de una católica, la actriz austriaca Beatrix von Degenschild. Haneke se crio en el campo, en Austria, junto a la familia de su madre. A los trece años, el joven Michael quiso ser pastor. Desechada esa idea en la forma, aunque me atrevo a decir que no en el fondo, cursó estudios en la Universidad de Viena de filosofía, psicología y, gracias a Dios —sea cual fuere—, no logró triunfar en las artes escénicas ni en la música. Los derroteros de la vida le llevaron a convertirse en uno de los directores de cine más reconocidos y polémicos de nuestros tiempos.

Los personajes que retrata Haneke, lejos de los arquetipos que nos ofrecen gran parte de las producciones culturales contemporáneas, sufren a menudo la claustrofobia vital de un mundo que les resulta completamente ajeno. Una diferencia implacable entre el afuera y el adentro. Se realizan conscientes de que la única forma de conocer es a través del padecimiento del viaje y de la búsqueda trascendental, como conocieron Ulises y Don Quijote. Las reflexiones de su cine beben de la tragedia griega y apelan a la fatalidad. Haneke no teme abordar el destino, el vacío existencial, la angustia, el azar, la infelicidad y la fatalidad como temas constantes en sus obras, que a menudo presentan esa blanca atmósfera que uno solo es capaz de encontrar en las salas de cirugía, en el responso que ofrecen algunos cementerios —al más puro estilo fast-food— o en la tienda bandera de la famosa marca del pecado original, representante moderno de lo aséptico. La sensación de vacío que le invade a uno tras enfrentarse a sus películas deja una huella de vértigo insalvable.

Haneke dice ¡basta! y se rebela contra ese cine que lobotomiza las mentes y anula las miradas críticas. Su cine impele al espectador a plantearse cuestiones

El cine de Haneke apela continuamente al esfuerzo del espectador, pues nos señala culpables de haber consentido que nos domine esta extraña suerte de nihilismo que nos rodea. Sus películas proporcionan un modelo contrario al típico modelo americano del cine popular contemporáneo, en el que una cerrada ilusión priva al espectador de cualquier posibilidad de participación, crítica o interacción, condenándole a mantener el agotador rol del eterno consumidor. Haneke dice ¡basta! y se rebela contra ese cine que lobotomiza las mentes y anula las miradas críticas. Su cine impele al espectador a plantearse cuestiones, en lugar de servir el plato precocinado, babero incluido, para masticar, tragar y terminar. Así, desde la distancia, Haneke se acerca a lo más íntimo del espectador.

Haneke quiere devolver al espectador al lugar que le corresponde. Quiere entregarnos el poder y la inteligencia que nos han arrebatado

En ocasiones, el director ha señalado como uno de los culpables de los males de nuestro tiempo a los medios de comunicación y a la basura que nos ofrecen para desayunar, almorzar y picar entre horas. En su lugar, Haneke quiere devolver al espectador al lugar que le corresponde. Quiere entregarnos el poder y la inteligencia que nos han arrebatado, participando, a la fuerza, de forma activa e integral en todos sus relatos, como cómplices de la imagen. ¿Quieren ustedes participar? Están de suerte. Pero Haneke no es traidor y avisa: no les saldrá gratis.

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