«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU

Otra estupidez alemana en televisión y la decadencia del ‘Storytelling’

"1899". Twitter

Entre 2017 y 2020 una confusa serie alemana sobre viajes en el tiempo, universos alternativos, paradojas temporales, amores inconclusos o dolientes, y ciencia tenebrosa tuvo un gran éxito, hablamos de la serie de Netflix «Dark». Indiscutiblemente la manufactura de la serie era de alta calidad y el intrincado árbol genealógico (por así decirlo) de los protagonistas que se cruzaban una y otra vez en cronologías alternas hizo furor en los espectadores deseosos de misterios banales, como el desventurado autor de estas líneas. El pifostio irresoluble montado por los guionistas fue resuelto con un deus ex machina que cortaba todos los hilos, borraba infinidad de historias y hacía retornar todo a un punto originario, suprimiendo por el camino prácticamente a todos los personajes, así como sus dolorosas cuitas. No haber nacido era un favor, la familia y el amor era un embrollo, nos quedamos más tranquilos fuera de la existencia ¡alehop

Nota de color, en un universo alternativo un personaje es transexual que se prostituye y sufre mucho, pero en otro es un homosexual monógamo feliz que convive con quien en otro universo era un pastor luterano y padre de familia atrozmente reprimido. Nos quedamos tranquilos. 

Un sinfín de personajes navegan en un trasatlántico azorados por sus secretos y temores

El Deus Ex Machina (Persona o cosa que , con su intervención , resuelve , de manera poco verosímil , una situación difícil dentro de una obra literaria) es un recurso cada vez más común para concluir las producciones culturales occidentales mainstream contemporáneas, dónde las presiones comerciales (y a veces el mero ego de los guionistas y productores) orientadas a enganchar, tensionar al espectador, generar contenido y lore, emitir referencias reconocibles de otras obras y de la cultura popular terminan produciendo una historia desordenada cuyo desenlace coherente se hace inalcanzable. En esta combinación de pereza y mediocridad descollaron los incombustibles ¿creadores? J.J Abrams y Damon Lindeloff, quienes en la serie “Lost” fundaron un universo riquísimo de personajes y misterios en una isla delirante (casi todo imitaciones de un sinfín de otras obras) y ante la imposibilidad de resolverlo pulsaron un botón muy recordado por todos: todo lo visto en las largas y laberínticas temporadas era ¡pum! La nada. Todos estaban muertos. Hemos visto una especie de tránsito sobrenatural de la vida a la muerte. Todo lo que hemos visto en la serie puede ser real o no serlo, puede tener este origen o este otro, pero no importa, puesto que todos los personajes han abandonado este mundo y alcanzado el paraíso, a otra cosa. No hay misteriosas corporaciones, civilizaciones perdidas, amores, lucha por la vida, o si lo hay, no importa, búsquenle el sentido. 

Damon Lindeloff perfeccionó esta tendencia a la vagancia, el desorden y las referencias fácilmente reconocibles en la precuela de “Alien”, “Prometheus”, pero fue mucho más allá: no hacía falta explicar mínimamente nada. Nos presentan en el telón una serie de enigmas milenarios y espaciales, muchos de ellos contradictorios, la mayor parte sin ningún sentido, nos arrojan referencias a Lovecraft y Asimov, y luego se concluye la película. No hay un tema central desarrollado, aunque esté camuflado por capas de simbolismo y ambigüedades que se dejan al arbitrio del espectador, es que simplemente no hay nada más allá de la intención de tener sentado al espectador pegado a la pantalla un tiempo y hacerle ver la cantidad de preguntas sin respuestas y los profundos conocimientos culturales que los autores pueden ofrecernos antes de cobrar sus moneditas.

Pues bien, los creadores de «Dark», que responden a los nombres de Baran bo Odar y Jantje Friese, han decidido profundizar en este camino con su nueva producción «1899» que ha sido un éxito en Netflix. Una historia sugerente: un sinfín de personajes navegan en un trasatlántico azorados por sus secretos y temores, todos tienen un pasado (vaya por dios) cuando descubren un trasatlántico gemelo abandonado que había desaparecido meses antes sin nadie a bordo. Dentro del derelicto encuentran a un misterioso niño con una siniestra pirámide negra, únicos supervivientes de la desconocida atrocidad que se ha llevado a los otros pasajeros. A partir de aquí un capitán amenazado por los horrores de su pasado y una médico que sospecha que su padre tiene algo que ver con las desapariciones intentan resolver el misterio mientras los pasajeros van muriendo o desapareciendo. La ambientación es buena, los buques son réplicas del trasatlántico Lusitania construido en 1907 y hay cierto aroma a horror cósmico o a la excelente, chocarrera, disparatada e infravalorada película “Ghost Ship” (2002).

Los personajes y su pasado son ficciones sobre una ficción y no hay nada detrás

Todo embutido en una clásica atmósfera alemana de claustrofobia, desconfianza, nihilismo e injusticia, acompañados de personajes desatinados (una pareja homosexual disfrazada de hermanos, uno de ellos sacerdote, un matrimonio francés que se odia y ella ansia un feminismo liberador que culmina en el momento en que se quita una falda y se pone pantalones) y diálogos poco creíbles (“todos huimos de algo, por eso viajamos en barco”) se nos van presentando historias del pasado y enigmas que pretenden ser una especie de fresco del final del siglo XIX y del esoterismo que curiosamente tuvo su apogeo en aquellos tiempos positivistas (y que no recuperó hasta los años setenta)… pero al final de nuevo nada. Todo lo que hemos visto resulta ser una ficción dentro de una ficción. Todo es falso. Nada existe como nos lo han presentado (o casi nada). Ninguno de los misterios que se visionan en los ocho episodios tiene solución porque simplemente no existen. Los personajes y su pasado son ficciones sobre una ficción y no hay nada detrás. Puede ser así, algo parecido, o nada. De nuevo un risible Deus ex Machina. Hay una explicación muy sencilla que lo cierra y borra todo, como se dice en los Simpson “todo lo que no tiene explicación… pues lo hace un mago”. 

Salvo que a ustedes les gusten verdaderamente los trasatlánticos de la Belle Epoque y la ropita de época pueden ahorrárselo. De verdad. Y si se encuentran con Damon Lindeloff denle una patada de mi parte, aunque no sea responsable de la serie «1899».

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