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Problemas de genealogía de las derechas españolas (I)

En los últimos años, tanto en representantes políticos de la derecha sistémica como en sus terminales de opinión, hemos podido ver una innegable alergia a los debates éticos o ideológicos, así como una hegemonía del pensamiento liberal-progresista, que no es profesado por la mayoría de su público. Aunque el fenómeno de desideologización y abandono de posiciones históricas en las derechas sistémicas (otrora democristianas, otrora liberal-conservadoras) es un fenómeno global, en España este es especialmente intenso —probablemente el país del mundo occidental donde más intenso es, junto con Irlanda— y se combina con la ausencia o colapso de una especie de sociedad civil conservadora. ¿Y a qué se debe este fenómeno? En esta nota proponemos que, en gran medida, al repudio a la propia genealogía e historia, y a una desorientación fatal ante el devenir del mundo y la historia de España y sus pueblos. Este mismo repudio y desorientación del estándar «derechista español» lo han llevado aún más lejos los partidos de las derechas periféricas, desde el ya plenamente progresista y laico PNV hasta los restos desdichados del mundo convergente, que en un espacio ideológico delirante, hoy se intentan reinventar como una especie de socialdemocracia libertaria pro-emprendimiento (no descarten que cuando Junts per Catalunya decida sentarse en algún sitio, lo haga junto a las organizaciones piratas europeas, entre las que destaca la checa). 

Como en todos los países de Europa, la tradición ideológica y cultural de la derecha española era muy rica y variada hasta su crisis de entreguerras, e incluso tenía una variedad mayor. Sin ponernos a citar nombres de pensadores, con el cambio de siglo XIX al XX las muy variadas derechas españolas acogían en su seno desde tradicionalistas a liberales progresistas —que, sin embargo, renegaban del anticlericalismo—, pasando por conservadores con preocupaciones sociales, que observaban atentamente al mundo anglosajón, y liberales más conservadores admiradores del orleanismo o de una interpretación conservadora de la III República francesa; sin descuidar la presencia de integristas admiradores del principio de autoridad que hundían sus convicciones en un análisis profundo del caótico siglo XIX español. Aparecía, así mismo, el nacionalismo vasco como una vertiente más identitaria-localista y democratizante del tradicionalismo, nacido a causa de la parálisis del carlismo y las limitaciones del integrismo ante muchos problemas políticos vascos. También aparecía el nacionalismo catalán, muy distinto del vasco, orientado por una burguesía liberal y a veces radical (en el sentido francés) con deseos alternos de emancipación o dominación sobre la cosa “española”. La lenta transición a una democracia de masas y la muy gradual interrupción de las clases medias en política fue descarrilada por la crisis de la Restauración y el golpe cívico-militar de Primo de Rivera.

La vuelta al parlamentarismo con la II República, tras el fracaso de la dictadura primorriverista y de una operación monárquica reformista, produjo una modernización y repolitización muy acelerada también en la derecha. En los años 30, la República Española tiene en su espectro derecho a fascistas, a nacionalistas románticos y distributivos enamorados de la parafernalia fascista, a monárquicos autoritarios y oligárquicos, a un renacido tradicionalismo enrocado en la defensa de la Fe, a unos pujantes, aunque minoritarios —y poco estudiados— sindicatos católicos, a un conservadurismo democrático y liberal de base rural (el olvidado Partido Agrario de Martínez de Velasco), al catolicismo político de la CEDA, que abarcaba desde el corporativismo parafascista a una naciente democracia cristiana que ya se había esbozado en los años veinte con el Partido Social Popular; y, por supuesto, al liberalismo, desde la vertiente conservadora del nacionalismo catalán moderado de la Lliga hasta la corriente anglófila de los seguidores de Melquiades Álvarez, o el liberalismo populista pero integrador y profundamente nacionalista español del lerrouxismo. Incluso para los años 30 el Partido Nacionalista Vasco ya se había convertido en la primera organización demócrata cristiana moderna de España, colocándose en el espectro izquierdo del catolicismo político, junto a los derrotados (en aquel momento) católicos alemanes e italianos que ya habían sufrido el zarpazo político del éxito del fascismo.

No se puede ignorar el carácter rector de la gran burguesía, o la muy declinante aristocracia, sobre la mayoría de estas corrientes u organizaciones. Pero sería un error fatal circunscribirlo a estas como hacen muchos historiadores «ortodoxos». No se pueden obviar las organizaciones de base católicas, desde Acción Católica o la ACdP a las asociaciones de padres o de pequeños propietarios; desde las cooperativas rurales de crédito a los sindicatos católicos —hubo incluso uno especialmente combativo, la STV vasca original—o también una fuerte movilización política de arrendatarios y pequeños propietarios en el sur de España cuyos intereses podían verse amenazados por los sindicatos de clase .Sin entrar a valorar su éxito o la justicia de sus reivindicaciones, existía en España una especie de sociedad civil derechista relativamente movilizada —perfectamente movilizada para los estándares de la época. Aunque muchas de estas organizaciones se habían creado con celeridad y muchas veces torpeza, producto de los frenos y marcha atrás del desarrollo de las instituciones en España, suponían un fuerte mecanismo de movilización de las clases medias y de los sectores conservadores de las clases subalternas, incluso a pesar de que el liderazgo político principal lo ostentaran las élites económicas.

Todo este mundo político diverso que se desarrolla en el hemisferio derecho de la sociedad entre 1868 y 1936 es ahogado por la riada de la Guerra Civil. La emergencia del combate militar, la dirección uniformada y el miedo a la revolución —que se torna en sangrienta realidad en casi toda la zona roja , junto a los excesos de la represión de la zona nacional, amontonan o disuelven todas estas tendencias u organizaciones. A veces es la propia dirección militar la que se encarga de vaciar (Falange) o liquidar amablemente (Carlismo) a los más pujantes colaboradores en la lucha. Otras expresiones minoritarias de la derecha, como el PNV (al contrario que el nacionalismo catalán liberal-conservador), junto a un par de diputados aislados liberales, se colocaron incluso junto al bando derrotado, sufriendo la misma persecución violenta.

Cuando Franco triunfa no lo hace a la cabeza de una amplia coalición política, sino encabezando un partido militar, vencedor en el campo de batalla, que ya está empezando a crear a su imagen y semejanza con el apoyo de las élites económicas, una mínima élite política para regir el Estado. Las continuaciones personales con el pasado son muchas; muchos políticos y pensadores de las mil y una familias de la derecha se reintegrarán en el Régimen, pero la continuación política es casi nula. Franco y sus compañeros han recibido el aliento y apoyo de una sociología muy diversa que ha renunciado a todos sus programas políticos para ganar la guerra y derrotar a la —no entraremos a discutir aquí si real o fantasmal— revolución. Franco toma nota de esta cesión global y convierte su régimen en un festival de dádivas materiales, premios y castigos arbitrarios y absoluta desmovilización política de la derecha española en todos sus órdenes y sectores, excepto dentro de la Iglesia Católica —a la que burocratiza hasta el extremo, convirtiéndola en casi una dependencia ministerial— y en la capa superior económica que, junto con los veteranos de guerra —ya sean de origen más militar o más político— conformarán familias burocráticas que se repartirán, no siempre de forma bien avenida, el poder. Franco confiaba en que la continuidad de su programa político se apoyase en el prestigio de su figura personal y en el control de la sociedad. Pero cuando las élites económicas atisben el envejecimiento del franquismo y la posibilidad de un cambio agresivo, y la Iglesia Católica quiera emanciparse de la gestión burocrática del Estado y reconozca las divisiones en su seno, ambas facciones abandonarán al franquismo y este se desmoronará como un castillo de naipes con la muerte del Caudillo.

El efecto del franquismo en la sociedad conservadora o «moderada» (palabra tan de moda hoy en día) española es una idea consensual de antipolítica. La discusión política es un embrollo. No existen (no deben existir) proyectos políticos. El conflicto es aterrador. La aspiración debe ser estrictamente a un cierto orden, una cierta paz, una cierta prosperidad y una vaga base cristiana —la Iglesia, con Tarancón a la cabeza, se encargará de echar por tierra esta aspiración en la Transición democrática—. La única defensa feroz que la derecha está dispuesta a perpetrar es la de la unidad nacional —la más básica en cualquier estado, pero que, desvirtuada por el extraño jacobinismo católico del franquismo, toma una forma muy contradictoria con la tradición y la realidad social de España—. Los ecos de esta antipolítica franquista se pueden escuchar en liberales españoles contemporáneos, que exigen que la política se limite a una mera resolución de problemas —preferiblemente fiscales— y a dejar a los ciudadanos en paz. Las élites económicas aprendieron del franquismo a generar camarillas y grupos de interés que pelean única y exclusivamente en los despachos para repartirse el poder. Lo hemos visto de sobra en los últimos cincuenta años.

Así pues, el franquismo es un vengador de sus propios y cruentos excesos. Disuelve todas aquellas tradiciones y energías que le ayudaron a llegar al poder, y a consolidarlo, pero, al mismo tiempo, cava el suelo bajo sus pies. Nada perdurará realmente del programa político del franquismo, pues este nunca buscó movilizar a la sociedad, sino cogobernar con la gran burguesía, la Iglesia y una nueva clase tecnocrática, que zarpan en direcciones distintas cuando el franquismo se convierte en la pata más débil. Sus vicios en la gestión del Estado si perdurarán. 

La Transición Democrática sólo profundizará estas tendencias: UCD será un partido creado desde el poder y por el poder, con la misma estructura de camarillas elitistas, y un mensaje vago y tranquilizador. Alianza Popular será un amontonamiento de damnificados por la creación de UCD, de todos aquellos demasiado conservadores y nostálgicos para el blandiblú centrista; pero incluso su extraordinariamente ideologizado líder, Manuel Fraga, los llevará a vaciarse e ir adoptando las consignas ideológicas de moda en el extranjero. En los 80, Fraga tomará insistentemente de referencia a Margaret Thatcher, y a nadie más. Este fenómeno se repetirá en el futuro ante cada nueva hegemonía ideológica en el mundo anglosajón.

Sólo dos grupos políticos muy minoritarios —uno en el límite izquierdo de la derecha y otro en el límite más derecho: las organizaciones demócratas-cristianas de Ruiz Giménez y Gil Robles, por un lado, y Fuerza Nueva por otro— intentarán conectar con la genealogía y el sustrato de la sociedad, pero fracasarán estrepitosamente al no contar ni con el apoyo de las élites económicas ni con el apoyo de la Iglesia Católica, que bajo la égida del cardenal Tarancón decide borrarse y ocultarse de la política durante treinta largos años, hasta su canto del cisne como movilizador social en la primera y tan destructiva legislatura de Zapatero.

La desmovilización y burocratización del régimen franquista, y la disolución que el régimen perpetra de toda forma de sociedad civil —el colapso de Acción Católica en España, frente a su pujanza en otros países vecinos más seculares, es solo un ejemplo entre muchos— deja a la derecha sin casi asideros ideológicos y culturales cuando comienza la andadura democrática. Este proceso no ha hecho otra cosa que profundizarse con la salvedad de la primera legislatura de Zapatero y, tímidamente, a partir de la crisis territorial de 2017.

La semana que viene profundizaremos en los bandazos y la desideologización de las organizaciones de la derecha sistémica como agregador de la sociedad conservadora, en los extravíos del Partido Nacionalista Vasco y del nacionalismo catalán, en los fracasos de las operaciones centristas periódicas y en por qué Vox es, desde la Transición, la primera organización política que intenta reconectar con parte de la genealogía de la derecha española, en vez de ser meros portavoces del poder económico o de la vaga y a veces contradictoria ansiedad de orden y progreso de las clases medias españolas, en los riesgos que le entraña.

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