Crítica de ‘Rogue One: Una historia de Star Wars’: Guerra sin la Fuerza

Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Si no entiende qué es eso de Rogue One, “spin off” y demás terminología, le aclaramos que la nueva película de Star Wars no se sitúa después del Episodio VII: El Despertar de la Fuerza -que usted probablemente vio el año pasado-. Rogue One: Una historia de Star Wars transcurre en los momentos previos a La Guerra de las Galaxias de 1977 cuando el Imperio está aún destruyendo todas las instituciones de la República, buscando a los rebeldes por toda la galaxia y ultimando la preparación de su arma letal, la Estrella de la Muerte. Y se llama “spin off” porque trata la historia de los personajes secundarios que compusieron el legendario escuadrón Rogue One, encargado de robar los planos de la Estrella de la Muerte para buscar una vulnerabilidad en el sistema que le permitiera volarlo por los aires.

Aclarado este galáctico rompecabezas temporal -al que, por cierto, llevan acostumbrándonos desde hace varias décadas-, Rogue One: Un Historia de Star Wars se presenta a sí misma como la película más adulta y oscura de toda la saga. Con la contratación del director Gareth Edwards, Disney pretendía darle un toque de autor a su serie de películas paralelas sin perder el toque Star Wars. ¿Lo consigue? Podríamos decir que, en parte, Edwards ha querido construir una película con sabor distinto al resto de los filmes de la saga, alejada de la vertiente mística jedi y bajando al campo de batalla con personajes guerreros a los que sólo les une la esperanza de una galaxia libre del Imperio. Es, por tanto, una película de guerra despojada de conceptos como la Fuerza, pero situada en un universo de ciencia ficción que ya conocemos.

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Ahora bien, ¿funciona como película? El carácter oscuro de Rogue One se refleja, indudablemente, en la seriedad con la que es tratada la trama, con muy contados toques distendidos. Arranca con la presentación de la que será la protagonista de la película, Jyn Erso (Felicity Jones), el único personaje del que sabemos su trasfondo y su contexto. Desde entonces y hasta la mitad de la película, nos encontramos subidos en un viaje al que se van sumando personajes de los que no sabemos nada -incluido un robot olvidable si lo comparamos con los clásicos C3PO y R2D2, o incluso con el nuevo BB8-, con unas motivaciones que no quedan del todo claras mientras se mueven de aquí a allá. Esta irregularidad que marca la primera mitad de Rogue One se salva al entrar al clímax y recta final de la película, cuando de pronto encuentra su inspiración y la razón por la que se ha rodado regalando un espectáculo visual de pura guerra galáctica, frenetismo y nostalgia.

Rogue One tiene todos los elementos para triunfar absolutamente, pero está lejos del nivel de los grandes clásicos de Star Wars por su carencia de personajes carismáticos, sin fuerza -con la sola excepción de Jyn Erso, que cohesiona un puzzle de personajes casi anónimos-, por su irregularidad en la construcción de la trama y en las oportunidades perdidas para profundizar en los dilemas morales. Si bien se vuelve espectacular en el estallido del ataque rebelde al Imperio, el producto adolece de importantes altibajos que le restan opciones de ser una película completamente satisfactoria. La Fuerza es, quizás, lo que más le hacía falta.

Puntuación: 3/5

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