«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
la compañía sufre un desplome de ventas

El experimento eléctrico y la presión de China hunden las cuentas de Porsche

Porsche.

La división de vehículos eléctricos de Porsche atraviesa uno de sus momentos más delicados. El desplome de las ventas, la caída abrupta de los beneficios y una demanda que no despega han obligado al fabricante alemán a revisar una estrategia que, hasta hace poco, se presentaba como irreversible. En ese contexto, dos de sus modelos más emblemáticos, el Boxster y el Cayman eléctricos, quedan ahora bajo seria amenaza.

Según un informe de Bloomberg, la compañía estudia abandonar los planes previstos para la electrificación de la serie 718, aunque por el momento no existe una decisión cerrada. La cuestión se encuentra sobre la mesa de la cúpula directiva, que analiza el encaje económico y técnico de unos proyectos cada vez más cuestionados por los retrasos acumulados y el encarecimiento del desarrollo.

El planteamiento inicial contemplaba que tanto el Boxster como el Cayman se relanzaran exclusivamente en versión eléctrica tras la retirada de los motores de combustión, un paso que se dio el año pasado. Sin embargo, el calendario ha sufrido sucesivos aplazamientos, en gran medida por las dificultades técnicas asociadas a la arquitectura de la batería.

La reconsideración del proyecto no sorprende si se tiene en cuenta el contexto general de la electromovilidad en la marca. Más allá de los problemas técnicos y del encarecimiento de los desarrollos, Porsche afronta una pérdida clara de competitividad en un mercado dominado por una oferta cada vez más agresiva, especialmente desde China.

Los fabricantes chinos han logrado posicionarse con vehículos eléctricos notablemente más baratos y con una relación calidad-precio difícil de igualar para las marcas europeas. Las razones son estructurales: menores costes energéticos y laborales, una presión fiscal más reducida, menos trabas burocráticas y un acceso preferente a materias primas clave, además del respaldo directo del Estado.

Frente a ese escenario, las compañías alemanas operan con desventaja. Los elevados costes de producción y la carga regulatoria lastran su capacidad para competir en precio, un factor determinante en un mercado donde el entusiasmo por el coche eléctrico se enfría a gran velocidad.

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