
Este año estamos celebrando el octavo siglo del nacimiento de San Francisco de Asís, uno de los santos más importantes, populares e influyentes de la Iglesia Católica. Hombre profundamente espiritual, radical en su seguimiento de Jesucristo, capaz de liderar un cambio profundo del cristianismo sin separarse un milímetro de la obediencia a Roma, Il Poverello es el protagonista de un libro de muy reciente publicación, «Los misterios de San Francisco» (Ed. La Esfera de los Libros), cuyo autor, Francisco Rivas, ha querido reflexionar sobre este personaje apasionante para La Gaceta.
¿Qué puede decirnos a los católicos del siglo XXI un personaje como Francisco de Asís, enclavado en la Baja Edad Media, y en un mundo que no se parecía en casi nada al nuestro?
El ejemplo de San Francisco de Asís nos debe servir para entender lo que debemos buscar en nuestra vida. Es cierto que él vivió en un mundo externamente muy diferente, pero la sociedad de su tiempo no difería tanto de la nuestra en cuanto a sus anhelos y expectativas. Él quería alcanzar la fama y la gloria en los términos del mundo, y cuando entendió que eso en realidad no valía nada en comparación con seguir los caminos de Dios, tuvo que luchar para liberarse de las ataduras de ese mundo. Ese progreso espiritual es en realidad atemporal, se repite en cada época histórica y en cada civilización, también en la nuestra. Quizá incluso con más intensidad en la nuestra. Y ahí es donde creo que su mensaje nos puede ser de utilidad.
Muchos teólogos y algunos papas han considerado que Francisco de Asís fue, probablemente, el hombre en la Tierra que más empeño puso en parecerse a Jesús y en aplicar sus mandamientos al pie de la letra…, ¿está de acuerdo?
Es una afirmación muy valiente teniendo en cuenta la gran cantidad de santos heroicos que el catolicismo ha engendrado, pero es perfectamente defendible. Al final, uno de los elementos definitorios del mensaje de Cristo es que su Reino no es de este mundo, y por tanto debemos vivir con nuestro ánimo puesto en las cosas del espíritu, no de la tierra. Esto es algo dificilísimo de hacer. Cristo llevó esto hasta las últimas consecuencias muriendo en la cruz, y desde una perspectiva puramente mundana, un crucificado es un criminal; solo desde una perspectiva espiritual puede ser un rey. Y es verdad que San Francisco de Asís se esforzó especialmente por ver el mundo con esos ojos del espíritu, por rechazar un reino terrenal en favor de otro del alma.
Su obra está dividida no en capítulos, sino en cinco misterios…, lo que de alguna forma explica el título del libro. ¿Por qué ha decidido plantearlo así?
Quería trazar un paralelismo con el Rosario, cosa que me parecía especialmente adecuada en el caso de San Francisco porque en muchas de sus representaciones porta uno. Después, a medida que releía los textos biográficos originales del santo, más me reafirmaba en mi decisión, porque en esos textos se alude frecuentemente a que los hechos de “Il Poverello” encerraban un misterio. En esencia, un misterio es un suceso en el que se percibe la intervención divina, y me parecía relevante resaltar que San Francisco fue, por encima de cualquier otra consideración, un hombre que buscaba a Dios.
Usted dice en su libro que «la vida de San Francisco es considerada como de particular hermosura, porque sus gestos son grandilocuentes y se dirigen al corazón del universo, que no es sino el corazón de Dios». ¿Es el santo de la sencillez y de lo pequeñez?
San Francisco fue un poeta, y los poetas son capaces de desvelar lo que está oculto. En este caso, San Francisco desveló que la aparente contradicción entre sencillez y grandilocuencia no es tal. Él nunca renunció a hacer las cosas a lo grande, hasta el final. Creo sinceramente que era incapaz de comprender el concepto de la moderación. Pero, al mismo tiempo, hizo que todo fuera pequeño, sencillo, íntimo. Hasta llamaba a sus hermanos y a sí mismo en diminutivo. Quizá donde se vea esta preciosa dualidad con más claridad es en el aprecio que San Francisco sentía por la Navidad, porque ahí es donde se manifiesta que el mayor misterio del universo, el Dios todopoderoso, se ha encarnado en un bebé al que su madre canta nanas. Es lo más sencillo e íntimo que puede haber, y también es lo más grandioso.
¿Cree que, de alguna manera, cada persona (y especialmente, cada católico) debería tener una «iglesia de San Damián» que reconstruir en su vida?, ¿no faltan en el mundo actual proyectos vitales que verdaderamente den sentido a la existencia humana?
Absolutamente. Vivimos en un mundo que prioriza la comodidad, pero como nos dijo Benedicto XVI, no estamos hechos para eso, sino para la grandeza. Debemos aspirar a ella, y la única forma real de conseguirla, como entendió San Francisco, es consagrarnos a algo más importante que nosotros mismos. También haríamos bien en imitar su ejemplo al proponernos objetivos, pues él comenzó por una cosa pequeña, que fue reconstruir una ermita de su tierra. En realidad, el camino a la grandeza no se define por alcanzar un triunfo monumental, sino por una sucesión constante de pequeños logros.
Aunque a veces se haya planteado como controversia, lo cierto es que San Francisco fue un reformador dentro de la obediencia al papa y no un «disidente frente al papado». Y sin embargo, quizá su radical voto de pobreza haga que se le siga viendo casi como un «revolucionario» dentro de la Iglesia…, ¿cree que su obra aporta luz en este sentido?
Confío en que sí. Ésta es, efectivamente, una cuestión de gran trascendencia, por dos motivos: en primer lugar, porque muchas veces se usa a San Francisco como bandera de ideas o movimientos que le eran ajenos; en segundo lugar, porque el gran mérito de San Francisco fue, como señala, ser capaz de llevar a cabo su revolución dentro de la ortodoxia de la Iglesia. En realidad, su planteamiento respecto a la pobreza no era tan original, pues otras sectas heréticas en la Europa de su tiempo, como los valdenses, propugnaban algo similar. Lo importante de San Francisco es que fue suficientemente humilde como para poner su forma de vida bajo el amparo de Roma y, con ello, beneficiar a toda la Iglesia y toda la humanidad.
La Iglesia, por ser Cuerpo Místico de Cristo, sigue dando santos también en este tiempo de prueba por el que estamos pasando…El joven Carlo Acutis es quizá el último ejemplo luminoso. ¿Qué cree que permanecer inalterable entre los santos de antaño y de hogaño, entre un Francisco de Asís y un Carlo Acutis (sin pretender comparar a ambos, claro)?
Es interesante que mencione a Carlo Acutis porque, como sabe, su cuerpo también reposa en Asís, lo que muestra de forma bastante intuitiva la continuidad entre los santos del pasado y los del presente. Es la misma continuidad que ha asegurado la preservación de la Iglesia a lo largo de dos milenios en infinidad de culturas diferentes, lo cual, si se piensa fríamente, es un caso único en la Historia. Y creo que esa es la muestra más clara de que la Iglesia, y los santos que se enraízan en ella, es depositaria de la Verdad. Si no fuera la Verdad, no habría podido permanecer inalterable a través de tantas circunstancias tan diferentes.