Entrevista al autor de 'Posesión: un viaje profundo entre la ciencia y el misterio de los exorcismos'
José Miguel Gaona: «La mayoría de supuestas posesiones diabólicas no lo son realmente» 
José Miguel Gaona: «La mayoría de supuestas posesiones diabólicas no lo son realmente» 
El autor del libro, José Miguel Gaona, en compañía del ya desaparecido padre Gabriele Amorth.
Por Rafael Nieto
16 de agosto de 2026

José Miguel Gaona (Bruselas, 1957) es uno de los rostros más populares de la TV en buena medida por sus intervenciones en el programa Cuarto Milenio. Pero, ante todo, es un prestigioso psiquiatra que vive entre Madrid y Nueva York, y autor de decenas de libros interesantes. Ahora, acaba de publicar en La Esfera de los Libros una obra a la vez misteriosa y deslumbrante por la enorme cantidad de testimonios, referencias y autoridades en las que se ha basado para completarla. Su título: Posesión: un viaje profundo entre la ciencia y el misterio de los exorcismos. Con su amabilidad de siempre, responde a las preguntas que le hemos planteado en LA GACETA.

El libro presenta una cuestión que indudablemente tiene una vertiente religiosa importante, pero a la vez se dirige a un público muy amplio…, en realidad a cualquier tipo de lector, incluidos ateos o agnósticos. ¿Cómo se fraguó la idea del libro, junto a su editor?

La idea del libro nació de una conversación con mi editor sobre un territorio que siempre me ha interesado: ese punto de fricción entre la psiquiatría, la neurociencia, la religión y el misterio de la condición humana. No es un libro exclusivamente dedicado a los exorcismos.

No queríamos hacer un libro sensacionalista sobre exorcismos, sino una reflexión seria sobre qué significa que una persona llegue a sentir que ya no se pertenece del todo, que hay algo ajeno dentro de ella o que ha perdido el control de sí misma.

Desde el principio pensamos en un lector amplio: creyente, ateo o agnóstico. Porque la posesión tiene una dimensión religiosa evidente, pero también una dimensión psicológica, cultural y antropológica. El libro no pretende imponer una respuesta, sino abrir una pregunta incómoda: ¿qué hacemos con aquello que la ciencia explica sólo en parte y que, sin embargo, sigue formando parte de la experiencia humana? ¿Hasta dónde alcanzan las neurociencias a explicar?

La obra consta de nueve partes, y curiosamente la primera y la última hablan del mal. ¿No cree que se ha dejado de hablar del mal en el mundo de hoy, pero en cambio cada vez se habla más de «los malos»?

Sí, creo que hemos dejado de hablar del mal con profundidad, pero no de señalar malos. Y no es lo mismo.

Hablar del mal exige una reflexión incómoda: reconocer que no es algo que habita sólo en los otros, sino una posibilidad inscrita en la condición humana. En cambio, hablar de «los malos» es mucho más cómodo: permite colocar el mal fuera, identificar culpables, señalar enemigos y sentirnos moralmente a salvo.

Por eso el libro empieza y termina ahí. Porque la posesión, más allá de su dimensión religiosa o psiquiátrica, nos obliga a preguntarnos por el mal, por la libertad, por la responsabilidad y por esa zona oscura del ser humano que la cultura actual prefiere simplificar en etiquetas, diagnósticos o bandos…y por el mal que habita dentro de cada uno de nosotros.

Nuestros abuelos y nuestros padres crecieron con la idea de que el diablo existe, igual que existe Dios; sin embargo, hoy son palabras que han sido también «encajonadas», y sólo se habla de ellas en ambientes religiosos. ¿Puede objetivarse la existencia de demonio o de Satanás?, ¿podemos decir que eso es, de alguna manera, un exorcismo?

La existencia del demonio o de Satanás no puede objetivarse científicamente como se objetiva una lesión cerebral, una analítica o un diagnóstico clínico. Pertenece a otro plano: el religioso, el metafísico, el simbólico.

Lo que sí podemos objetivar son los fenómenos humanos asociados a esa experiencia: el sufrimiento, la vivencia de estar dominado por algo ajeno, las conductas extremas, los estados disociativos, el miedo, la culpa o la pérdida de control.

Y sí, en cierto modo hemos hecho un exorcismo cultural: hemos expulsado esas palabras —Dios, diablo, mal, alma— del lenguaje público y las hemos encerrado en el ámbito religioso. Pero que dejemos de nombrarlas no significa que hayan desaparecido. A veces vuelven con otros nombres: trauma, pulsión, sombra, violencia, patología o vacío.

Usted, como prestigioso psiquiatra y forense, es un hombre de ciencia; y en este libro habla precisamente de ese espacio (supongo que nada fácil de delimitar o concretar) que hay entre la ciencia y el misterio en el tema central de la obra, ¿es así?

Exactamente, el libro intenta transitar ese territorio fronterizo entre lo que la ciencia puede explicar y aquello que todavía permanece en el terreno del misterio.

Como psiquiatra, mi obligación es mirar primero desde la clínica: descartar trastornos mentales, fenómenos disociativos, psicosis, epilepsia, trauma o sugestión. Pero como ser humano también sé que no todo lo que vivimos se agota en una explicación técnica.

Posesión no renuncia a la ciencia, pero tampoco desprecia el misterio. Intenta mantener una actitud humilde: estudiar con rigor lo objetivable y, al mismo tiempo, reconocer que hay experiencias humanas que nos obligan a ampliar la mirada.

En una parte del libro Vd. se refiere a la cuestión de qué es, y qué no es, una posesión diabólica. ¿Es cierto que la mayoría de aparentes posesiones en realidad no lo son, sino que se trata normalmente de afectaciones de tipo psicológico?

Sí, y conviene decirlo con claridad: la mayoría de los casos que se presentan como supuestas posesiones no lo son. Muchas veces estamos ante trastornos psiquiátricos, cuadros disociativos, psicosis, epilepsias, traumatismos, consumo de sustancias, sugestión o situaciones de enorme sufrimiento emocional.

Por eso la Iglesia misma, en sus protocolos más prudentes, pide descartar primero una causa médica o psicológica. Ahí la psiquiatría no es enemiga de la fe, sino una aliada del discernimiento.

Una posesión diabólica, si se acepta su posibilidad desde la perspectiva religiosa, tendría que ser algo excepcional. El gran error sería llamar demonio a todo lo que en realidad es enfermedad. Pero también sería un error contrario creer que la enfermedad agota siempre todo el misterio del ser humano.

El padre Amorth es probablemente el más prestigioso y reconocido exorcista de la Iglesia Católica… ¿qué impacto le produjo haberle conocido y haber tenido conversaciones con él sobre esta materia?

Conocer al padre Amorth me impresionó profundamente, no solo por su experiencia como exorcista, sino por su serenidad y la fuerza espiritual y psicológica que exhibía. Uno podía esperar a alguien teatral u obsesionado con lo demoníaco, y sin embargo encontrabas a un hombre sobrio, directo y muy consciente de la necesidad de distinguir entre enfermedad mental y auténtico fenómeno espiritual.

Lo que más me impactó fue precisamente eso: su prudencia. Amorth hablaba del demonio con absoluta convicción, pero también insistía en no confundir cualquier sufrimiento psíquico con una posesión. Para mí, como psiquiatra, esas conversaciones fueron muy valiosas porque mostraban que el verdadero discernimiento exige escuchar a la ciencia sin renunciar a la fe.

Una de las partes del libro se refiere a su experiencia en Roma y a cómo tomó contacto con el conocimiento de los exorcismos. Resulta escalofriante y conmovedor a la vez el relato del primer ritual al que asistió, el de la joven italiana Chiara. Suponemos que es imposible olvidar una experiencia así…

Sí, es una experiencia imposible de olvidar. No tanto por lo espectacular —que también lo fue—, sino por la intensidad humana del momento.

En aquel ritual con Chiara comprendí que, antes de cualquier interpretación religiosa o psiquiátrica, había una persona sufriendo de una manera extrema. Eso me marcó mucho. Uno puede acudir con categorías científicas, con escepticismo, incluso con distancia profesional, pero cuando está allí delante percibe que el fenómeno desborda cualquier explicación rápida. También me hizo comprender por qué estos rituales, bien llevados, no son un espectáculo, sino un acto profundamente serio ante el sufrimiento humano.

Háblenos de las infestaciones…, en realidad son fenómenos distintos de las posesiones humanas, ¿es así? ¿Cómo saber exactamente que se trata de una infestación, y no de cualquier otro fenómeno?

Son fenómenos distintos. La posesión se refiere a una persona; la infestación, en cambio, se atribuye a lugares, objetos o ambientes donde supuestamente se manifiesta una presencia perturbadora. Realmente es uno de los fenómenos más llamativos en relación a las cuestiones relacionadas con las fuerzas del mal.

Ahora bien, hay que ser muy prudentes. Antes de hablar de infestación hay que descartar causas naturales: ruidos estructurales, sugestión colectiva, conflictos familiares, consumo de sustancias, trastornos del sueño, duelo, miedo, fraude o simples fenómenos físicos mal interpretados.

No existe una prueba científica que permita decir: «esto es una infestación» pero lo cierto es que he presenciado muchos casos y personas que han sido afectadas. Lógicamente primero se investiga lo racional y verificable; solo cuando eso no basta, algunas tradiciones religiosas plantean una lectura espiritual. Pero el criterio fundamental debe ser siempre el mismo: evitar el sensacionalismo y estudiar a fondo un asunto que la ciencia ha despreciado sin apenas investigarlo, ¿prejuicios?

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