
Dicen que fue Winston Churchill quien pronunció la frase de que «cuando alguien llama a tu puerta a las seis de la mañana, se sabe que es el lechero». Cuando vives en un sistema en el que todo es esperable, la normalidad es la primera de las leyes. Sabes que si vas a la panadería encontrarás pan y si llevas a tus hijos al colegio, lo lógico es que te encuentres las puertas del centro abiertas y un profesor haciendo guardia para que nada malo pase. En esa normalidad de una sociedad sin sobresaltos, cuando coges un tren, piensas que vas a llegar a tu hora, sin mayor novedad que —quizás—, encontrarte a un viejo amigo al que no ves nunca y contarte la vida que desconoces de los últimos tiempos. Lo que nunca piensas es que no vas a llegar; o que si llegas, vas a llegar cuatro horas tarde con el susto en el cuerpo.
El 27 de octubre pasará a la historia trágica de este país por el accidente del tren Renfe y el tren Iryo en Urda. Un día después, con las víctimas todavía por contar, el caos se apoderó del sistema ferroviario español en general y en su línea de Levante en particular. Y cuatro horas estuvieron más de 400 viajeros atrapados en el tren 06675 con origen Murcia-Estación del Carmen y con destino Valladolid-Campo Grande. Estuvieron en un túnel sin apenas luz y aire. Yo estaba entre ellos.
Y cada uno de los 229 minutos que duró el encierro me acordé, —y creo que no me equivoco si digo que nos acordábamos todos los pasajeros—, de los muertos que apenas un día antes se había cobrado el ferrocarril. Todos teníamos en mente las imágenes cuando subimos en Murcia, en Alicante, en Albacete o en Cuenca. Los hierros atravesando vagones. Los sistemas de seguridad que fallaron. Los testimonios de los heridos. Las lágrimas de los familiares. Las lágrimas de los que empatizábamos con esos familiares o amigos que vivían los peores momentos de sus vidas. Las palabras necias de gobernantes necios. Al tomar el tren todos pensamos en lo mismo. Por eso los vagones eran este jueves silencio sepulcral. Porque todos pensábamos en lo mismo.
Desde que subimos al tren, pero especialmente desde las 9.53 horas pensábamos en todo lo que vimos el día anterior. Se escuchó un golpe metálico, un estruendo brutal. Pienso en lo peor, y miro instintivamente la hora, como si tuviera que hacer la crónica que estoy redactando. El tren comienza a decelerar. Cada vez más. No puede ser que pare. Pero sí. Y entramos en un túnel. Y paramos del todo. Miro el GPS y me indica que estamos cerca de Ontígola. Inmediatamente por megafonía nos indican que hay una incidencia. «Puede ser un animal, pensamos que ha habido un choque». Lo van a comprobar. Fantasmagóricamente comienzan a pasar empleados de Ouigo por los laterales en penumbra del tren. No es Halloween, pero da más miedo. Y ya, por fin nos confirman: ha habido una avería en la catenaria. Hay que ahorrar baterías. Se ponen las luces de emergencia, y nos quedamos casi a oscuras. Se va el aire acondicionado. Se bloquean los aseos.
Nos intentan tranquilizar, porque las imágenes de Urda nos vienen a todos a la cabeza, instintivamente. Dicen que se están siguiendo todos los protocolos de seguridad. Y que vendrá otro tren a buscarnos para trasladarnos a Madrid-Chamartín. Mientras, los viajeros tratamos de gestionar nuestros nervios, nuestras claustrofobias, nuestras histerias, de la mejor manera que podemos. En mi caso, mal. Un tren estrecho y oscuro dentro de un túnel estrecho y oscuro en el que todo la luz que ves es la de emergencia y las de decenas de móviles buscando información: la tormenta perfecta para cualquier claustrofóbico.
Las redes sociales empiezan a volar, las crónicas empiezan a publicarse, y LA GACETA sube la noticia nada más producirse la noticia. Los primeros. Mis compañeros de redacción al otro lado del teléfono cuentan al mundo el comienzo de los 229 minutos en los que estuvimos atrapados en un túnel un día después de la tragedia de Toledo. Y casi cuatro horas después, nos trasladan al anunciado tren de rescate, que, finalmente nos lleva a nuestro destino. Entre medias da tiempo a casi todo. Conocen compañeros de profesión, ves gente que se hace reels, mandas vídeos a redacción. Y durante los 229 minutos piensas en los vivos y sobre todo en los muertos. Rezas. Llamas. Mensajeas.
Casi cuatro horas después nos miramos unos pasajeros a otros, y aliviados, pensamos que todo ya ha acabado cuando la oscuridad del túnel se queda atrás. Llega la luz, y crees en Dios, vaya si crees.
Porque al final y al cabo llegamos a Madrid. Que es a lo máximo que podemos aspirar ahora cuando nos subimos a un tren. Ya no pedimos puntualidad, ni comodidad, ni buen servicio. Sólo aspiramos a llegar. Esa es la nueva normalidad del lechero que llama a casa a las seis. Es la normalidad de Sánchez. Simplemente aspiramos a llegar.