
Según fuentes pertenecientes a las Fuerzas Armadas consultadas por LA GACETA, algunos de los invasores que permanecen en Ceuta tras la entrada masiva de finales de julio han establecido contacto directo con determinados miembros del Ejército. En esas conversaciones, según el relato de los efectivos, no se limitan a pedir ayuda. Les dicen que el Gobierno les ha abandonado y desarmado, que hay un sector de su misma religión dispuesto a respaldarles y les animan a desertar. Las fuentes interpretan esos contactos como posibles actuaciones de reclutamiento.
Lo que se describe es un patrón; hay individuos que se mueven con soltura entre teterías, plazas y zonas de descanso de la tropa, mantienen un trato que, a ojos de quien está de servicio, no encaja con el de alguien que acaba de ser filiado policialmente tras invadir Ceuta y espera un traslado. En ese trato aparece un discurso reiterado: la unidad está desprotegida, Madrid no les cubre y el apoyo real lo encontrarían «con los suyos». El salto de esa frase a la incitación a abandonar el puesto es, precisamente, lo que las fuentes sitúan como el núcleo del problema.
Los mismos testimonios sitúan una semana de incidentes nocturnos contra el dispositivo, desde robos de mochilas a la agresión con una rama blanca a un cabo primero, lanzamiento de piedras, sprays de pimienta y de pintura, e incendios de contenedores que después se arrojan contra los efectivos. El balance que trasladan es de desgaste y de falta de respuesta. En ese clima, el argumento del abandono institucional deja de ser una provocación suelta. Encuentra un contexto de cansancio real.
La desconfianza se agrava por la porosidad del entorno. Hay quien señala a personas de origen musulmán vistas en trato habitual con invasores, mientras otra parte del grupo les trata con hostilidad, como a confidentes. El detalle no prueba por sí solo una estructura. Sí describe una ciudad en la que conviven quien ha entrado de forma ilegal, quien les da cobijo y quien tiene que montar guardia. Y describe, además, el temor de no poder verbalizar una sospecha cuando el mando inmediato comparte origen.
Ceuta arrastra desde finales de julio una saturación que impide tratar cada episodio como un caso aislado. El CETI opera por encima de su capacidad legal. Hay acampadas en los alrededores. Los servicios policiales reconocen estar desbordados. En ese tablero, la identificación incompleta y la ausencia de un internamiento generalizado en régimen cerrado dejan a una masa de invasores en la calle, al alcance de la tropa.
Las fuentes no afirman que todos los llegados respondan a un mismo perfil. Distinguen entre quien busca quedarse y quien se dirige a los soldados con un lenguaje más elaborado, centrado en la desprotección de la unidad y en la oferta de respaldo confesional. Esa distinción, insisten, es precisamente la que no puede hacerse sin una criba individual. Mientras el contingente permanezca mezclado, la duda se extiende al conjunto y el reclutamiento, si existe, opera en la opacidad.