El ministro de Asuntos Exteriores, Cooperación y Unión Europea, José Manuel Albares, ha firmado con su homólogo británico, Ed Miliband, dos acuerdos de cooperación centrados en imponer la ideología de género y el «fanatismo climático», en un encuentro en el que también han abordado la guerra de Ucrania, Oriente Medio y la relación entre Londres y la Unión Europea.
En la declaración conjunta posterior, España y Reino Unido han apostado por «liderar conjuntamente la transición verde» y han vinculado la descarbonización y la protección medioambiental con la competitividad y la seguridad económica. Ambos países han reafirmado además su respaldo al Acuerdo de París y a los «objetivos internacionales» para contener el aumento de la temperatura global.
Sin embargo, detrás de los anuncios y de las declaraciones solemnes vuelve a aparecer una de las principales debilidades del Ejecutivo: la distancia entre los compromisos que proclama y los resultados que consigue materializar. Firmar acuerdos y reivindicar objetivos climáticos resulta insuficiente si esas promesas no se traducen en políticas eficaces capaces de afrontar los incendios, garantizar la seguridad energética y compatibilizar la descarbonización con la competitividad de la economía española.
El problema es que el Gobierno ha convertido buena parte de su política exterior en una sucesión de compromisos, fotografías y declaraciones de intenciones que después deben superar la prueba de la realidad. Mientras el Ejecutivo reivindica el «liderazgo climático», España continúa afrontando episodios extremos que evidencian la falta de prevención y de respuesta de las administraciones.