
El diario El País ha lanzado un documental de su serie ‘La Ola Ultra’ que vincula la inteligencia artificial con la propaganda de extrema derecha e incluye afirmaciones como que las redes sociales son «fascistas por naturaleza». La pieza aborda riesgos reales, como las suplantaciones de identidad y los vídeos manipulados, pero los combina con valoraciones políticas que presentan estas tecnologías como instrumentos especialmente asociados a una parte del espectro ideológico.
Uno de los participantes sostiene que la derecha radical utiliza estas herramientas más que la izquierda porque es «mucho menos ética con el tratamiento de la información». Otro afirma que las redes son «polarizantes» y «fascistas por naturaleza», mientras que también se describe la tendencia a centralizar información como «antidemocrática por naturaleza». La transcripción no recoge una comparación sistemática que permita sostener esas generalizaciones. Tampoco son equivalentes el uso fraudulento de una tecnología, sus incentivos comerciales y la ideología de quienes la utilizan.
El documental dedica parte de su relato a contenidos falsos difundidos durante la crisis de Ceuta y a personajes artificiales empleados para transmitir mensajes políticos. Sin embargo, la existencia de propaganda generada con IA no convierte a la inteligencia artificial en una tecnología fascista. Crear una imagen, editar un vídeo o difundir un argumento conservador tampoco constituye, por sí mismo, desinformación: para hablar de engaño es necesario analizar el contenido y cómo se presenta al público.
Hay investigaciones que sí han detectado una mayor amplificación de mensajes de derechas en determinados entornos. Un estudio publicado en PNAS en 2022 encontró que el algoritmo de Twitter favorecía más a la derecha convencional que a la izquierda convencional en seis de los siete países analizados, lo contrario a lo que sucede en el resto, donde sigue primando la cobertura izquierdista. Pero el mismo trabajo no respaldó que las posiciones extremistas recibieran más amplificación que las moderadas. Ese resultado no demuestra una superioridad universal de los contenidos conservadores en todas las plataformas, ni que su difusión responda necesariamente a falsedades.
La relación entre confrontación y viralidad tampoco puede reducirse a una etiqueta partidista. Otra investigación publicada en PNAS, centrada en Facebook y Twitter, encontró que los mensajes sobre el adversario político tenían especial capacidad para generar interacciones. El fenómeno estudiado apunta a incentivos que recompensan la hostilidad entre grupos, una explicación más concreta que atribuir una esencia «fascista» a las redes sociales.
El debate también afecta a quién puede producir contenidos y alcanzar una audiencia. Las redes y las herramientas de creación con IA permiten a usuarios y creadores publicar sin obtener previamente el respaldo editorial de un gran periódico o una televisión. Esa autonomía amplía las posibilidades de expresión e influencia, incluidas las de voces conservadoras que cuestionan el enfoque de medios como El País. No supone una libertad absoluta: las plataformas mantienen sus propias reglas y mecanismos de distribución.
Desde esa perspectiva, cabe interpretar el documental como una defensa de la autoridad de los intermediarios tradicionales ante un escenario en el que compiten con muchos más emisores.