Los testimonios recogidos en los alrededores de las zonas evacuadas hablan de improvisación y olvido
Familias españolas duermen en la calle y no reciben ni comida ni bebida tras ser desalojadas por los incendios: «No sé ni si podré volver»
Familias españolas duermen en la calle y no reciben ni comida ni bebida tras ser desalojadas por los incendios: «No sé ni si podré volver»
Familias desalojadas. Redes sociales
Por Unai Cano
26 de julio de 2026

Cientos de familias españolas desalojadas de sus hogares por los incendios forestales que asolan zonas de Madrid y Ávila se encuentran abandonadas, durmiendo en la calle, en descampados o dentro de sus coches, sin que nadie les ofrezca ni un bocadillo ni una botella de agua. Mientras los frentes de fuego continúan activos y las autoridades han declarado la emergencia nacional, estos vecinos relatan una situación de desamparo total tras haber salido de sus casas con lo puesto.

En varios puntos de la sierra oeste madrileña y en localidades abulenses, los afectados denuncian que no hay dispositivos de atención inmediata para cubrir sus necesidades más básicas. «No sé ni si podré volver», afirma uno de los desalojados, que no sabe si su vivienda ha quedado destruida o si podrá regresar en los próximos días. Familias enteras, con niños y mayores, pasan las noches a la intemperie o improvisando refugios precarios mientras el humo sigue cubriendo el horizonte.

La imagen contrasta de forma flagrante con la recepción que reciben quienes llegan en patera de forma ilegal. Para estos últimos hay trabajadoras sociales que les atienden de inmediato y, en muchos casos, el traslado a hoteles de cuatro estrellas a costa del erario público. Los españoles que han perdido temporalmente su casa por un desastre natural no reciben ni siquiera esa atención mínima.

Los testimonios recogidos en los alrededores de las zonas evacuadas hablan de improvisación y olvido. Algunos han montado pequeñas cocinas o tiendas de campaña en descampados del pueblo, otros simplemente duermen en el vehículo porque los pabellones oficiales se han quedado cortos o no les han orientado adecuadamente. La incertidumbre sobre el estado de sus viviendas y el futuro inmediato se suma al agotamiento físico y emocional.

Hay quienes califican de racista cualquier crítica a este trato diferencial. Sin embargo, lo que se observa estos días es una cuestión de sentido común y de prioridades: los compatriotas que han contribuido toda su vida al país quedan a su suerte, mientras se movilizan recursos públicos de forma preferente para quienes entran irregularmente. La situación desgarra a quienes ven a sus vecinos y familiares en esa desprotección.

Mientras los equipos de extinción y la Unidad Militar de Emergencias combaten las llamas, la realidad de estas familias españolas sigue siendo la misma: abandonadas en la calle, sin comida ni bebida, preguntándose cuándo —y si— podrán volver a casa.

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