
Medir el tiempo ha sido una de las principales tareas a las que se ha dedicado el hombre, fuera para regular los tiempos de la cosecha, o para organizar sus ritos religiosos. En el mes de octubre encontramos dos ejemplos: la entrada en vigor en 1582 del calendario gregoriano, elaborado por la Iglesia para fijar la fecha de la celebración de la Pascua de Resurrección, y la adopción del horario de invierno en el ámbito de la Unión Europea, que supone retroceder una hora los relojes la noche del sábado al domingo del último fin de semana.
Pedro Sánchez ha aprovechado esta modificación para tratar de distraernos de las investigaciones judiciales por corrupción a su esposa, a su hermano, a sus ministros y a dirigentes de su partido. El lunes 20 declaró que iba a proponer al resto de países miembros de la UE la supresión de los cambios de hora anuales para el próximo año, con el argumento de que la causa por la que se introdujeron, el ahorro de energía, no se cumple. Al menos no citó al general Franco como responsable de que España esté «en la hora de Berlín», que suele ser la razón habitual que dan los izquierdistas.
Lo desconocido es que el primer gobernante español que colocó a España en la hora vigente en Berlín fue otro socialista, Juan Negrín, presidente del Gobierno durante la guerra civil.
Tras la extensión del calendario gregoriano, el siguiente movimiento unificador del tiempo para la humanidad ocurrió a partir de la segunda mitad del siglo XIX, con medidas como el patrón oro para las divisas, los cables telegráficos, las vías férreas, la latitud y la longitud en los mapas y, por supuesto, la hora.
A partir de la Conferencia Internacional sobre el Meridiano (Washington, 1884), se fue estableciendo una hora mundial y unas zonas horarias que tomaban como referencia el meridiano de Greenwich, que atraviesa Inglaterra, Francia, España y Argelia. A esa hora se le llama GMT (Greenwich Mean Time), y es la vigente en Canarias, Reino Unido, Irlanda, Portugal (salvo Azores y Madeira), Marruecos, Senegal, Liberia…
Un real decreto de 26 de julio de 1900, firmado por la Reina Regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, estableció que los servicios de ferrocarriles, correos, telégrafos, teléfonos y líneas de vapores de la Península y Baleares, y todas las oficinas públicas se regirían desde el 1 de enero de 1901 por la hora GMT.
De esta normativa quedaron excluidas las islas Canarias, donde existieron horas diferentes en las islas, las administraciones y los horarios de los servicios marítimos hasta 1922. Entonces, el Gobierno nacional fijó que la hora oficial del archipiélago fuera la GMT; y lo hizo después de que el Almirantazgo británico le hubiese planteado varias preguntas en 1921 sobre la hora oficial en Canarias.
El adelanto horario en los días con mayor período de luz se aplicó en la Primera Guerra Mundial. En España se pasó a GMT+1 por primera vez en 1918, entre el 15 de abril y el 6 de octubre. La modificación se explicó por la falta de carbón y «para armonizar el horario con el de los países vecinos». En los años siguientes, el uso del horario de verano fue desigual.
Durante la guerra civil, ambas zonas adelantaban la hora en verano en fechas distintas, pero cercanas. La Gaceta de la República publicó el 28 de abril de 1938 un decreto firmado por el presidente del Gobierno del Frente Popular, el socialista Juan Negrín, que ordenaba que el 30 de abril se efectuase otro adelanto de sesenta minutos de la hora, a GMT+2, pero sin dar ninguna justificación.
De esta manera, un Gobierno social-comunista fue el primero que trajo a España la hora que usaba Hitler en Berlín. Con la victoria de los nacionales en marzo de 1939, lo que quedaba de la zona republicana (Levante, Castilla la Nueva, Almería, Madrid y Menorca) recuperó esa hora.
En septiembre de 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial. El 25 de febrero de 1940, el primer ministro francés, Édouard Daladier, del partido radical socialista, amparándose en el estado de guerra, decretó el horario de verano, de GMT+1. Unos pocos días después, el Gobierno español siguió al de París, del que tantas cosas le separaban, salvo el reloj.
Una orden ministerial de 7 de marzo adelantó también el horario de verano español para el sábado 16. Con Francia, España tenía un gran tráfico de mercancías y personas, aparte de ser paso obligado hacia el interior de Europa; de ahí el interés en mantenerse en la misma hora. En ese momento, los alemanes no habían invadido Francia y, por tanto, el III Reich no tenía frontera física con España. No podía haber ningún deseo de Franco de agradar a Hitler.
Una de las consecuencias del armisticio del 22 de junio de 1940 fue la implantación de dos zonas horarias en el mismo país: la de Berlín en la Francia ocupada, que abarcaba París y Hendaya (GMT+2 porque Alemania se hallaba también en horario de verano), y la francesa en la llamada zona libre (GMT+1).
Ese otoño los alemanes no retrasaron la hora de su zona. Tanto Vichy como Madrid mantuvieron su GMT+1 para evitar que hubiera dos horas de diferencia con sus vecinos. En mayo de 1941, después de negociaciones entre los técnicos de las dos zonas francesas, Vichy adelantó su hora oficial para igualarla con la vigente en la Francia ocupada (GMT+2). España se mantuvo en GMT+1, porque al volver Francia en octubre de 1941 al horario de invierno, españoles y franceses quedaban de nuevo en la misma hora.
En agosto de 1945, el Gobierno provisional francés anunció la vuelta en dos etapas a GMT: el 16 de septiembre se retrasaría una hora y el 18 de noviembre la segunda hora. Pero este último paso se suspendió el 5 de noviembre. Así, Francia quedó anclada en GMT+1 y, además, suprimió el horario de verano. El Gobierno español conservó la hora legal en GMT+1 y eliminó el horario de verano en 1946. Éste volvió a aplicarse en 1949 debido a las circunstancias de la posguerra, pero se derogó luego y desapareció, como las cartillas de racionamiento y otros testimonios de la pobreza, hasta la crisis de 1973.
Con el encarecimiento del petróleo, España aplicó el adelanto horario el 13 de abril de 1974, y aquí fuimos pioneros en Europa. Francia recurrió a este mecanismo de ahorro energético en 1976 y Portugal en 1977.
El primer acto legislativo de lo que entonces se denominaba Mercado Común sobre los horarios de verano e invierno data de julio de 1980. Se aprobó una directiva para contribuir a garantizar el buen funcionamiento del mercado único entre los nueves países que entonces lo formaban.
La Directiva actual que los regula entró en vigor en 2001 (y España la incorporó en 2002), aunque en 2018 se planteó su reforma sin llegar a ninguna conclusión. En cambio, el Parlamento Europeo votó a favor de suprimir los horarios de verano e invierno en 2021. Según la dispuesto en la Directiva 2000/84/CE, los Estados miembros cambian al horario de verano el último domingo de marzo y vuelven al de invierno el último domingo de octubre.
Los países de la UE son libres de decidir su hora oficial. Así, Irlanda y Portugal usan la hora occidental europea (GMT). La hora central europea (GMT+1), también llamada CET, la siguen diecisiete Estados miembros, desde España a Noruega. La hora oriental europea (GMT+2) se aplica en Bulgaria, Chipre, Estonia, Finlandia, Grecia, Letonia, Lituania y Rumanía.
Como casi todo en España, al debatir sobre la hora oficial los argumentos y los datos científicos, económicos y sociales son inexistentes.
Los separatistas han encontrado aquí otro motivo de enfrentamiento. Los galleguistas, los más insistentes, quieren que Galicia siga el horario de su amado Portugal; y los catalanistas, por el contrario, quieren seguir siempre la hora oficial de París, que es también la de Varsovia, porque no quieren que en Gerona anochezca a la misma hora que en Vigo o en Zaragoza. Esperemos que Puigdemont no le exija a Sánchez el cambio de huso horario para Cataluña, aunque ahora que el socialista ha entrado en la batalla de los relojes bien puede ocurrir.