
El reciente terremoto registrado en Granada pone de manifiesto que la península ibérica, y especialmente el sureste español, no está exenta de riesgo sísmico. Para comprender la dimensión del fenómeno es necesario diferenciar entre magnitud e intensidad. Mientras que la magnitud mide la energía liberada durante un terremoto y constituye un valor único para cada evento, la intensidad refleja los efectos que el movimiento del terreno provoca en distintos lugares. Por este motivo, la intensidad puede variar dependiendo de la distancia al epicentro y de las características del terreno y de las construcciones.
El Instituto Geográfico Nacional (IGN) estimó una intensidad de V en Granada, un nivel que corresponde a una sacudida fuerte y claramente perceptible por la población. En estas circunstancias pueden producirse daños menores en edificios vulnerables, así como desprendimientos de materiales o pequeños escombros en zonas peatonales. No obstante, una intensidad de este nivel no implica, por sí misma, daños estructurales generalizados, explica The Objective.
Además de la intensidad, otro parámetro relevante es la velocidad con la que se desplaza el movimiento del suelo. Las estimaciones preliminares del IGN situaron esta velocidad en torno a cinco centímetros por segundo, aunque estos valores pueden ser revisados a medida que se incorporen nuevos datos y se realicen análisis más detallados.
La elevada actividad sísmica de Granada se explica, principalmente, por su ubicación dentro de las cordilleras Béticas, una de las zonas tectónicamente más activas de la península ibérica. En esta región interactúan las placas tectónicas africana y euroasiática, cuyos movimientos generan deformaciones y tensiones en la corteza terrestre.
Estas tensiones se acumulan progresivamente en las numerosas fallas activas presentes en el sureste de España. Cuando la tensión acumulada supera la resistencia de las rocas, se produce una ruptura o un desplazamiento brusco a lo largo de una falla y la energía almacenada se libera en forma de ondas sísmicas. Es entonces cuando se produce un terremoto.
Granada se encuentra, por tanto, en un territorio donde este proceso tectónico se mantiene activo. La presencia de fallas y la deformación continua de la corteza explican que la provincia registre terremotos con cierta frecuencia, aunque la mayoría sean de magnitud moderada y no provoquen daños importantes.
Además, el riesgo no depende únicamente de que se produzcan terremotos. La profundidad del seísmo, la distancia al epicentro, las características del terreno y la vulnerabilidad de los edificios determinan en gran medida los efectos que puede experimentar la población. Por ello, un terremoto de magnitud similar puede producir consecuencias diferentes dependiendo del lugar en el que ocurra.
En el caso de Granada, la combinación de actividad tectónica, presencia de fallas activas y proximidad de zonas sísmicamente dinámicas convierte a la provincia en uno de los territorios españoles donde la actividad sísmica debe ser considerada en la planificación y prevención de riesgos.
El terremoto de Granada debe interpretarse dentro del contexto de la actividad sísmica del sur de España. Un antecedente especialmente significativo es el terremoto de Lorca de 2011, situado aproximadamente 170 kilómetros al este de Granada. Aquel seísmo presentó una magnitud, una profundidad y una intensidad algo superiores a las del reciente terremoto granadino y tuvo consecuencias mucho más graves: provocó nueve fallecidos y daños en una parte muy importante de la ciudad.
Este comportamiento contrasta con grandes terremotos históricos, como el terremoto de Lisboa de 1755, cuya enorme magnitud, cercana a Mw 9, provocó efectos que se extendieron por amplias zonas de la península ibérica y estuvieron asociados incluso a un tsunami.
La diferencia entre estos acontecimientos permite entender que no todos los terremotos tienen las mismas consecuencias. Los grandes seísmos pueden provocar una destrucción mucho más extensa, mientras que los terremotos de magnitud moderada son considerablemente más frecuentes.
Esta relación entre magnitud y frecuencia está relacionada con la ley de Gutenberg-Richter, uno de los principios fundamentales de la sismología. Según esta relación, los terremotos de magnitud moderada, como los de 4 o 5 que se producen habitualmente en el sureste español, son mucho más frecuentes que los grandes terremotos.
La razón está relacionada con la cantidad de energía y deformación tectónica necesarias para generar una ruptura de gran tamaño. Cuanto mayor es el terremoto, mayor suele ser el tiempo necesario para acumular la energía suficiente para producirlo. Por ello, aunque los grandes terremotos sean mucho menos habituales, sus consecuencias potenciales pueden ser considerablemente más graves.
Un estudio reciente sobre la recurrencia sísmica regional estima una tasa anual cercana a 0,63 terremotos de magnitud 4 o superior. Traducido a un periodo de tiempo, esto equivale aproximadamente a un terremoto de magnitud 4 cada 1,6 años.
Sin embargo, la frecuencia disminuye a medida que aumenta la magnitud. De acuerdo con estas estimaciones, un terremoto de magnitud 5 podría producirse aproximadamente cada 16 años, mientras que para eventos superiores a magnitud 6 el intervalo estimado ascendería hasta unos 160 años. Estas cifras son promedios estadísticos y no deben interpretarse como una predicción exacta del momento en que ocurrirá el próximo terremoto.
El catálogo histórico del IGN recoge en el sureste peninsular más de diez terremotos superficiales históricos de magnitud similar o superior a 6. Algunos de estos acontecimientos muestran que los intervalos reales entre grandes terremotos pueden aproximarse a las estimaciones estadísticas, aunque también pueden existir diferencias importantes.
Un ejemplo se encuentra en las proximidades de Valencia, donde el terremoto de Estubeny de 1748 superó los 6 grados de magnitud. El intervalo estadístico estimado para un evento de características similares era de aproximadamente 251 años, mientras que en la realidad transcurrieron 278 años.
Otro caso especialmente relevante es el terremoto de Alhama de 1522, en Almería, cuya magnitud se estima alrededor de Mw 6,5. Desde aquel acontecimiento han transcurrido aproximadamente 504 años, una cifra muy próxima al periodo de recurrencia estadística estimado para un terremoto de esa magnitud, situado en torno a 501 años.
A estos antecedentes históricos se añade la información sobre la deformación actual de la corteza terrestre. Las mayores velocidades de deformación cortical de las Béticas orientales se concentran en sectores de Almería y Murcia, donde alcanzan aproximadamente entre 1 y 2 milímetros al año. Este movimiento refleja una acumulación activa de deformación tectónica y puede contribuir a la generación de futuros terremotos.
Los datos disponibles permiten identificar las zonas con mayor actividad y estimar la frecuencia aproximada de determinados terremotos, pero no permiten determinar cuándo ocurrirá exactamente el próximo gran seísmo. La recurrencia estadística debe entenderse, por tanto, como una herramienta para evaluar el peligro y no como un sistema de predicción.
En este contexto, Granada, Almería y Murcia merecen especial atención debido a la combinación de actividad sísmica histórica, presencia de fallas activas y deformación tectónica actual. Almería y Murcia destacan especialmente por las velocidades de deformación registradas en las Béticas orientales. Valencia constituye también un caso relevante debido al tiempo transcurrido desde determinados terremotos históricos en comparación con sus intervalos estadísticos de recurrencia.
En definitiva, el terremoto de Granada no debe interpretarse como un acontecimiento completamente excepcional, sino como una manifestación de la actividad tectónica que caracteriza a buena parte del sureste de la península ibérica. La evidencia histórica, los registros instrumentales y los estudios de deformación cortical muestran que España presenta un riesgo sísmico que, aunque desigual según el territorio, debe tenerse en cuenta en la planificación, la construcción y la preparación ante futuros terremotos.