Lo que antes fue un barrio familiar y tranquilo hoy es un polvorín. En La Isleta, en el corazón de Las Palmas de Gran Canaria, los vecinos viven con miedo, sienten que nadie les protege y denuncian que las instituciones los han abandonado a su suerte frente a la inmigración ilegal, los menores no acompañados y los bloques okupados que han tomado sus calles. «Los que dicen que aquí no pasa nada, que se vengan a vivir. A mi tía se le metían en casa. Y luego ves a la policía, que vienen y descargan más y más. Que vengan aquí a vivir», resume con impotencia uno de los residentes a El Mundo.
El desamparo se ha instalado en las vidas de quienes aún resisten en este distrito de casas bajas y comercios de barrio, donde ahora casi todos coinciden en señalar la puerta metálica del Canarias 50, al final de la calle Tecén, como símbolo del desastre. Allí, esta misma semana, un joven marroquí prendió fuego a una menor tutelada que se había fugado del centro de internamiento.
La escena no sorprendió a nadie. Este miércoles, los vecinos se reunieron frente al Centro de Información y Asistencia Social para exigir soluciones. A apenas unos metros, en un viejo barracón militar convertido en Centro de Primeras Llegadas, el Gobierno de España prepara la acogida de otros 250 menores inmigrantes no acompañados, parte de los más de 800 que el Estado está obligado a acoger por orden judicial.
Pero los que viven aquí se sienten cada día más desprotegidos. Un vecino, que pide permanecer en el anonimato «por miedo», muestra la navaja que lleva siempre encima: “Ahora yo no salgo sin esto”. Al otro lado de su pared suena reguetón a todo volumen en un bloque okupado. “Antes podíamos dejar las puertas abiertas. Ahora ni pensarlo. Mira la casa de Rafael y Angelina, cerrada a cal y canto con rejas”, dice otra vecina mientras compra pan. Otro padre ya no permite que su hija adolescente baje sola al puerto, a sólo diez minutos andando.
Las quejas no se limitan a la inmigración ilegal: suciedad, ruido, falta de movilidad y abandono institucional completan el retrato. “Tengo un edificio de okupas al lado y la que lo sufre soy yo. Fui al ayuntamiento y me dijeron que no podían hacer nada porque tiene dueño. Pues si se implanta la ley del barrio, que sea para todos”, protesta otra vecina.
El presidente de VOX Las Palmas, Nicasio Galván, denunció el jueves en la puerta del Canarias 50 que esta situación es fruto directo de las políticas de “efecto llamada” promovidas durante años por el bipartidismo, en línea con lo que lleva tiempo advirtiendo Santiago Abascal. Pese a las protestas convocadas por VOX, la Guardia Civil desplegó refuerzos coincidiendo con las fiestas del Carmen ante el creciente malestar.
La Policía recorrió las calles del barrio con una presencia inusual, algo que los vecinos perciben como un parche. “Ahora que ha pasado una desgracia están unos días escondidos y luego aparecen de golpe. Pero aquí seguimos igual”, comentaba una mujer en la panadería. Su petición es clara: frenar la llegada masiva de inmigrantes ilegales. “Estamos muy cansados, esto no hay quien lo aguante”.
Para quienes conocen bien La Isleta, lo ocurrido estos días no es más que la confirmación de años de abandono. “Si vinieran todos los días verían las grandes guaguas descargando a todos como si esto fuera el paraíso”, denuncia una residente, mientras un grupo de mayores corea “¡deportación, deportación!” en la plaza.
El sentimiento general lo resume otra vecina con amargura: “Han cogido el barrio como campamento. Y al final, los que nos vamos a ir somos nosotros”.