Marruecos avanza en su ambicioso plan para instalar cuatro de las diez mayores plantas desaladoras del mundo antes de 2031, una estrategia con la que pretende reducir su dependencia de las lluvias después de siete años consecutivos de sequía. Rabat aspira a que el agua procedente del mar abastezca al 60% de la población y, al mismo tiempo, sostenga una agricultura de exportación que consume grandes cantidades de recursos hídricos y que compite en los mercados europeos con productos españoles, especialmente en sectores como el tomate.
El reino alauita cuenta actualmente con 17 desaladoras, cuya producción conjunta ronda los 345 millones de metros cúbicos anuales, y mantiene otras cuatro instalaciones en construcción que deberían aportar otros 540 millones de metros cúbicos para 2027. El objetivo oficial pasa por alcanzar los 1.700 millones de metros cúbicos al año en 2030. Entre los proyectos más destacados aparece la gran instalación prevista cerca de Tiznit, con una capacidad estimada de 350 millones de metros cúbicos anuales, además de nuevas plantas en Casablanca, Nador, Tánger y Rabat. Esta última se desarrolla con participación del grupo francés Veolia.
Una parte importante de ese salto ya puede observarse en Souss-Massa, una de las principales regiones agrícolas del país. La desaladora situada cerca de Agadir y puesta en marcha en 2022 dedica aproximadamente el 45% de su producción al regadío, mientras que el resto sirve para abastecer de agua potable a alrededor de 1,6 millones de personas. El agua llega mediante conducciones a explotaciones agrícolas intensivas donde se producen, entre otros cultivos, tomates destinados posteriormente al mercado europeo. Ali Ouramdan, responsable de Karam Green Agri, aseguró al Washington Post que el acceso al agua desalinizada ha permitido a la compañía alcanzar cifras récord de exportación.
El sistema, sin embargo, no beneficia de la misma manera a todos los productores. Las redes de distribución tienen un alcance limitado y el precio del agua desalinizada puede duplicar el del agua procedente de los acuíferos. Mientras las grandes explotaciones situadas cerca de las instalaciones pueden mantener su actividad, otros agricultores alejados de las conducciones han tenido que abandonar cítricos y otros cultivos tradicionales o sustituirlos por especies que requieren menos agua. La expansión de la desalación busca precisamente compensar el deterioro de unas reservas subterráneas sometidas durante décadas a una fuerte presión agrícola.
El problema viene de lejos. Marruecos pasó durante el siglo XX de una agricultura basada principalmente en las precipitaciones a un modelo apoyado en grandes presas, pozos y sistemas de regadío. A partir de los años noventa comenzaron a aparecer advertencias sobre el desfase entre la disponibilidad de agua y la demanda del sector agrícola. La apuesta se intensificó en 2008 con el denominado Plan Marruecos Verde, que impulsó la modernización y expansión de cultivos de alto valor comercial. El modelo generó empleo y exportaciones, pero también incrementó el consumo hídrico. Según los datos citados en el texto original, la agricultura concentra actualmente cerca del 85% del consumo de agua del país.
La nueva estrategia descansa principalmente en la ósmosis inversa, una tecnología que permite separar las sales del agua marina mediante membranas sometidas a presión. La reducción de costes registrada durante las últimas décadas ha hecho posible ampliar su utilización a gran escala. Marruecos intenta además vincular estas instalaciones con proyectos de energías renovables para reducir el coste energético. La desalación también plantea problemas medioambientales, especialmente por la salmuera que queda como residuo del proceso y que debe devolverse al mar bajo sistemas de gestión y control.
España participa directamente en varios de estos proyectos a través de sus empresas. Cox opera la planta de Agadir y Acciona forma parte del proyecto de la desaladora de Casablanca, situada en Sidi Rahal, cuya entrada en funcionamiento completa está prevista para 2030. La inversión estimada ronda los 887 millones de euros. Según las cifras recogidas en el texto, el proyecto cuenta además con aproximadamente 250 millones procedentes del Fondo para la Internacionalización de la Empresa, unos 60 millones vinculados a Cesce y otros 31 millones canalizados por Cofides, lo que situaría el respaldo público español en torno a los 340 millones de euros.
La desaladora de Casablanca aparece asimismo vinculada a los planes de infraestructuras de Marruecos para el Mundial de 2030, que organizará junto a España y Portugal. Rabat presenta el aumento de la capacidad de desalación como una de las herramientas para garantizar el suministro ante el incremento de la demanda. La apuesta coloca así el agua en el centro de una estrategia que combina agricultura, energía, abastecimiento urbano y grandes proyectos internacionales.