«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Continúan los incendios en Extremadura

Se incendia la finca de Jandilla: «Los únicos héroes han sido los agricultores, no los ecologistas de salón»

Incendio en León. Europa Press

En pleno agosto festivo, el infierno se desató en la finca de Los Quintos, propiedad de la histórica ganadería de Jandilla, donde un devastador incendio ha reducido a cenizas cerca de 1.500 hectáreas, el 80% del terreno.

El ganadero Borja Domecq describe para ABC lo ocurrido con crudeza: «Se vivieron escenas dantescas. Aquí no apareció ni un solo ecologista a salvar las vacas». Mientras los semental es y vacas huían por instinto de supervivencia, fueron las manos del campo —agricultores y ganaderos de Llerena— quienes abrieron alambradas, levantaron cortafuegos con tractores y lograron salvar buena parte del ganado. «Los verdaderos héroes son ellos», recalca Domecq.

El fuego, iniciado al mediodía por un camión, alcanzó la finca sobre las cinco de la tarde y amenazó incluso las casas del pueblo. La llegada de los bomberos, según denuncia Domecq, se retrasó hasta casi la madrugada. Sin esa primera resistencia campesina, el desastre habría sido total.

En su relato, Domecq no esconde la indignación: «Aquí nadie de los que dicen amar a los animales se presentó. Ni un antitaurino, ni un ecologista de sillón». Las pérdidas económicas son enormes: bebederos destrozados, depósitos de agua y miles de metros de dehesa calcinados. Pero lo que más duele al ganadero son las posibles secuelas en las vacas preñadas, muchas de ellas a punto de parir.

A pesar del golpe, Domecq subraya una lección: la ganadería tradicional salvó la parte pastoreada de la finca. «El ganado mantiene viva la dehesa, limpia el terreno y frena el fuego. Lo que está cuidado resiste; lo que está abandonado arde», sentencia.

El paisaje que queda es «lunar», en palabras del propietario. Pero entre la ceniza, emerge el reconocimiento a quienes arriesgaron su vida por salvar la tierra: «GRACIAS, en mayúsculas, a agricultores y ganaderos».

De las autoridades y del ecologismo oficial, Domecq prefiere no hablar: «Si digo lo que pienso, mejor me callo». Mientras tanto, Extremadura se tiñe de negro y el campo español vuelve a demostrar que su defensa no viene de los despachos, sino de los hombres que lo trabajan cada día.

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