En Europa, la región del mundo que más se está empobreciendo como consecuencia de una agenda verde basada exclusivamente en presupuestos ideológicos, aún no nos hemos enterado, pero el mito de las energías renovables ya es cosa del pasado gracias sobre todo a la actitud del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Ha hecho el papel del niño que gritó que el emperador está desnudo cuando, poco después de iniciar su segundo mandato, se atrevió a decir en voz alta lo que cada vez más científicos comprueban: que la teoría del Cambio Climático Antropogénico, sobre la que se asientan tantas decisiones políticas y económicas de nuestro mundo, es un «montaje».
Y no han sido sólo palabras. Su administración ha desmantelado las políticas de fomento de la energía eólica y solar de Biden, recortando muchos de los préstamos, subvenciones y permisos concedidos, lo que supone un golpe mortal a una industria creada artificialmente que no se sostiene sin subsidios oficiales y onerosas regulaciones.
En su primer día en el cargo, el presidente Donald Trump suspendió los nuevos arrendamientos y permisos para energía eólica y solar en terrenos y aguas públicas, y aumentó las tarifas para los proyectos existentes. Posteriormente, su Ley «One Big Beautiful Bill» estableció plazos más estrictos para recortar los subsidios a proyectos de energía eólica y solar, poniendo en riesgo la cancelación de más de 300 000 millones de dólares en inversiones planificadas en este sector.
En agosto de 2025, el secretario de Transporte, Sean Duffy, canceló 679 millones de dólares en fondos federales para 12 proyectos eólicos marinos en todo Estados Unidos, afirmando que la administración está «priorizando las mejoras reales de infraestructura sobre los proyectos eólicos fantásticos que cuestan mucho y ofrecen poco».
Y en diciembre de 2025, el Departamento del Interior detuvo los arrendamientos de cinco proyectos eólicos marinos a gran escala en construcción en Estados Unidos, citando riesgos de seguridad. Al calificar las instalaciones eólicas de «caras, poco fiables [y] muy subvencionadas», el secretario del Interior, Doug Burgum, recordó desde su cuenta en X que «un sólo gasoducto de gas natural suministra tanta energía como estos cinco proyectos sumados».
En Europa fingen no enterarse de por dónde sopla el viento nuevo, pero los costes de la «locura verde» han sido lo bastante altos como para que el tono haya cambiado, y el «retraso» de la eliminación del motor de explosión prevista inicialmente para 2035 no es solo resultado de la presión de los fabricantes de automóviles de Alemania.
Alemania, precisamente, el país que más alegremente se ha entregado a la «ecomanía» suicida y, no por casualidad, es el que más ha sufrido la consiguiente escasez de energía asequible. Y empieza a reaccionar.
El país prevé reducir el apoyo a la protección del clima global, alejándose del objetivo de 6.000 millones de euros anuales declarado por la ex canciller Angela Merkel y posteriormente reafirmado por su sucesor, Olaf Scholz. Los gastos clave para la financiación climática internacional se mantendrán estancados o sufrirán recortes este año. El Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo (BMZ), responsable de la mayor parte de la ayuda internacional, se encuentra entre los más afectados. Se prevé que su financiación se reduzca en casi un diez por ciento.