Las ‘midterm’, Trump y lo que la derecha soberanista europea puede aprender
Las ‘midterm’, Trump y lo que la derecha soberanista europea puede aprender
Elecciones 'midterm'. Europa Press
Por Carlos Esteban
8 de noviembre de 2026

Donald Trump ha cambiado para siempre el panorama político mundial de forma más profunda que ningún otro mandatario de las últimas décadas. En 2015 era un empresario sin experiencia política, despreciado por los dirigentes de su propio partido y considerado una extravagancia por casi todos los analistas. Un año después había derrotado a dieciséis rivales en las primarias republicanas y a Hillary Clinton en las presidenciales. En 2020 perdió la Casa Blanca, pero en 2024 regresó con 77,3 millones de votos y 312 compromisarios del Colegio Electoral. El pasado martes, apenas dos años después de aquel triunfo, los republicanos sufrieron una derrota histórica que entregó a los demócratas el control de ambas cámaras del Congreso.

Hay lecciones para los movimientos soberanistas europeos, desde el Agrupación Nacional francés hasta Alternativa para Alemania, pasando por VOX, Reform UK o Fratelli d’Italia. Trump ha demostrado cómo una fuerza política considerada marginal puede conquistar el poder y transformar uno de los grandes partidos tradicionales. También ha demostrado lo fácil que resulta comprometer esa conquista una vez instalado en el Gobierno.

La primera lección del trumpismo es que una base electoral no se fabrica en una agencia de publicidad. Existe antes de que aparezca el dirigente que consigue representarla. Los estadounidenses hartos de las guerras exteriores, de la desindustrialización, de la inmigración descontrolada y del desprecio de las élites hacia sus valores llevaban décadas viviendo y votando en Estados Unidos antes de que Trump bajara por la escalera mecánica de la Trump Tower, en junio de 2015.

Trump detectó esos agravios sin expresión política y los convirtió en una fuerza electoral formidable. Su aportación consistió en darles voz, una identidad común y una organización capaz de disputar el poder. En 2016, Trump ganó 206 condados que habían votado por Barack Obama tanto en 2008 como en 2012. Ocho años después volvió a imponerse en 197 de ellos. Aquello era bastante más que un éxito propagandístico: estaba produciéndose un cambio duradero de lealtades políticas.

El antiguo Frente Nacional francés, nacido en los márgenes de la derecha, conoce el paño. Ha ido conquistando antiguos territorios electorales de la izquierda, particularmente en las regiones industriales del norte. En Alemania, AfD surgió en 2013 como una formación de economistas contrarios a los rescates del euro. En las elecciones federales de 2021 obtuvo el 10,3% de los votos; en las de febrero de 2025 duplicó su resultado hasta el 20,8%, convirtiéndose en la segunda fuerza parlamentaria. Millones de alemanes que no se reconocían en los partidos tradicionales habían encontrado una nueva representación.

Trump también comprendió que aquellas preocupaciones podían expresarse mediante un puñado de consignas perfectamente inteligibles. «América primero», «Drenemos la ciénaga» y «Construyamos el Muro» resumían un programa de política exterior, una rebelión contra las élites de Washington y una política migratoria. Eran promesas concretas, fáciles de recordar y, sobre todo, relacionadas con problemas que los votantes consideraban prioritarios.

El contraste con la «política habitual» era enorme. Mientras los candidatos del aparato discutían sobre impuestos, regulación empresarial y los compromisos estratégicos de Estados Unidos, Trump hablaba de fábricas cerradas, empleos trasladados al extranjero, barrios transformados por la inmigración y guerras que habían costado miles de vidas y billones de dólares.

Desafió abiertamente al aparato. En las primarias de 2016 derrotó a Jeb Bush, Marco Rubio, Ted Cruz y otros representantes de las distintas familias del Partido Republicano. Los grandes donantes, los comentaristas conservadores y buena parte del aparato fueron incapaces de detenerlo. La organización terminó adaptándose a unos votantes que habían encontrado un portavoz propio.

Algo parecido sucedió en Italia. Fratelli obtuvo apenas el 4,4% de los votos en las elecciones generales de 2018. Cuatro años después, Giorgia Meloni alcanzó el 26% y se convirtió en presidenta del Gobierno. En las europeas de 2024, ya desde el poder, su partido elevó el resultado al 28,8%. En Francia, Marine Le Pen pasó de obtener el 17,9% en la primera vuelta presidencial de 2012 al 41,5% en la segunda vuelta de 2022. Las cifras muestran hasta qué punto movimientos considerados marginales han conseguido ocupar el centro de la disputa política.

Pero el triunfo de Trump contenía una contradicción que tardaría años en manifestarse plenamente. La relación directa con sus votantes, su independencia de las estructuras partidarias y su capacidad para sobrevivir a controversias que habrían acabado con cualquier otro candidato fueron ventajas extraordinarias durante la conquista del poder. También favorecieron una identificación creciente entre el movimiento y la persona del presidente. Y esa identificación tendría un precio.

Hay una diferencia fundamental entre gobernar para el titular de mañana y gobernar para los próximos veinte años. La izquierda ha comprendido tradicionalmente que las leyes y las instituciones sobreviven a quienes las crean. Franklin D. Roosevelt dejó la Seguridad Social estadounidense en 1935; Lyndon B. Johnson, Medicare y Medicaid en 1965. Desde entonces, los republicanos han ocupado la Casa Blanca durante décadas, han disfrutado de mayorías parlamentarias y han impulsado reformas de distinto signo. Aquellos programas, sin embargo, siguen existiendo. Se han convertido en instituciones con millones de beneficiarios, presupuestos propios y una fuerza política que hace extraordinariamente costosa su eliminación.

Trump parece sentirse mucho más cómodo con el gesto presidencial que con la paciente construcción legislativa. Las órdenes ejecutivas producen resultados inmediatos, ceremonias de firma, titulares y demostraciones de autoridad. En su primer mandato firmó 220; durante los primeros meses del segundo recurrió a ellas a un ritmo muy superior.

Trump ha promovido leyes importantes, desde la reforma fiscal de 2017 hasta la gran ley presupuestaria y fiscal de julio de 2025, que también destinó cuantiosos recursos a la política migratoria. Y sus nombramientos judiciales, particularmente los tres magistrados del Tribunal Supremo designados durante su primer mandato, constituyen un legado institucional de consecuencias duraderas. Precisamente por eso resulta tan llamativo el contraste entre esas realizaciones y la extraordinaria cantidad de energía política dedicada a medidas ejecutivas de vida potencialmente efímera.

El pasado 1 de noviembre, Reuters informó de que la Casa Blanca llevaba meses preparando un plan para continuar gobernando mediante acciones ejecutivas si los demócratas recuperaban el Congreso. Las medidas estudiadas afectaban a inmigración, aranceles, vivienda y gasto público. Trump llegó a anunciar que, en tal caso, se convertiría en «Mr. Veto». Dos días después perdió ambas cámaras. Su respuesta a la pérdida del poder legislativo consistía, significativamente, en preparar nuevas formas de prescindir de él.

Una revolución que depende de la firma de un hombre queda a merced de la firma del siguiente. El verdadero alcance de una transformación política también puede medirse por las dificultades que encontrarán sus adversarios para deshacerla. Las leyes, los organismos, los presupuestos y los procedimientos administrativos sobreviven a sus autores. Y, con el tiempo, crean intereses, costumbres y expectativas que se convierten en sus mejores defensores.

La segunda dificultad consiste en mantener la fidelidad a quienes hicieron posible la victoria. Trump llegó a Washington prometiendo combatir a las élites políticas y económicas. Pero durante sus presidencias ha mantenido relaciones estrechas con grandes donantes y empresarios cuyos intereses no siempre coinciden con los de sus votantes. El conflicto se hizo especialmente visible a finales de 2024, cuando Elon Musk y Vivek Ramaswamy defendieron los visados H-1B, utilizados por las empresas estadounidenses para contratar profesionales extranjeros.

Ramaswamy publicó entonces un extenso mensaje en X en el que atribuía la preferencia de las empresas tecnológicas por ingenieros extranjeros a una cultura estadounidense que, según él, llevaba décadas premiando la popularidad antes que la excelencia académica. Ponía como ejemplos a la reina del baile y al deportista admirado, contrapuestos al campeón de las olimpiadas matemáticas.

El mensaje sentó como una patada en la entrepierna entre muchos americanos de cepa, especialmente los que habían votado a Trump para proteger sus empleos frente a la competencia exterior. A sus ojos, un multimillonario hijo de inmigrantes venía a explicarles que su propia cultura los hacía menos competitivos que los trabajadores llegados del extranjero. La controversia reveló una fractura entre las bases nacionalistas del movimiento y algunos de sus nuevos aliados tecnológicos.

Trump regresó a la Casa Blanca en 2025 después de una campaña en la que el encarecimiento de la vida había sido uno de sus principales argumentos contra los demócratas. En las elecciones del pasado martes, el problema se volvió contra él. Según las encuestas a pie de urna difundidas por Reuters, casi nueve de cada diez votantes consideraron el coste de la vida un factor importante o decisivo. Tres cuartas partes se declararon insatisfechos o enfadados con la marcha del país.

La derrota también ha puesto de manifiesto los riesgos de convertir la fidelidad personal al dirigente en el principal criterio de selección de candidatos. Trump había pedido a los estadounidenses que votaran como si su nombre figurara en las papeletas. Numerosos aspirantes republicanos habían recibido su respaldo, en ocasiones decisivo para imponerse en las primarias.

El pasado martes, algunos de ellos sufrieron derrotas espectaculares. En Texas, James Talarico se convirtió en el primer senador demócrata elegido desde 1988 al derrotar a Ken Paxton, respaldado por Trump. En Carolina del Sur cayó Darline Graham, otra candidata escogida por el presidente. Los demócratas ganaron también escaños senatoriales en Kansas, Ohio, Iowa y Carolina del Norte, y recuperaron el control de las dos cámaras del Congreso.

El resultado obliga a distinguir entre la popularidad de un dirigente entre sus seguidores y la capacidad de sus candidatos para conquistar al conjunto del electorado. La disciplina interna puede facilitar el control de un partido, pero también dificultar la corrección de errores y la aparición de figuras con autonomía suficiente para ampliar sus apoyos.

En Europa, donde los sistemas parlamentarios suelen exigir acuerdos entre varias fuerzas, la cuestión adopta una dimensión adicional. Ley y Justicia gobernó Polonia durante ocho años. En las elecciones de octubre de 2023 volvió a ser el partido más votado, con el 35,4% de los sufragios. Sin embargo, perdió el Gobierno porque tres fuerzas opositoras reunieron una mayoría parlamentaria suficiente para formar una coalición. Ser el partido más votado y disponer de los escaños necesarios para gobernar son cosas muy distintas.

Queda una última cuestión, quizá la más importante. Trump ha transformado el Partido Republicano hasta hacerlo difícilmente reconocible para quienes lo dirigían antes de 2016. Pero esa transformación ha ido acompañada de una identificación cada vez mayor entre el movimiento y su persona. Sus cambios de criterio, sus alianzas y sus decisiones han terminado convirtiéndose en pruebas de fidelidad para sus seguidores.

En enero de 2021, después de su primera derrota presidencial, escribí que Trump era el catalizador de una revolución política que lo precedía y que probablemente lo sobreviviría. Cinco años después, sigo pensando lo mismo. Los republicanos que sueñan con regresar al partido de Bush no han comprendido hasta qué punto ha cambiado su electorado. Y los demócratas tampoco pueden ignorar que millones de trabajadores y votantes de minorías étnicas que antes formaban parte de su base han demostrado estar dispuestos a cambiar de partido.

La derecha soberanista europea tiene ante sí las dos caras de una misma experiencia. Trump reconoció una fuerza política que llevaba décadas esperando representación, la organizó y conquistó con ella dos veces la Casa Blanca. Después ha comprobado que los electores pueden castigar a quienes consideran responsables de incumplir las promesas que los llevaron al poder. Y ha demostrado, sobre todo, que el estrépito de una presidencia puede ser muy superior a la solidez de su legado.

La transformación política que ha provocado Trump es demasiado profunda para desaparecer con él. Pero la imagen resulta inquietantemente apropiada para una forma de gobernar que confunde tantas veces el anuncio con la realización, el gesto con la obra y la autoridad personal con la construcción de instituciones. Los movimientos soberanistas europeos tienen motivos para estudiar cómo Trump llegó al poder. Harían bien en dedicar todavía más atención a lo que dejará cuando se marche. Porque las elecciones las ganan los hombres, pero las revoluciones duraderas necesitan algo que los sobreviva.

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