
La guerra ruso-ucraniana sigue haciendo estragos en Europa. Este martes, Donald Trump ha señalado a Bruselas por la compra de gas que siguen haciendo a Rusia países como España, un gesto que a su juicio demuestra la incapacidad de la Comisión Europea para aprender de los errores cometidos desde la anexión de Crimea en 2014. La crítica del presidente estadounidense llega tras las reuniones mantenidas en agosto con Vladímir Putin y Volodímir Zelenski, en las que Europa volvió a quedar relegada a un papel secundario.
El 15 de agosto, Trump y Putin se reunieron para discutir el conflicto. El encuentro fue calificado por la Casa Blanca de «muy productivo», aunque sin resultados tangibles. Moscú dejó la puerta abierta a un nuevo diálogo en la capital rusa, mientras que Trump, que en el pasado exigió un alto el fuego estricto, ha ido suavizando su discurso en favor de los intereses de Rusia. Esta evolución genera alarma entre los aliados de la OTAN y los gobiernos europeos, que temen quedar al margen de cualquier decisión clave.
Tres días después, el 18 de agosto, Trump recibió a Zelenski. La cita fue más cordial que en ocasiones anteriores y terminó con una promesa vaga de garantías de seguridad para Ucrania. Varios dirigentes europeos participaron en la reunión, apoyando la idea de reforzar la protección de Kiev, pero sin ofrecer compromisos concretos. Trump incluso sugirió una reunión tripartita entre él, Putin y Zelenski, algo que por ahora sigue en el aire.
Mientras tanto, los análisis en Bruselas apuntan a una sensación de impotencia. Europa ha sido incapaz de imponer un plan de paz propio, ni siquiera de presentarse como mediador en igualdad de condiciones. Washington y Moscú discuten el futuro de Ucrania, mientras que los Veintisiete actúan como espectadores, a pesar de que el conflicto afecta directamente al continente tanto en el plano económico como en el social.
La falta de visión estratégica no es nueva. Tras la anexión de Crimea en 2014, la UE no articuló una política exterior común hacia Rusia ni redujo su dependencia energética. Al contrario, muchos países firmaron contratos bilaterales de gas, debilitando la posición conjunta de Bruselas y ofreciendo a Moscú un arma de presión política. Hoy, la consecuencia es evidente: crisis energética, inflación y pérdida de competitividad frente a otras economías.
Los errores se extienden al ámbito de la seguridad. Los Estados del este —Polonia, los bálticos o Rumanía— reclaman desde hace años un compromiso más firme de Bruselas. Sin embargo, fue la OTAN y no la UE la que reforzó el flanco oriental, alimentando la percepción de que Europa no es capaz de garantizar por sí sola su defensa.
En el plano social, la llegada de millones de refugiados ha tensionado los sistemas de bienestar y provocado fricciones internas, mientras que a nivel político la incapacidad de actuar de manera cohesionada ha erosionado la legitimidad de los líderes europeos. La fragmentación diplomática, el retraso en las sanciones y la dependencia energética han convertido a Europa en una víctima de las circunstancias más que en un actor con voz propia.
Las perspectivas tampoco son alentadoras. Si la guerra se prolonga, el coste económico y la presión en seguridad seguirán debilitando al continente. Si se alcanza un alto el fuego o incluso un acuerdo de paz, pero Europa no logra sentarse en la mesa como socio igualitario, serán otros —Estados Unidos y Rusia— quienes redibujen el futuro geopolítico del continente.
En resumen, los analistas coinciden: la UE no ha sabido reaccionar a tiempo y ha perdido parte de su peso en el escenario global. Sea cual sea el desenlace del conflicto, Europa arrastra una vulnerabilidad económica y política que la convierte en un actor subordinado. Como apuntan varias voces en Bruselas, si no se corrige el rumbo, el continente seguirá pagando el precio de las decisiones de otros.