
La crisis abierta en Dinamarca por el pienso «climático» Bovaer ya tiene repercusiones fuera del país. Los testimonios de ganaderos daneses —que describen fiebre, calambres, infecciones, caída de producción e incluso muertes en sus rebaños— han provocado que el Reino Unido siga el asunto con creciente inquietud. El producto, fabricado por la multinacional neerlandesa DSM-Firmenich y promovido en programas «net zero» por Tesco, Aldi y Morrisons, se encuentra ahora bajo un escrutinio internacional que desmonta la narrativa triunfalista con la que fue presentado.
La conexión entre ambos países parte de un mismo elemento: los efectos observados sobre el terreno. La experiencia danesa ha sido determinante para que los agricultores británicos empiecen a evaluar con cautela un suplemento que, en teoría, altera la digestión del rumen para reducir las emisiones de metano.
Mientras tanto, el caso danés continúa marcando el debate. El ganadero Anders Ring, participante en un ensayo organizado por Arla, ha relatado que algunas vacas colapsaron, que la calidad bacteriológica de la leche empeoró y que la producción del rebaño cayó con rapidez. Abandonó el suplemento tras sólo un mes de uso. Su testimonio ha reforzado la preocupación de los productores que ahora observan con atención los resultados del ensayo que Arla acaba de finalizar en Reino Unido.
La Agencia de Normas Alimentarias británica (FSA, por sus siglas en inglés) no ha pasado por alto esta situación. El organismo ha reconocido que sigue de cerca los incidentes registrados en Dinamarca y que evalúa sus posibles implicaciones para el sector lácteo del país. Tanto la FSA como la agencia europea habían aprobado Bovaer como «seguro» para animales y consumidores, lo que subraya la magnitud del desafío: la experiencia real en las granjas está cuestionando un producto que recibió el aval de las autoridades antes de implantarse a gran escala.
El impacto del caso también ha llegado ya a otros países de Europa. En Noruega, donde el Gobierno había decidido introducir Bovaer en todas las vacas lecheras a partir de 2027, la cooperativa estatal Tine —que controla el mercado lácteo— ha suspendido su implantación. La decisión no responde a denuncias formales, sino a la necesidad de investigar a fondo los informes que llegan desde Dinamarca y que, cada día que pasa, ganan mayor relevancia en el debate europeo.
Por su parte, la multinacional neerlandesa DSM-Firmenich continúa defendiendo el suplemento. Argumenta que cuenta con más de quince años de investigación y que no existe evidencia científica de daños en el ganado. Al mismo tiempo admite que investiga los casos reportados y que colabora con las autoridades danesas y con la Universidad de Aarhus, encargada de analizar los animales afectados.
La polémica crece en un momento en el que varios gobiernos europeos intensifican sus medidas climáticas contra la ganadería. La ofensiva política para reducir las emisiones de metano ha elevado a Bovaer a la categoría de solución “verde”, pero los hechos contrastan con el relato oficial. Las experiencias acumuladas en Dinamarca y las señales de alerta en Reino Unido vuelven a plantear una pregunta fundamental: hasta qué punto las políticas climáticas impulsadas desde Bruselas priorizan objetivos ideológicos por encima de la salud del ganado y de la supervivencia de las explotaciones.