
La revolución verde alemana, presentada durante años como modelo energético para Europa, se ha convertido en un costoso fracaso. Alemania produce hoy menos electricidad que en el año 2000, pese a haber disparado su capacidad instalada gracias a miles de plantas renovables subvencionadas, especialmente fotovoltaicas y eólicas.
Según un análisis publicado por el diario suizo Neue Zürcher Zeitung el pasado 16 de mayo, la producción eléctrica anual alemana ha caído un 10% desde el año 2000, mientras que la capacidad de generación ha aumentado un 143% en el mismo periodo. Es decir, Alemania tiene mucha más potencia instalada, pero genera menos electricidad real.
La explicación está en el tipo de capacidad añadida. La mayor parte procede de energías renovables intermitentes, que sólo producen cuando hay sol o viento. A diferencia de las centrales nucleares, de gas o de carbón, las instalaciones fotovoltaicas y eólicas no pueden garantizar una generación constante. El resultado es un sistema sobredimensionado en capacidad nominal, pero incapaz de asegurar por sí solo un suministro estable.
El análisis, elaborado con datos de Eurostat y de la plataforma energética Renewables Ninja entre 2000 y 2024, muestra que el problema alemán no es simplemente haber apostado por renovables, sino haberlo hecho mientras desmantelaba sus fuentes convencionales de generación.
Otros países europeos han aumentado su producción eléctrica pese al crecimiento renovable. España, por ejemplo, produjo en 2024 un 30% más de electricidad que en 2000, mientras que Países Bajos elevó su producción un 40%. Alemania, en cambio, combinó el despliegue masivo de renovables con el cierre de centrales nucleares y fósiles plenamente operativas.
La decisión más decisiva fue la salida nuclear. En 2011, bajo el Gobierno de Angela Merkel, Berlín decidió abandonar progresivamente la energía atómica. El cierre se completó en 2023 y supuso la pérdida de alrededor de 140 teravatios hora anuales de producción eléctrica, una cantidad equivalente a aproximadamente el 30% del consumo eléctrico anual alemán, situado en torno a 460 TWh.
A esa renuncia se sumó el desmantelamiento de varias centrales fósiles funcionales bajo el plan de abandono del carbón aprobado en 2020. Alemania dejó así fuera del sistema buena parte de su capacidad estable, mientras sustituía generación firme por fuentes dependientes del clima.
El problema se agrava porque Alemania tampoco es el país mejor situado para extraer el máximo rendimiento de las renovables. Según el análisis citado, tanto sus instalaciones solares como sus parques eólicos se sitúan por debajo de la media europea en eficiencia energética. Sin embargo, al estar fuertemente subvencionadas, el coste no lo asumen los inversores, sino los consumidores a través de la factura eléctrica.
La consecuencia es una de las grandes paradojas de la transición energética alemana: más renovables, pero también electricidad más cara, más dependencia de respaldo fósil y menos producción total. En 2023, pese a su apuesta verde, Alemania tenía la sexta electricidad más intensiva en emisiones de carbono de Europa, con 381 gramos de CO₂ por kilovatio hora, frente a los apenas 56 gramos de Francia, país que mantiene una fuerte base nuclear.
La factura para los hogares también refleja el coste del experimento. Según Strom-Report, los consumidores alemanes pagan actualmente la electricidad doméstica más cara de Europa, con 0,38 euros por kilovatio hora. En Francia, donde siguen operando reactores nucleares, el precio se sitúa en torno a 0,27 euros por kWh, casi un tercio menos.
El impacto sobre la industria es igualmente severo. Los elevados precios eléctricos han acelerado la salida o reducción de actividad de empresas intensivas en energía, históricamente vinculadas al poder industrial alemán, especialmente en los sectores químico y metalúrgico. La Oficina Federal de Estadística informó el 18 de mayo de que la producción en los sectores industriales intensivos en energía ha caído un 15% desde 2022 y que se han perdido más de 50.000 empleos de los 848.000 registrados entonces.
La volatilidad del sistema alemán también empieza a alterar la actividad ordinaria de las empresas. En el podcast Ronzheimer, la directiva de la siderúrgica Georgsmarienhütte, Anne-Marie Großmann, explicó que la Agencia Federal de Redes llega a pedir a grandes consumidores industriales que reduzcan su producción cuando no hay suficiente electricidad disponible.
«La Agencia Federal de Redes nos dice que hay poca generación eléctrica y que, como grandes consumidores, debemos apartarnos», señaló Großmann, que criticó que la política energética termine incentivando a las compañías a producir menos.
Alemania aspira a alcanzar un 80% de electricidad renovable en 2030, después de situarse en torno al 59% en 2024. Pero el balance de su transición energética muestra una realidad muy distinta de la propaganda verde: el país ha cerrado nucleares, ha encarecido la electricidad, ha debilitado su base industrial y sigue necesitando carbón y gas para sostener el sistema cuando no hay sol ni viento.