Europa atraviesa una profunda crisis de confianza. El 68% de los ciudadanos entrevistados en seis grandes países europeos describe la situación actual del continente en términos de deterioro o pérdida de normalidad, mientras apenas un 12% considera que las sucesivas crisis pueden representar una oportunidad de renovación.
Así se desprende del nuevo European Sentiment Compass 2026, elaborado por el European Council on Foreign Relations (ECFR) a partir de 5.834 entrevistas realizadas entre mayo y junio en Alemania, Francia, Italia, Polonia, Países Bajos y Reino Unido.
La conclusión central del estudio es especialmente contundente: los europeos continúan deseando mayoritariamente un continente fuerte y próspero, pero cada vez confían menos en que sus dirigentes sean capaces de conseguirlo.
Guerra, inseguridad y economía alimentan el pesimismo
Cuando los encuestados identifican los principales problemas de Europa, la guerra y la seguridad aparecen en primer lugar, seguidas de las dificultades económicas. Casi tres de cada cuatro entrevistados consideran además que Europa está gestionando mal sus principales desafíos.
La desconfianza no se dirige únicamente contra las instituciones comunitarias. De hecho, los ciudadanos entrevistados responsabilizan a los gobiernos nacionales aproximadamente el doble de veces que a las instituciones y dirigentes de la Unión Europea por la incapacidad para afrontar estos problemas. El 56% coincide asimismo con la afirmación de que «el futuro de Europa está en peligro», frente a apenas un 21% que la rechaza.
Inmigración e inflación, entre las causas de la sensación de decadencia
El ECFR divide a los participantes en cuatro grandes grupos: positivos, negativos, inciertos y desconectados. El grupo de los denominados «negativos» es el más numeroso en todos los países estudiados salvo Países Bajos, y representa cerca de la mitad de los encuestados en Francia, Italia y Alemania.
Entre estos ciudadanos aparecen reiteradamente como principales preocupaciones la inmigración y la inflación, junto con la pérdida de soberanía, el distanciamiento de las élites políticas y la sensación de deterioro cultural y económico.
El propio informe recoge el testimonio de un ciudadano italiano que culpa a las élites de promover políticas verdes, financiar guerras y favorecer una inmigración que, a su juicio, está deteriorando la identidad europea.
Otros entrevistados señalan la inseguridad de las fronteras, el aumento de la delincuencia, la subida de precios, la deuda y el riesgo de guerra como símbolos de una Europa que consideran peor que la de hace apenas cinco años.
Francia, entre los países más pesimistas
La sensación de renovación es particularmente escasa en Francia. Sólo el 5% de los franceses entrevistados describe la situación europea como un proceso de «despertar» o recuperación. Polonia ofrece la imagen opuesta: allí el 21% considera que las crisis actuales podrían estar obligando finalmente a Europa a reforzarse y ganar autonomía.
Aun así, incluso entre quienes desean más cooperación europea existe una fuerte brecha entre lo que esperan para el continente y lo que creen realmente posible.
Tres de cada cuatro participantes imaginan una Europa futura caracterizada por una mayor unidad, seguridad y prosperidad. Sin embargo, muchos reconocen simultáneamente que no ven una vía política creíble para alcanzar ese escenario.
Burocracia, lentitud y falta de liderazgo
Una de las críticas que aparece repetidamente en las entrevistas es la lentitud del aparato político europeo. Los participantes hablan de exceso de burocracia, decisiones que tardan años en adoptarse, falta de coordinación entre gobiernos y ausencia de una dirección política común.
Uno de los entrevistados resume esa percepción afirmando que la UE «discute mucho pero hace poco», mientras otros critican que las grandes decisiones quedan bloqueadas por desacuerdos entre los Estados miembros.
El propio ECFR reconoce que políticas impulsadas desde Bruselas sobre inmigración, clima, coste de vida, restricciones a los vehículos de combustión o cuotas obligatorias de refugiados están convirtiendo a la Unión Europea en una cuestión cada vez más presente —y más polémica— dentro de la política nacional de los Estados miembros.