«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
«Creemos que Europa puede despertar de su largo letargo»

LA GACETA recoge íntegro el histórico discurso de Marco Rubio en Atenas en defensa de la civilización occidental

Marco Rubio. LA GACETA

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, ha aprovechado su visita de este miércoles a Grecia para reivindicar la civilización occidental y pedir que Europa salga de su «letargo».

«Creemos que Europa puede despertar de su largo letargo y reavivar el fuego que ardió aquí hace milenios. Ya hay indicios. En todo este continente, estamos siendo testigos de lo que esperamos que sea el inicio de un cambio generacional», ha aseverado.

Discurso íntegro de Marco Rubio

«Hay grandes ruinas repartidas por todo el mundo. En muchos casos, se trata de lugares en los que la historia parece haberse agotado: vestigios de culturas lejanas que hace tiempo que han quedado fuera del recuerdo vivo.

Pero la Acrópolis es diferente. 

Durante miles de años, la civilización que construyó lo que se alza a mis espaldas ha cautivado la imaginación del mundo occidental. Generaciones de nuestros estadistas, artistas y filósofos la han contemplado: la han contemplado con asombro y la han contemplado con reverencia.

Ahora bien, el tiempo tiende a embotar los sentidos: las grandes victorias y las derrotas catastróficas parecen reducirse hasta convertirse en una nota al pie de página de un libro de texto, un dato más que nuestros escolares deben memorizar y olvidar. Sin embargo, los griegos de la Antigüedad parecen ejercer un influjo casi místico sobre nuestra memoria. Nos llaman de vuelta hacia ellos, una y otra vez.

480 años antes de Cristo, los ejércitos de Jerjes llegaron a esta ciudad e incendiaron sus santuarios. Para entonces, la mayoría de los atenienses ya habían sido evacuados en barco a una isla cercana. Sin embargo, hubo un puñado de ellos que se negaron a abandonar su hogar. Así pues, se atrincheraron en la fortaleza rocosa de la Acrópolis para librar una extraordinaria última batalla, lanzando enormes piedras desde los acantilados contra los invasores persas y manteniendo a raya durante días al mayor imperio de la época. Finalmente, fueron derrotados. Los persas saquearon los templos, incendiaron los santuarios y arrasaron la Acrópolis hasta dejarla en ruinas; pero cuando los atenienses regresaron, recogieron los restos destrozados de la antigua Acrópolis y los enterraron en la colina donde había estado erigida. Y décadas más tarde, bajo el mandato de Pericles, erigieron el Partenón.

Desde entonces, el Partenón se ha mantenido en pie durante veinticinco siglos. Imperios han surgido y caído a su sombra. Y los descendientes de los hombres que lo construyeron, los hijos de Atenas y Roma, han llevado su civilización consigo hasta los confines de la Tierra.

Dos siglos y medio después de la fundación de la República de Estados Unidos, situada al otro lado del mundo respecto a donde me encuentro ahora, me presento hoy aquí como Secretario de Estado de esa República y bisnieto de los colonos que llegaron al Nuevo Mundo procedentes de España, me presento aquí para dar testimonio de una deuda que ni el paso del tiempo ni la distancia espacial podrán borrar jamás.

La historia de Estados Unidos, la historia de mi país, está marcada por las huellas de la Antigüedad. Grecia está, literalmente, grabada en la arquitectura de nuestro Gobierno: en las imponentes columnas, en las cúpulas y en los monumentos que salpican nuestra capital. La ciudad donde nació nuestra Constitución, Filadelfia, es, en sí misma, un nombre griego.

Los hombres que fundaron mi país estaban fascinados por el legado que heredamos del suyo. Eran excepcionalmente versados en historia, eran plenamente conscientes de su lugar único en ella, pero ninguna otra época del pasado captaba su atención o su imaginación tanto como la Antigüedad. A muchísimas personas les sorprende saber que el autor más citado en los “Artículos federalistas” no fue un filósofo de la Ilustración ni un teórico político. No, el autor más citado en los “Artículos federalistas” fue Plutarco, el biógrafo griego de los grandes hombres de Grecia y Roma.

Ahora bien, se ha escrito y dicho mucho sobre la influencia de la antigua Grecia en las ideas de los fundadores de Estados Unidos, y, de hecho, en todos los filósofos y estadistas occidentales que les precedieron. La mayoría de nosotros conocemos los fundamentos históricos. Atenas nos legó la democracia. Platón y Aristóteles nos legaron la filosofía occidental. Nuestras ideas sobre el Derecho, la virtud, la ciudadanía y el gobierno republicano se forjaron en las ciudades-estado griegas. Incluso gran parte de nuestro vocabulario político, palabras como “democracia”, “tiranía” o la propia palabra “política”, tienen aquí su origen.

Ahora bien, todo eso es cierto. Pero lo que le debemos a este lugar, como estadounidenses y como occidentales, es, en realidad, mucho, mucho más profundo. Estas instituciones e ideas, estas instituciones e ideas eran la expresión externa de cualidades más fundamentales que observamos en los antiguos griegos, cualidades que no pueden reducirse a ningún sistema o teoría política en particular.

Aquí, en Atenas, encontramos la primera manifestación plena de todos los rasgos esenciales que acabarían definiendo a Occidente: una individualidad férrea y una ambición implacable; una exploración y una inventiva audaces; un anhelo por el descubrimiento, por la aventura, el riesgo y la gloria. Una curiosidad insaciable por el mundo y los principios que lo rigen, un ansia por conocer los misterios de la naturaleza y desentrañar los secretos del cosmos. Una impaciencia ante la noción de lo imposible, que se rebela contra todas las barreras y límites, esforzándose por asomarse a las profundidades de lo desconocido.

No se trataba únicamente de fórmulas o preceptos de una escuela filosófica concreta.  Eran las características de un pueblo, expresadas en sus tradiciones, sus historias, su imaginación; en las cualidades que exigían a sus ciudadanos; en aquello por lo que vivían, luchaban y morían.

Conocerlas es conocernos a nosotros mismos.

Lo que floreció aquí, en este lugar, fue el deseo occidental de descubrir todo aquello que la ignorancia, la oscuridad y la lejanía habían mantenido oculto a la mente del hombre. Los griegos no solo forjaron la historia; nos legaron la historia en sí misma. Gran parte de lo que sabemos sobre muchas civilizaciones antiguas procede casi en su totalidad de los relatos de exploradores e historiadores griegos, exploradores e historiadores que no se limitaron a narrar las historias de su propio pueblo, sino que se aventuraron más allá para observar y registrar las sagas de pueblos y culturas extranjeras de todo el mundo.

Mientras otros miraban hacia dentro, los griegos fueron los primeros en dirigir su mirada hacia el exterior, en perseguir la emoción y la gloria de contemplar todo lo que era extraño y nuevo. Fue este rasgo, fue este rasgo, el que impulsaría a Occidente a crear y construir cosas que otros no podían, lo que nos distinguió de tantas otras culturas y civilizaciones en las que la estabilidad y la subsistencia eran los fines supremos de la vida.

Pero no es solo la ambición de explorar lo desconocido lo que heredamos de los griegos; es la convicción de que lo desconocido puede conocerse. La confianza en que el mundo puede ser cartografiado, medido, trazado y comprendido, y en que existe un orden racional en el cosmos, regido por ciertas leyes fundamentales, leyes que los hombres pueden observar y que la mente puede comprender.

Este fue el fundamento del pensamiento occidental: nuestras matemáticas, nuestra ciencia y nuestra medicina. Nuestra filosofía, nuestra ética y nuestra religión. Allanó el camino para que el evangelio de Jesucristo encontrara terreno fértil en Europa y floreciera hasta convertirse en el imperio de la cristiandad. Fue la base de las riquezas de la teología cristiana, de Agustín y Aquino y de toda la tradición del derecho natural.

Esto dio origen a una civilización caracterizada no sólo por una cultura común, sino también por una antropología: una visión común del hombre y de su lugar en el universo. Sus descendientes compartirían no solo la idea de un orden natural, sino también una concepción distintiva de la virtud; del destino y la suerte; de la verdad, la bondad y la belleza; de un código que dicta cómo deben vivir los hombres; y de normas e ideales objetivos a los que aspirar.

Para los griegos de la Antigüedad, la búsqueda de la excelencia era el principio de la existencia del hombre. Organizaron toda la vida cívica en torno a la contienda, la ambición y la competición: en la filosofía y la poesía, en la escultura y el teatro, en el atletismo y el arte, en la guerra y el arte de gobernar. La ciudad-Estado griega clásica era un escenario en el que los grandes hombres se ponían a prueba y demostraban su valía, perfeccionando su potencial a través de una lucha perpetua para ser los mejores, los más fuertes, los más bellos, esforzándose por acercarse cada vez más a la perfección.

Ahora bien, sé que, para el oído moderno, lo que acabo de describir, esta forma de vida, puede parecer extraño; incluso puede parecer cruel. El ideal de muchas ideologías de nuestra época se ha convertido, francamente, en un mundo de seguridad perfecta, desprovisto de riesgos o fracasos, sin la gloria de la victoria ni la vergüenza de la derrota. Con demasiada frecuencia, hoy en día, construimos a la baja. Diseñamos nuestras normas para garantizar que nadie pierda; nos preocupamos más por la comodidad de los peores que por el potencial de los mejores. Mantenemos las cosas más excepcionales que hay entre nosotros como rehenes de lo normal, lo corriente, lo mediocre.

Los hombres que construyeron el Partenón, ellos construyeron hacia arriba. Sostenían que la aspiración más elevada y noble en la vida era superar a todos los demás, esforzarse por ser los mejores en todas las cosas. Las antiguas ciudades-Estado griegas estaban llenas. Estaban llenas de intensa pasión, rivalidad, facciones y conflictos. Pero de esa lucha constante por la distinción surgió el gran florecimiento del arte, la filosofía y la energía política e intelectual que transformaría un conjunto de ciudades mediterráneas en la cuna de la mayor civilización del mundo.

El thumos, como lo llamaban los antiguos griegos, el fuego de la pasión, la fuerza, el valor y el orgullo, es el corazón de una gran civilización. ¿Y sin él? Sin él, las naciones pierden su voluntad de luchar, su voluntad de esforzarse y su voluntad de sobrevivir.

Hoy en día, gran parte de Occidente ha olvidado esta cualidad. Con el paso del tiempo, en Occidente llegamos a sentir vergüenza precisamente de aquello que nos hacía excepcionales. Nos avergonzaba que nuestros logros nos diferenciaran del resto del mundo. Nuestra prosperidad se convirtió, de alguna manera, en una fuente de culpa. Ya no creíamos que mereciéramos ni que nos hubiéramos ganado nuestra grandeza.

La palabra «nacionalismo» se convirtió en un término peyorativo. Y así, derribamos nuestros monumentos; condenamos nuestra propia historia. Y en demasiados lugares, enseñamos a nuestros hijos a avergonzarse de los países que heredarían. En el proceso, abrimos nuestras fronteras y externalizamos nuestra industria, y permitimos que nuestras fuerzas armadas se debilitaran y decayeran.

Y, con cada año que pasaba, parecía que cedíamos cada vez más nuestra soberanía, transfiriendo nuestras decisiones a burocracias globales que se encontraban mucho más allá de nuestro control.

Pero otros se mostraban más que dispuestos a llenar el vacío que dejábamos, el vacío que dejaba nuestra debilidad. Y, a medida que la confianza de Occidente se tambaleaba, sus adversarios y rivales no hacían más que volverse más asertivos, acumulando su propia riqueza y su propio poder en nuestro lugar.

Y ahora, hoy, nos encontramos en una encrucijada. Porque la próxima década y las decisiones que tomemos escribirán la historia del próximo siglo. El rumbo que tomemos determinará si Occidente mantiene su lugar a la cabeza del mundo o se resigna a un futuro de atrofia, servidumbre y declive. O bien optamos por actuar ahora, o bien perderemos la posibilidad de actuar en absoluto.

Con el presidente Trump, Estados Unidos ha tomado su decisión. Optamos por la búsqueda sin complejos del poder nacional: recuperar el control de nuestras cadenas de suministro críticas, reindustrializar nuestra economía, reconstruir nuestra defensa y luchar por el dominio de las tecnologías e industrias del futuro.

Optamos por alcanzar nuevas fronteras: en la fabricación avanzada y la superinteligencia; en los drones, las armas y la guerra; en los chips, los minerales, la ciberseguridad y cualquier otro ámbito de las posibilidades humanas. Para dar rienda suelta a nuestra energía, reconstruir nuestras fábricas, llevar de nuevo a nuestros astronautas a la luna e iniciar una nueva era de exploración espacial.

Ahora bien, a pesar de todos sus nobles ideales, los antiguos griegos no eran ingenuos. Comprendían que las naciones tienen intereses. Comprendían que el arte de gobernar requiere prudencia y diplomacia, pero también comprendían que exige la capacidad de ejercer la fuerza cuando la prudencia y la diplomacia fallan. Comprendían que el poder no solo requiere disponer de los medios para defenderse, sino que exige la credibilidad de que se está dispuesto a utilizarlos.

Esta es la concepción clásica de la política y del arte de gobernar que la Administración Trump espera recuperar, recuperar no solo para nuestro país, sino para toda nuestra civilización.

Creemos que Europa puede despertar de su largo letargo y reavivar el fuego que ardió aquí hace milenios.

Ya hay indicios.

En todo este continente, estamos siendo testigos de lo que esperamos que sea el inicio de un cambio generacional: un aumento vertiginoso del gasto en defensa, una avalancha de nuevas asociaciones y programas, y la expansión de la manufactura y la producción, a raíz de los compromisos históricos en materia de defensa realizados el año pasado en La Haya.

Grecia ha estado en el centro de este cambio. El pueblo de esta nación ha demostrado, una vez más, ser un amigo indispensable tanto para Europa como para Estados Unidos, en ámbitos que van desde la energía hasta la migración y la defensa, donde Grecia ha sido un aliado modelo.

Y es nuestro más sincero deseo que toda Europa siga su ejemplo.

Aunque, en ocasiones, las pasiones puedan haber tensado los lazos de afecto entre Estados Unidos y Europa, no debe permitirse que los rompan. Juntos, debemos fortalecer una alianza capaz de confrontar las amenazas de nuestra época.

Y podemos hacerlo. Porque no creemos que la amistad transatlántica deba ser un juego de cero sumatorio. Todo lo contrario: nuestra visión es la de una alianza cuya fuerza sea mayor que la suma de sus partes. Es una visión que vimos en acción el mes pasado, en un nuevo acuerdo sin precedentes entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia, un acuerdo que redefinirá el Ártico y reforzará la seguridad de toda la OTAN. Los tres socios de ese acuerdo salieron victoriosos. Toda Europa, así como la OTAN y Estados Unidos, ha salido más segura, más fuerte y mejor protegida gracias a ello.

Queremos ganar juntos. Debemos ganar juntos.

Hoy en día se ha puesto de moda creer que una política exterior ilustrada implica dar prioridad a la comunidad global por encima del propio pueblo. Y creo que, también en este aspecto, tenemos mucho que aprender de los hombres de la antigua Grecia, pues ellos sabían que no había nada egoísta ni incorrecto en la lealtad a la propia nación, ni tampoco nada egoísta ni incorrecto en luchar para defender sus intereses por encima de todo lo demás.

Creían, firmemente, en el ideal del gran hombre: el individuo excepcional que alcanza la inmortalidad a través de sus propios hechos. Sin embargo, creían que la gloria y la fama se ganaban mediante el esfuerzo, el sacrificio y el logro de grandes hazañas en aras de algo más grande que uno mismo. El héroe recurrente del mundo de la Antigua Grecia era aquel hombre dispuesto a pagar cualquier precio por una causa digna de su lealtad.

Lo vemos en Sócrates, quien se negó a abandonar la búsqueda de la verdad incluso a costa de su vida. Lo vemos en la legendaria resistencia de los 300 espartanos, rodeados y superados en número de forma abrumadora por los vastos ejércitos de Persia, quienes rechazaron la oportunidad de salvarse y optaron por luchar hasta el último hombre antes que abandonar su puesto o su deber. Y lo vemos en el mito épico de Aquiles, a quien se le ofrece la opción de regresar a casa y llevar una vida larga y pacífica, pero que, en cambio, opta por permanecer en Troya y perecer en busca de la gloria eterna.

Estas, estas son las cualidades que darían forma al imaginario moral occidental. Desde el mártir cristiano que se negó a traicionar su fe hasta el patriota que dio su vida por su país; desde Santo Tomás Moro hasta la batalla del Álamo, pasando por las inmortales palabras finales de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, que dice “empeñamos nuestra vida, nuestra hacienda y nuestro sagrado honor”.

Es de los griegos de quienes Occidente heredó su sentido del deber: una lealtad inquebrantable al propio código, a la propia causa, al propio país. Nuestros héroes, los héroes de Occidente, son aquellos que eligen permanecer fieles a su deber precisamente cuando resulta más difícil y doloroso hacerlo: el hombre que se rige por su palabra, el soldado que no abandona su puesto, el capitán, el proverbial capitán, que se hunde con su barco.

Esto difiere por completo de lo que vemos, incluso hoy en día, por ejemplo, en fanáticos como los mulás radicales de Irán, cuyo culto a la muerte aclama a los niños suicidas con bombas como héroes nacionales y presenta el martirio como un fin en sí mismo.

Nuestros héroes, nuestros héroes pueden estar dispuestos a morir por su causa; pero nuestros héroes no veneran la muerte. Es precisamente porque valoramos la vida por lo que llegamos a reconocer el heroísmo en aquellos que prefieren sacrificarla antes que traicionar sus principios. Ahora bien, tomamos la concepción occidental de estas cosas, el heroísmo, el honor, el deber, y las damos por sentadas. Damos por sentado que, de alguna manera, son universales para todas las personas, en todo momento y en todo lugar. No lo son. Son el producto de un carácter distintivo, un carácter distintivo que surgió aquí y que dio forma a toda la historia de la civilización que le siguió. Una civilización por la que hoy debemos luchar para defenderla con la misma pasión con la que lo hicieron nuestros antepasados.

A los hombres que construyeron el Partenón les sucedieron los arquitectos de la cristiandad europea, quienes erigieron las catedrales de Milán, Colonia y Florencia. La búsqueda de la perfección de la forma humana que impulsó a los escultores de la Antigua Grecia encontró una nueva expresión en Miguel Ángel. La búsqueda de los filósofos griegos sobre la estructura del universo fue heredada por Copérnico, y posteriormente por Galileo, Kepler y Newton.

La sed de nuevos conocimientos fue lo que dio lugar a la primera expedición de Magallanes alrededor del mundo, al descubrimiento de América por parte de Colón y, en última instancia, al viaje del Apolo 11 a la luna. Y las cualidades que llevaron a Alejandro a conquistar todo el mundo conocido reaparecieron en César, luego en Carlomagno y en Cortés.

Y en Estados Unidos, esa misma tradición se redescubrió de nuevo. Una tierra abierta y salvaje se convirtió en el escenario de un gran renacimiento de la imaginación y la ambición occidentales. La aspiración griega hacia nuevos horizontes se transformó en el espíritu de la frontera estadounidense. La civilización de Atenas y Roma transformó una incipiente república costera en un imperio continental.

Los estadounidenses más destacados de cada generación han llevado consigo los rasgos inconfundibles de sus antepasados: nacidos en Atenas, formados por Roma, bautizados en la cristiandad, templados en el crisol de la Europa medieval, dotados del genio inglés por la libertad y, posteriormente, transportados a través del Atlántico para renacer en las costas de un nuevo mundo.

Juntos, debemos ahora redescubrir ese espíritu. Nos encontramos en un punto de inflexión: un punto de inflexión no solo en la historia de mi nación, sino en toda nuestra civilización.

Las amenazas a las que nos enfrentamos hoy son tan reales como lo fueron en el escenario dramático de la Antigüedad.

Los intereses nacionales no se desvanecieron ante las instituciones internacionales. La guerra no desapareció simplemente porque prefiriéramos la paz. Otros Estados continuaron armándose, buscando influencia, compitiendo por el territorio, la tecnología, los recursos, los mercados, la energía y el poder.

Y ahora, vuelve a haber guerra. Vuelve a existir una nueva competencia entre las grandes potencias. Vuelven a existir la vulnerabilidad, la agresión, el terrorismo y todo un universo de nuevas amenazas y ataques.

Por ello, debemos reconstruir nuestras instituciones y nuestras alianzas para hacer frente a estas amenazas conjuntamente, entendiendo que el propósito de estas no es abolir la soberanía de las naciones que las conforman, sino defenderla. Y que las naciones no tienen por qué renunciar a sus identidades propias para reconocer sus intereses comunes.

Hemos creado un modelo de ello con nuestros socios aquí en Grecia. En nuestras alianzas de defensa, en materia de energía y tecnología, y en nuestra ambición común de proteger las fronteras de Europa ante las amenazas de la migración masiva.

Nuestra amistad se remonta a los primeros años de mi nación. Cuando Grecia se levantó en 1821 para recuperar su independencia tras siglos de dominio otomano, los estadounidenses reconocieron algo familiar en esa lucha. Tres años más tarde, el gran estadista estadounidense Daniel Webster pronunció un famoso discurso ante el Congreso, lo que contribuyó a dar a conocer la causa de la Revolución griega ante los representantes de la joven república estadounidense.

Y comenzó llamando su atención sobre todo lo que les rodeaba. Esto es lo que dijo en su discurso: “Esta forma libre de gobierno, esta asamblea popular… esta práctica del debate libre y el diálogo público, la competición de una mente con otra… incluso el edificio en el que nos reunimos, estas columnas proporcionadas, esta arquitectura ornamentada, todo ello nos recuerda que Grecia ha existido y que nosotros, al igual que el resto de la humanidad, le estamos profundamente en deuda”.

Esas palabras son tan ciertas hoy como lo eran cuando las pronunció. Y todos nosotros, no solo los estadounidenses, sino también los europeos y nuestros amigos de todo Occidente, debemos volver a aprender las lecciones que nuestros antepasados extrajeron de este lugar y de su historia.

La historia de Grecia, la historia de Grecia no solo nos ofrece un atisbo, no nos ofrece un atisbo de nuestras instituciones en sus formas más incipientes. La historia de Grecia nos muestra una imagen de nosotros mismos.

Nos muestra que la nuestra es la herencia de grandes héroes, y que debemos estar orgullosos, que debemos estar profundamente orgullosos, de nuestros orígenes. Debemos maravillarnos ante lo que nuestros antepasados forjaron en esta tierra. La historia de nuestra civilización es la más grandiosa que jamás haya conocido la humanidad. Y comenzó aquí, con los primeros hombres y mujeres de Occidente. De ellos, de ellos, podemos redescubrir las virtudes, el valor y la fuerza para hacer frente a los peligros a los que nos enfrentamos en nuestros tiempos. Gracias».

+ en
Fondo newsletter