El clima político en Alemania ha escalado un nuevo peldaño de radicalización. Mientras la Alternativa para Alemania (AfD) se consolida como primera fuerza en intención de voto y continúa creciendo especialmente entre los jóvenes del este del país, sectores de la izquierda no ocultan ya su disposición a recurrir a la violencia para frenar su avance democrático.
Jette Nietzard, portavoz nacional de las juventudes del partido ecologista Die Grünen, lanzó una inquietante declaración durante un evento organizado por el semanario Freitag en el Renaissance Theater de Berlín. Allí, frente a un auditorio progresista, Nietzard preguntó: «¿La resistencia será intelectual… o quizás armada?», y añadió sin rodeos: «¿Habría que tomar las armas?», dejando abierta la posibilidad de una respuesta violenta ante una hipotética victoria electoral del partido soberanista.
Cuestionada sobre si se refería a actuar «contra la voluntad de los votantes», Nietzard se limitó a responder: «Contra el fascismo». Con esta fórmula ambigua, pero repetida hasta la saciedad en el vocabulario de la izquierda radical, la dirigente verde parece justificar un levantamiento insurreccional si el resultado electoral no coincide con su marco ideológico.
Sus declaraciones han provocado una fuerte reacción en redes sociales y medios alemanes. No sólo por su gravedad política, sino por la peligrosa evocación que representan: el recuerdo aún vivo del terrorismo de extrema izquierda en los años setenta, protagonizado por organizaciones como la Fracción del Ejército Rojo (RAF), cobra una inquietante actualidad cuando la amenaza proviene ahora desde formaciones integradas en el sistema político.
No es la primera vez que Nietzard genera polémica. Hace apenas unas semanas posó públicamente con una sudadera que llevaba inscritas las siglas «ACAB» («All cops are bastards»; «todos los policías son bastardos»), una consigna de odio contra la policía ampliamente utilizada por movimientos anarquistas.
Lejos de tratarse de una anécdota aislada, estas actitudes reflejan una tendencia más amplia dentro del bloque izquierdista europeo: cuando no consiguen frenar el avance del soberanismo en las urnas, lo combaten con criminalización, censura y ahora incluso con el fantasma de la violencia política.