
El PIB per cápita de Polonia se ha disparado hasta los 45.113 dólares (33.565 libras), el 85,9% del Reino Unido, una cifra impensable a comienzos de siglo y que resume mejor que ningún eslogan el vuelco económico del país. En el año 2000, la renta media polaca apenas alcanzaba el 42,7% de la británica; hoy, la brecha se ha reducido de forma vertiginosa y las previsiones apuntan a que los ingresos familiares en Polonia podrían superar a los del Reino Unido en 2031.
Este crecimiento sostenido ha tenido un efecto inesperado: el flujo migratorio tradicional se ha invertido. Durante décadas, Polonia fue un país de salida. Ahora empieza a ser un destino. En el último año contabilizado, sólo unos 7.000 polacos se trasladaron al Reino Unido, mientras que alrededor de 25.000 regresaron a su país de origen. Paralelamente, el número de ciudadanos con pasaporte británico residentes en Polonia ha aumentado con fuerza desde 2020, pasando de algo más de 110.000 a cerca de 185.000.
Ese cambio se percibe incluso en procesos cotidianos como la contratación laboral. Johnny Mercer, empresario británico afincado en Polonia y propietario de una constructora con sede en Varsovia, recuerda con sorpresa lo ocurrido cuando anunció una vacante de marketing hace apenas tres meses. Años atrás, atraer talento extranjero era complicado. Esta vez, su bandeja de entrada se llenó de solicitudes de británicos dispuestos a mudarse de forma permanente, incluso de personas sin vínculos previos con el país, una de las cuales acabó consiguiendo el puesto. Mercer lo comenta desde una mesa de un bistró francés del centro de Varsovia, un local moderno abierto en 2019 que simboliza bien el nuevo pulso urbano de la ciudad.
Para antiguos responsables políticos, el fenómeno no es casual. Jadwiga Emilewicz, exviceprimera ministra, define el momento actual como una auténtica edad dorada. Tras dos siglos marcados por la emigración, Polonia empieza a atraer población de economías occidentales. A su juicio, el contraste con el estancamiento percibido en parte de Europa occidental explica buena parte del atractivo creciente del país.
La experiencia personal de muchos recién llegados refuerza esa percepción. Julia Chelminska, británica de 33 años nacida en Londres en el seno de una familia polaca, se trasladó a Varsovia hace tres años, poco antes de ser madre. No le sorprende que cada vez más británicos den el mismo paso. A su llegada encontró una ciudad vibrante, con una oferta gastronómica diversa, barrios céntricos cuidados y una sensación general de progreso que no encajaba con la imagen que ella misma tenía de la Polonia de hace quince años.
Más allá de los indicadores macroeconómicos, Chelminska destaca factores muy concretos. El coste de la vivienda fue decisivo: su casa de tres plantas con jardín en Varsovia le costó menos que un antiguo piso protegido de dos habitaciones en Londres. El precio de una cerveza ronda las dos libras y el día a día resulta mucho más asequible. A ello se suman políticas familiares generosas, como una baja por maternidad completamente transferible entre progenitores y una prestación mensual por hijo de 800 zlotys que no depende del nivel de ingresos.
La seguridad también pesa en la balanza. Tras sufrir varios robos en su antiguo barrio londinense, Chelminska afirma no haber sido víctima de ningún delito en Polonia. Caminar sola de noche en Varsovia le resulta algo natural, una confianza que contrasta con la sensación que tuvo en un viaje reciente al Reino Unido, cuando una amiga se alarmó al verla volver tarde a casa.