
El periodista y ensayista francés Ferghane Azihari, columnista de Figaro Magazine y autor del libro Islam against Modernity, ha generado un intenso debate tras afirmar que el mundo musulmán contribuye únicamente con el 0,1% de los descubrimientos científicos, a pesar de representar entre el 25% y el 26% de la población mundial.
Azihari realizó estas declaraciones durante su participación en el programa Points de Vue, conducido por Vincent Roux, donde citó datos procedentes del Banco Islámico de Desarrollo, una institución con sede en Arabia Saudí. Según explicó, estas cifras reflejan déficits estructurales persistentes en amplias zonas del mundo islámico.
«Cuando se observa el mundo musulmán en su conjunto está muy por debajo de los estándares que cabría esperar de sociedades modernas», afirmó. «No es una crítica islamófoba: el propio Banco Islámico de Desarrollo lamentó que, pese a su peso demográfico, la contribución del mundo musulmán al progreso humano sea mínima», remarcó.
Azihari subrayó que, cuando se destacan logros culturales o científicos vinculados al islam, la referencia suele retroceder varios siglos, hasta la Edad Media. «Cada vez que queremos atribuir grandes aportes al islam, volvemos siempre al pasado. La pregunta es qué ocurrió después», planteó, recordando que el islam se asentó en regiones que históricamente fueron cruces de civilizaciones, como describió el historiador Fernand Braudel.
Uno de los ejemplos más citados por el autor es la tardía adopción de la imprenta. «Hicieron falta tres siglos después de Gutenberg para que las sociedades musulmanas adoptaran la imprenta», señaló, rechazando que este retraso pueda explicarse únicamente por el colonialismo europeo.
Azihari, nacido en el mundo musulmán y de padres originarios de Comoras, defendió que la crítica a la decadencia no es ajena a los propios musulmanes, que llevan siglos reflexionando sobre el declive de sus sociedades. A su juicio, la incapacidad para garantizar condiciones de vida dignas explica por qué la inmigración se produce mayoritariamente desde países musulmanes hacia Europa y no a la inversa.
El autor también abordó cuestiones históricas como la pervivencia de la esclavitud en territorios islámicos, sosteniendo que su abolición no fue fruto de procesos internos, sino de la influencia europea. En este punto, afirmó que no existieron en el mundo islámico debates equiparables a los que se dieron en Europa sobre la legitimidad moral de la esclavitud.
Respecto a los países musulmanes con altos niveles de renta, como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Qatar, Azihari sostuvo que la riqueza basada en recursos energéticos no invalida el diagnóstico general, al tratarse de economías altamente dependientes del petróleo y gestionadas por sistemas autoritarios. «Las excepciones no corrigen una imagen global que sigue siendo preocupante», afirmó.
El debate se proyecta también sobre Europa y sus políticas migratorias. Azihari cuestionó la idea de que la inmigración masiva procedente de África y Oriente Medio vaya a impulsar la innovación europea, señalando que los datos sobre patentes, emprendimiento tecnológico e integración educativa no respaldan esas expectativas. A su juicio, gran parte de la inmigración acaba concentrada en empleos de bajo valor añadido o dependiente del sistema de bienestar.