Una mujer francesa llamada Inès Mecellem ha sido asesinada por un refugiado afgano que había sido su pareja sentimental. El caso ha generado una profunda conmoción en Francia, no sólo por la brutalidad del crimen, sino por la sucesión de denuncias ignoradas y la inacción policial que lo precedieron.
La joven, de 25 años, murió apuñalada en su vivienda de Buxerolles, cerca de Poitiers, tras separarse definitivamente de Habib, un inmigrante afgano de 36 años que había sido detenido y liberado en repetidas ocasiones pese a las advertencias. Mecellem había alertado hasta seis veces a las autoridades en apenas mes y medio, e incluso dos días antes de su muerte activó el dispositivo de alerta de peligro grave que permite contactar rápidamente con la policía. Nada de eso bastó para salvarle la vida.
El propio ministro de Justicia, Gérald Darmanin, reconoció públicamente que el sistema había fallado estrepitosamente: «Cuando una mujer pide ayuda y no se le protege, se trata de un fracaso absoluto», admitió, anunciando la apertura de una investigación interna en la Inspección General de Justicia. El Gobierno francés ha prometido depurar responsabilidades, aunque la indignación ciudadana ya se ha hecho evidente.
Una manifestación reunió a un millar de personas en Poitiers para homenajear a Inès y protestar contra las negligencias policiales. Los participantes pasaron frente a la comisaría donde la joven presentó varias de sus denuncias. Allí había relatado agresiones físicas, intentos de estrangulamiento, violaciones y continuas amenazas por parte de su expareja. Pese a la gravedad de las acusaciones, ninguna medida de protección eficaz fue adoptada.
La madre de la víctima, Angélique, ha sido una de las voces más duras en señalar las fallas institucionales. En declaraciones a France Inter se mostró indignada por la liberación de Habib apenas media hora después de ser arrestado días antes del asesinato: «Lo tenían en sus manos y lo dejaron escapar. Ahora está fugitivo y mi hija está muerta», lamentó. También lo describió como un hombre «machista, extremista y peligroso» que nunca quiso integrarse y que incluso glorificaba públicamente a los talibanes, a los que llamaba «héroes».
Lo irónico y trágico del caso es que Mecellem trabajaba en una asociación dedicada a apoyar a refugiados. Su madre asegura que intentó advertirle desde el principio de la relación, pero que la joven permaneció con él durante dos años convencida de que podría ayudarle a cambiar. «Creo que estaba en una especie de negación», explicó.