
Una funcionaria de prisiones retirada ha denunciado que las cárceles austríacas se han convertido en espacios cada vez más hostiles para las mujeres que trabajan en su interior y que bandas de presos musulmanes controlan buena parte del mercado negro penitenciario.
Sabine K., que trabajó en prisiones de Viena y Baja Austria antes de jubilarse anticipadamente por enfermedad el año pasado, relató al medio Exxpress que el sistema penitenciario austríaco ha cambiado de forma radical durante su carrera, especialmente para las funcionarias destinadas a los módulos de internos.
«Todo el comercio y el trueque está firmemente en manos musulmanas; quizá todavía puedas conseguir papel higiénico de un austríaco», afirmó. Según su testimonio, las bandas musulmanas «se han repartido todo lo que es rentable y criminal» dentro de las cárceles.
La exfuncionaria sostiene que ese cambio ha ido acompañado de un deterioro profundo de la seguridad y del respeto hacia el personal femenino. Explicó que, cuando empezó a trabajar en el servicio penitenciario de Viena tras haber pasado por el ámbito de la atención infantil, las condiciones eran todavía manejables.
Sin embargo, asegura que la situación empeoró con el aumento de internos chechenos. «Fue con el incremento de presos chechenos cuando comenzaron los problemas graves de falta de respeto y ataques contra nosotras, las funcionarias», señaló.
Sabine K. precisó que no se refería a agresiones sexuales, sino a un clima constante de desprecio, insultos, gestos humillantes y provocaciones. «Hablo de insultos, de gente que tira cosas al suelo delante de nosotras y de comentarios y gestos despectivos dirigidos contra nosotras por ser mujeres», explicó.
La exagente afirmó que el ambiente en las cárceles de Viena se fue degradando progresivamente, lo que la llevó a trasladarse a Baja Austria, donde al principio encontró un entorno mucho más tranquilo. Según su relato, las condiciones allí eran «mundos mejores» y los problemas con los presos eran relativamente escasos.
Pero esa situación también cambió, asegura, en torno a 2017, cuando empezó a aumentar rápidamente el número de internos de origen musulmán tras la crisis migratoria de 2015. «Aproximadamente dos años después de la apertura de fronteras, nos vimos literalmente desbordados, y eso continuó hasta el final de mi etapa allí», afirmó.
Sabine K. reconoció que también hay presos austríacos con mala conducta, pero sostuvo que la hostilidad hacia los funcionarios alcanzó una intensidad distinta. «También hay muchos internos austríacos con malos modales, pero nunca nos habían escupido, insultado o amenazado hasta este punto», señaló.
La exfuncionaria denunció que la situación de seguridad se ha vuelto tan grave que las mujeres que trabajan en prisión ya no pueden realizar tareas que antes eran rutinarias. Entre ellas citó el traslado de grupos de presos al supermercado interno del centro, una práctica que, según dijo, ha sido prohibida por motivos de seguridad. «Ya no se puede hacer nada; el tren ha partido de la estación y sólo irá a peor», advirtió.
Sabine K. describió además a los funcionarios como un colectivo sometido a una presión extrema, superado en número y abandonado ante internos cada vez más organizados y agresivos. «Nuestros agentes están bajo una presión inmensa, enormemente superados en número y frente a una horda de hombres que sólo espera el menor error para hacerles daño», afirmó.