«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
El análisis de la primera vuelta de las elecciones el gigante iberoamericano

Elecciones en Brasil: el papel de los influencers, la jubilación de la vieja política y un camino abierto para la caída de Lula el 25-O

Flávio Bolsonaro. Redes sociales

El 4 de octubre los brasileños concurrieron a las urnas para la primera vuelta de las elecciones generales. No todas las elecciones son iguales; algunas revisten mayor importancia por lo que se pone en juego, en el caso del gigante sudamericano esto es de por sí determinante, pero esta elección en particular ha dejado una serie de sorpresas y novedades que, para ser analizadas, requieren un poco de memoria y un poco de olfato. En esta elección Luiz Inácio Lula da Silva, 80 años, siete campañas presidenciales encima, amo y señor durante décadas del aparato del Estado en todos los sentidos, protagonista indiscutido del mecanismo de corrupción en la obra pública que se volvió dogma para el Foro de São Paulo y dueño de casi todos los micrófonos, perdió la primera vuelta contra el hijo de su némesis. Flávio Bolsonaro, senador por Río, 45 años, sacó 47,03% y más de 56 millones de votos; el presidente se quedó en 45,16%, 2,2 millones votos abajo. El 25 de octubre se vuelven a ver las caras.

Es una noticia jugosa, pero no nos detengamos en ella. En cambio, miremos la letra chica de la noche, donde hombres muy jóvenes, que aprendieron a hacer política frente a una cámara de celular, juntaron más de tres millones de votos cada uno, y un verdulero de Divinópolis que subía videos indignados desde el mostrador se quedó con la gobernación del segundo estado del país sin necesitar balotaje. Ahí está lo que pasó de verdad. Podemos hablar del retorno triunfal de los Bolsonaro, pero lo más impactante es la entronización de una manera de hacer política que puede prescindir de los aparatos, los caciques, los minutos de televisión y los encuestadores de cabecera. Y todo esto va a enterrar el legado del hombre que mejor encarnó el tercermundismo iberoamericano.

Nikolas Ferreira tiene 30 años, es evangélico, se crió en uno de los barrios más pesados de Belo Horizonte y lo siguen más de 22 millones de personas en Instagram, que es más gente que la que vive en todo Chile, casi la mitad de la Argentina y más de seis Uruguay enteros. En 2022 ya había sido el diputado más votado del país con un millón y medio de votos, y la prensa lo trató como una rareza de temporada. El domingo sacó 3.119.318. Casi seis veces lo que juntó la segunda candidata de su estado. El récord histórico de la Cámara, que estaba en 1,84 millones desde 2018, no fue superado: fue triturado.

En la misma noche, en São Paulo, Lucas Pavanato, de 28 años, hijo de una familia pentecostal de Sorocaba, consiguió 3.038.438 votos. Pavanato empezó a manifestarse a los 17 en las marchas contra Dilma Rousseff, se hizo youtuber y comenzó a seguir el esquema de Charlie Kirk, yendo con una cámara a las universidades a discutir con militantes de izquierda. En 2022 quiso ser diputado estadual y no entró: 36.000 votos. En 2024 fue el concejal más votado de Brasil. Dos años después multiplicó por ochenta y cuatro aquella primera cosecha.

El tercer caso es el más contundente: Cleiton Gontijo de Azevedo, Cleitinho, comerciante, músico de fin de semana, logró ser concejal de su pueblo en 2016 con 3.023 votos. En diez años pasó por la legislatura, llegó al Senado con más de cuatro millones de votos y ahora va a gobernar Minas Gerais, veintiún millones de habitantes, 853 municipios, minería, industria y campo. Ganó con 55,4% en primera vuelta.

Desde 2016 el mundo se viene sorprendiendo periódicamente con los outsiders. Políticos que, con o sin estructura partidaria, sobrepasan la institucionalidad y narrativas del partidismo tradicional y sorprenden por sus triunfos y por su poco respeto por las formas convencionales. Esto no necesariamente se traduce en una gran gestión, ni significa que una vez obtenido algún triunfo, esos outsiders no se conviertan en aquello que criticaron, pero sí da una pauta de agotamiento de la política partidaria que ha sacudido a las democracias en casi todo el planeta. Porque de eso se trata. Durante un siglo el voto fue de las estructuras: del sindicato, del intendente, del puntero, del canal de televisión que decidía quién existía.

El caso del sistema brasileño se presta mucho más que otros para permitir la eclosión de las nuevas corrientes, dado que los votos de cada diputado se suman a su lista y arrastran bancas. Por eso el Partido Liberal saltó a 121 diputados sobre 513 y sumó 28 senadores sobre 81, la bancada más grande que un partido haya tenido en las dos cámaras desde la Constitución de 1988. No creció por aparato sino por audiencia.

Nadie puede decir que no hubo aviso. En enero de 2025 un solo video de Nikolas contra el plan oficial de vigilar las transferencias por Pix juntó cientos de millones de reproducciones y el gobierno tuvo que derogar la norma. Un diputado con un teléfono logró en una semana lo que toda la oposición parlamentaria no habría conseguido por los canales de negociación habituales.

Muchos políticos actuales han desafiado las estructuras de debate y negociación al avanzar a punta de pantallas de teléfonos y redes sociales. Milei también salió de las pantallas y también se llevó puestos a los aparatos. Pero la derecha brasileña dio un paso mucho más inteligente y audaz: aupó a decenas de dirigentes con votos propios, que no dependen de la bendición de un jefe. El bolsonarismo perdió a su fundador, y en lugar de resignarse se multiplicó: apareció el hijo, la esposa, apareció una camada entera de nuevos influencers que no le deben la carrera a nadie. Cortaron una cabeza y crecieron veinte.

Nadie lo vio venir, salvo los que miraban la pantalla

Las encuestadoras hicieron el papelón que a esta altura ya es folclore. El sábado anterior a la votación Datafolha le daba al presidente 45% de los votos válidos y a Flávio 42%. Lula sacó 45,16%, una precisión de relojero. Bolsonaro sacó cinco puntos más de lo anunciado. En Minas Gerais el error fue completo: le daban a Lula siete puntos de ventaja y perdió por casi cinco, doce puntos de desvío en el estado que desde 1989 le pone la banda al ganador. Cada uno tiene derecho a preguntarse si está frente a encuestas malas o frente a algo peor. Que cada lector elija. La única consultora que tuvo a Flávio empatado o arriba se llama Palver y ni siquiera es una encuestadora clásica: monitorea redes sociales y recluta a sus entrevistados por publicidad digital.

Para el resto de los analistas que luego del resultado andaban entre asombrados y cabizbajos, la sorpresa fue rotunda. Brasil ya no es el país que tienen en la cabeza. Uno de cada cuatro brasileños es evangélico; en 1991 era uno de cada once. Ese mundo tiene sus templos, sus radios, sus referentes y una paciencia agotada con la agenda cultural del progresismo. El Brasil que produce también cambió de manos: las exportaciones pasaron de 55.000 millones de dólares a cerca de 350.000 millones en un cuarto de siglo, soja, petróleo y mineral de hierro. Se achicó la fábrica paulista, se achicó el sindicato, se achicó el obrero metalúrgico que fue la cuna del lulismo.

Cambió, sobre todo, el sueño. El brasileño de 25 años ya no quiere el empleo con recibo y delegado gremial, que es el sujeto colectivo al que se dirigió Lula. Quiere el negocio propio, prosperar y que lo dejen en paz. Uno de cada cuatro trabaja por su cuenta y un tercio de los menores de treinta quiere abrir algo suyo. A ese votante el Estado no le suena a protección sino a peaje. Parte de esa realidad también la entendió Milei en su campaña presidencial.

Luego está el miedo, que es el primer problema del país en cualquier medición. Otro factor común en cada gobierno del Socialismo del Siglo XXI de cada país de la región es el avance del crimen organizado y el narco. Hoy en Brasil las facciones del crimen organizado mandan en barrios enteros y la izquierda no tiene nada para decir, porque desconfía más del policía que del delincuente. La derecha sí tiene algo para decir, y tiene otro referente: Bukele. El resultado está en un dato de Datafolha: cuando se pregunta por religión, delito, armas y familia, 52% de los brasileños cae a la derecha y 29% a la izquierda. Hace más de diez años que cada Congreso sale más conservador que el anterior, gane quien gane. Por eso Brasil votó a la derecha en el Senado, en Diputados y en las gobernaciones.

Lo que pasó en esta elección es clave también por lo que representa Lula. No se trata de un presidente más de la ola rosa. Es el molde. En 1990, con la Unión Soviética desangrándose y Cuba quedándose sin mecenas, Lula fue el anfitrión del primer Foro de São Paulo, sentado al lado de Fidel Castro. Aquel foro le dio oxígeno político al castrismo y años después le prestó al chavismo la red regional que necesitaba para hacer lo que hizo. Todo lo que vino salió de esa incubadora. Si la izquierda latinoamericana de este siglo fuera una epidemia, Lula sería el paciente cero.

También es el padre del método. El mensalão y el petrolão no fueron excesos de entusiasmo: fueron un sistema de financiamiento de la política con plata pública que Odebrecht se encargó de exportar a una docena de países, con manual de instrucciones. Lula fue condenado por corrupción y lavado en 2017 y pasó 580 días preso. Nunca lo absolvieron. El Supremo le anuló las condenas por una cuestión de competencia, una salida hecha a medida. Los mismos jueces que le devolvieron la candidatura se ocuparon después de inhabilitar y condenar a su rival. Media población tomó nota y esperó su turno.

Con ese prontuario, Lula eligió presentarse en 2026 como el guardián de la democracia. Cuando vio que su candidatura hacía agua se decantó por un clásico de la demagogia: abrió la caja. Diecisiete días antes de la elección subió 15% el Bolsa Família. Nueve días antes prohibió por medida provisoria las apuestas online que su propio gobierno había regulado para recaudar. Sumó otro plan de refinanciación de deudas, garrafas gratis, crédito a manos llenas. La cuenta, que la prensa brasileña estimó en más de 42.000 millones de reales sólo para el presupuesto del año que viene, se la deja de regalo al que llegue. No funcionó, y la razón es casi una parábola. Ocho de cada diez familias brasileñas están endeudadas y un cuarto del ingreso se les va en cuotas, con la tasa en 13,75%. El sueldo alcanza para comer y no alcanza para la tarjeta. A ese país asfixiado le ofrecieron un bono de 91 reales y una bandera, la de la soberanía contra los aranceles de Trump. El votante al que Lula le hablaba de Washington estaba pensando en el resumen del banco y en la esquina tomada por una mafia. Hasta entre los beneficiarios del Bolsa Família venía creciendo Flávio. El voto cautivo se cansó de la jaula.

El juez que quiso ser dios

Pero ninguna historia del Brasil de estos años se puede contar sin la tenebrosa figura de Alexandre de Moraes, y ninguna explicación del domingo está completa sin él, porque buena parte de esos 56 millones de votos no fueron a favor de un Bolsonaro sino en contra de un juez. Durante siete años Moraes fue en Brasil lo que ninguna constitución del mundo le permite ser a un hombre solo: policía, fiscal, víctima, juez y verdugo en el mismo expediente. El mejor amigo del lulismo se convirtió en un meme de terror.

El 14 de marzo de 2019 el entonces presidente del Supremo, Dias Toffoli, abrió por las suyas, sin que ningún fiscal se lo pidiera, una investigación sobre supuestas noticias falsas contra el tribunal, y se la entregó a Moraes a dedo, salteándose el sorteo que manda el reglamento. Un juez de la propia corte protestó. La procuradora general pidió archivarla al mes. No importaba. Una de las primeras decisiones de aquel expediente fue ordenarles a la revista Crusoé y al sitio O Antagonista que borraran una nota que vinculaba a Toffoli con Odebrecht. Es decir: el tribunal inventó un proceso para protegerse y lo estrenó censurando a la prensa. Después vinieron los allanamientos, los perfiles de redes bloqueados de a decenas, las preventivas. En 2021 sumó otra causa, la de las milicias digitales, que todavía manejaba. Y entre 2022 y 2024 presidió al mismo tiempo el Tribunal Superior Electoral, donde diez días antes del balotaje que ganó Lula se hizo aprobar una resolución para remover contenidos y suspender cuentas de oficio, sin que nadie lo pidiera, con multas de cien mil reales por hora. Hasta hoy el tribunal no informó cuántas publicaciones borró con esa norma. En 2024 Folha de S.Paulo, que no es precisamente un diario bolsonarista, reveló seis gigas de mensajes: el despacho de Moraes en el Supremo le encargaba por WhatsApp al área de desinformación del tribunal electoral, que él mismo presidía, informes a medida contra opositores. Con esos informes se cancelaron pasaportes y se apagaron cuentas. Se pedía la prueba a sí mismo y después fallaba con ella.

La censura dejó de ser una excepción para convertirse en un trámite. En mayo de 2023 Telegram les mandó a sus usuarios un mensaje contra el proyecto oficial de regulación de redes, y Moraes le ordenó borrarlo y publicar una retractación bajo amenaza de sacarlo del aire. Dos días después abrió, a pedido de la Procuraduría, una investigación penal contra los directivos de Telegram y de Google por hacer campaña contra una ley que el Congreso estaba discutiendo. Hay que leerlo dos veces: opinar sobre un proyecto de ley se volvió asunto policial. Rumble fue bloqueado en 2025 y otra vez en mayo de este año. Un comité del Congreso de Estados Unidos publicó órdenes secretas suyas para bajar unos 150 perfiles de una sola red. Nikolas Ferreira fue condenado a pagar unos 38.000 dólares por decir en el recinto que las mujeres pierden espacios frente a hombres que se sienten mujeres.

Y entonces se cruzó con Elon Musk. En abril de 2024 salieron a la luz los correos internos de la vieja Twitter sobre las órdenes judiciales brasileñas, y Musk le preguntó a Moraes en público por qué exigía tanta censura. La respuesta llegó en veinticuatro horas y no fue un argumento: el juez le incluyó como investigado en la causa de las milicias digitales y le abrió otra por obstrucción. Criticar al magistrado te convertía en investigado del magistrado. En agosto la empresa cerró su oficina porque amenazaron con meter presa a su representante legal. Moraes contestó congelando las cuentas bancarias de Starlink, que es otra compañía, con otros accionistas, que no era parte de nada, para cobrarse de ahí las multas de X. Después apagó la red entera para más de veinte millones de brasileños durante 39 días y fijó una multa de 50.000 reales diarios para cualquier ciudadano que se animara a entrar con una VPN. X volvió cuando pagó 28,6 millones de reales. Musk lo llamó dictador; el Tesoro de Estados Unidos, con lenguaje más sobrio, lo sancionó en julio de 2025 bajo la Ley Magnitsky por autorizar detenciones arbitrarias, suprimir la libertad de expresión, congelar bienes y revocar pasaportes de sus críticos. Washington levantó las sanciones en diciembre, después de una negociación con Lula. El expediente no cambió una coma.

Ahí están, juntas, las tres libertades que los brasileños vieron recortar. La de hablar, con las redes apagadas y los videos borrados. La de moverse, con los pasaportes retenidos, las tobilleras, la prohibición de dar entrevistas y hasta una zona de exclusión de un kilómetro alrededor de la casa de Bolsonaro donde nadie puede juntarse. Y la de disponer de lo propio, con cuentas bloqueadas antes de cualquier condena. Cuando el gobierno quiso de paso ponerle el ojo a las transferencias por Pix, lo frenó un diputado con un celular, no un tribunal.

No se conformó con los ciudadanos. Fue por los otros poderes. En la madrugada del 9 de enero de 2023, con una firma solitaria, apartó por noventa días al gobernador del Distrito Federal, recién reelecto por el voto. En julio de 2025 el Congreso derogó el decreto de Lula que subía el impuesto a las operaciones financieras, y Moraes lo resucitó y suspendió lo que habían votado los legisladores. En diciembre la Cámara de Diputados decidió por 227 votos contra 170 mantenerle la banca a la diputada Carla Zambelli; al día siguiente Moraes declaró nula la votación, le quitó el mandato y le dio 48 horas al presidente de la Cámara para tomarle juramento al suplente.

Tanto poder junto termina mal, y empezó a terminar antes de la elección: en septiembre, en pleno escándalo del Banco Master, el banco quebrado cuyo dueño, según la policía, le escribía al propio Moraes, el presidente del Supremo le quitó la investigación de las fake news. Para el que crea que todo esto es historia vieja, alcanza con repasar los cinco días anteriores a la votación. La justicia electoral intervino dos veces en la campaña, y las dos a pedido de los abogados de Lula.

El miércoles 30 de septiembre la ministra Estela Aranha, del Tribunal Superior Electoral, le ordenó a Nikolas Ferreira borrar en 24 horas un video en el que criticaba una frase del presidente, con multa diaria si no obedecía y prohibición de volver a publicar nada parecido. La campaña oficialista alegó que el diputado había sacado de contexto una declaración.

El jueves fue el turno de Globo. Lula había avisado que no iba al debate final. Las reglas, firmadas meses antes por todos los partidos, incluido el PT, decían que el atril del ausente quedaba en el estudio con su nombre, a la vista de todos. La misma ministra prohibió mostrar el atril vacío y prohibió que los otros candidatos le dirigieran preguntas al que no estaba. Esa misma tarde otro juez, Gilmar Mendes, desde el Supremo, obligó al canal a sentar a un candidato que no cumplía los requisitos. Flávio se bajó. Menos de una hora antes de salir al aire, Globo canceló el debate y habló de interferencia indebida. Las tres grandes cámaras de medios del país lo llamaron una agresión a la libertad de prensa. Y Globo, sobra aclararlo, no es un canal opositor. Hay que detenerse en la imagen porque es perfecta. El presidente no quiso debatir, sus abogados consiguieron que nadie pudiera mostrar que no había querido, y un país de doscientos millones se quedó sin debate para que un hombre no pasara vergüenza. Tres días después, el electorado mostró el atril vacío por su cuenta.

Salvo que hagan trampa, Flávio Bolsonaro va a ser el próximo presidente de Brasil por simple aritmética. Desde que volvió la democracia, ningún candidato que perdió la primera vuelta presidencial dio vuelta la segunda. Desde 1989, el que gana Minas Gerais gana el país, y Minas ya habló. Los tres candidatos que quedaron detrás, Augusto Cury, Renan Santos y Ronaldo Caiado, juntaron algo más de siete puntos y los tres pescan del centro hacia la derecha, en aguas donde el PT es mala palabra. A la izquierda de Lula no había nadie relevante. El presidente ya juntó a todos los suyos y no le alcanzó.

Los apoyos se acomodaron en dos días. Romeu Zema el lunes. El martes Caiado, el expresidente Michel Temer y, por unanimidad, la federación del PP y União Brasil, que viene de elegir 87 diputados y huele el poder como pocos. Diez gobernadores electos ya están en la calle pidiendo el voto para Flávio; Lula tiene cinco. Cury y Santos se declararon neutrales, y está bien decirlo para no venderle espejitos a nadie. Pero neutral no es lulista: esa gente ya eligió una vez no votar a Lula.

La primera encuesta del balotaje, la de PoderData, publicada este jueves, pone a Flávio en 53% de los votos válidos y a Lula en 47%, seis puntos, fuera de cualquier margen de error. La hizo la misma casa que la víspera de la primera vuelta tenía a Lula arriba, así que nadie podrá acusarla de simpatías. En una semana el presidente perdió tres puntos y su rival ganó tres. Lo único que le queda a Lula es hablarles a los más de 28 millones que no fueron a votar, y es un espejismo: en Brasil la abstención casi siempre sube en la segunda vuelta, y nada indica que el que se quedó en su casa sea más petista que el que fue.

¿Entonces qué puede salir mal? Solamente lo que no pasa por el voto. Flávio está investigado en el Supremo por el financiamiento de una película sobre su padre, y este es el Brasil de Lula donde un tribunal inhabilitó al jefe de la oposición después de que otro rehabilitara al jefe del oficialismo. Pensar en una jugada de escritorio no es paranoia sino un sano ejercicio de precaución y memoria.

Pero esto no sólo debería ser improbable: sería además un error de cálculo monumental, porque esta vez no hay un hombre para sacar del medio. Hay un Congreso entero, diez gobernadores y un país que ya aprendió a informarse sin pedir permiso. Las dos semanas y media que faltan merecen observadores internacionales en serio y periodistas con los ojos abiertos.

Si gana, Flávio va a tener una base propia en el Congreso. El famoso Centrão, ese mercado persa que durante décadas le alquiló gobernabilidad al mejor postor, salió flaco de las urnas porque sus votos se mudaron directamente al PL. Y el candidato no es su padre en los modales. Sus colegas del Senado lo describen como un tipo discreto, de diálogo, más de pasillo que de tribuna. Promete recortar el gasto y la deuda, mano dura con las facciones y la agenda de valores que le reclama su base. La primera prueba va a ser la amnistía, para su padre y para los cientos de condenados del 8 de enero, que es promesa de campaña y ahora tiene los votos a la vista. La segunda va a ser el Supremo. El tribunal tiene una silla vacía desde que se jubiló Luís Roberto Barroso, y en abril el Senado le rechazó a Lula su candidato, Jorge Messias, por 42 a 34. Fue la primera vez desde 1894 que un presidente brasileño se queda con un nominado a la Corte en la mano. Otros tres jueces están cerca del retiro, de modo que el próximo presidente puede llegar a nombrar cuatro de los once.

La tercera prueba tiene nombre y apellido. Para destituir a un juez del Supremo hacen falta 54 votos en el Senado. Hay decenas de pedidos de juicio político contra Moraes durmiendo en el cajón del presidente de la cámara, Davi Alcolumbre, cuyo mandato al frente del Senado vence en febrero. Con unos 45 senadores conservadores faltan nueve, y después del escándalo de Banco Master ya está allanado el camino. Nikolas Ferreira avisó esta semana que no hay negociación posible, por más gestos de última hora que haga el juez.

Lo que está en juego el 25 de octubre no termina en la frontera. Durante un cuarto de siglo Lula fue el coloso al que toda la izquierda del continente miraba para saber qué decir, cómo ganar y con qué plata. Si cae él no cae un gobierno. Cae la referencia cuando ya no queda nadie más para sostener el decorado. Cristina Kirchner cumple su condena en un departamento de Constitución. Evo Morales tiene orden de captura. Rafael Correa está condenado y mira llover en Bélgica. Pedro Castillo está preso. Nicolás Maduro espera juicio en Nueva York. La generación que a principios de siglo se sacó la foto de familia y prometió la Patria Grande termina entre tribunales, tobilleras y exilios. Lula era el último en pie, y lo está volteando el hijo del hombre que él creyó enterrado.

Brasil no giró a la derecha el domingo. Había girado hace rato, callado, mientras los encuestadores medían otra cosa y los jueces apagaban redes. El pasado domingo simplemente encontró la manera de decirlo: con el teléfono en la mano, verduleros, youtubers y millones de personas le avisaron al padre de la bestia que su tiempo se terminó. El 25 de octubre les toca confirmarlo.

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