la gaceta de la semana
De la reunión de dos podemitas con un etarra a la «Cataluña triunfante» de Sánchez
De la reunión de dos podemitas con un etarra a la «Cataluña triunfante» de Sánchez
Ione Belarra e Irene Montero con Arlando Otegui.
Por Carlos García-Mateo
20 de julio de 2025

Política. Me da la impresión de que España está curtida, democráticamente hablando, en cualquier situación. Cumpliendo 25 años del vil asesinato de Miguel Angel Blanco, la efeméride pasó como si nada. Incluso vimos a dos mujeres de Podemos reunirse sonrientes con un miembro de aquella banda terrorista, Arnaldo. Memoria de la amnesia, nación perezosa, infame disolución. Alcanza el país viejo esa madurez de sillón, gintonic y polvo siempre aplazado. Con Franco era natural clase media; y, a partir de Zapatero, refundador de Constantinopla, la alegría fue ya sólo socialista. Héroe en zapatillas, el ciudadano permanece feliz con casi nada; y cada vez es menos, pero cada cual soporte su techo, su corralito, su cielo. Un gobierno que ha sido, cuando Iglesias, gobierno y oposición a la vez. O putero y abolicionista del antiguo oficio al mismo tiempo, bajo el sanchismo.

El bunga bunga hispano. Decía hace dos semanas que estamos presenciando una Tangentopoli a la española. Sin embargo, las noticias acumulativas enriquecen todavía más el estado de podredumbre nacional. Sumamos ya el ambiente político-sexual del postrero Berlusconi. Lo afirmo a raíz de informaciones suculentas sobre puterío y negocios socialistas. Echemos una mirada a ese pasado italiano, tan aleccionador. En octubre de 2010, el país de la bota se vio envuelto en uno de los escándalos más notorios de su historia reciente: las fiestas «Bunga Bunga» organizadas por Berlusca, entonces primer ministro. Este episodio, conocido como el caso Ruby o Rubygate, reveló prostitución infantil (ya que la tal Ruby era menor cuando comenzó a ser invitada a ciertos saraos), abuso de poder y orgías en las residencias privadas del magnate, erosionando su imagen y contribuyendo a su caída política. El origen del término «Bunga Bunga» se atribuye a una tradición erótica africana, supuestamente actualizada por el libio Muammar Gaddafi, el de las jaimas, perfume Eau Sauvage y sus vírgenes guardaespaldas. Según testimonios, esas fiestas imperiales se celebraban en la Villa San Martino de Arcore, cerca de Milán, donde jóvenes mujeres, muchas aspirantes a modelos o actrices, eran invitadas a cenas que derivaban en gimnasia sueca, como se decía antes. Algunas participantes describieron escenas de desnudos colectivos, bailes provocativos y actos íntimos, con Berlusconi seleccionando a sus favoritas para posteriores encuentros privados. Las mujeres recibían compensaciones en efectivo, joyas o apartamentos. La figura central del escándalo fue la citada Karima El Mahroug, bailarina marroquí de 17 años apodada «Ruby Robacorazones». El 27 de mayo de aquel año, fue detenida por robo en Milán. Berlusconi intervino personalmente, llamando a la comisaría para exigir su liberación, afirmando -falsamente- que era sobrina del presidente egipcio Hosni Mubarak. La joven fue entregada a Nicole Minetti, voluptuosa higienista dental de Berlusconi y consejera regional de su partido. Ulteriores investigaciones revelaron que El Mahroug había asistido a al menos tres fiestas en la villa, recibiendo pagos de hasta 7.000 euros por noche, y alegó haber presenciado orgías aunque negó haber intimado con el primer ministro. Las autoridades milanesas abrieron una investigación en enero de 2011 por prostitución de menores y abuso de poder. Y Silvio enfrentó un juicio en abril de ese año, defendiendo las fiestas como «cenas elegantes». En 2013, fue condenado a siete años de prisión e inhabilitación perpetua para cargos públicos, pero, incansable personaje, apeló exitosamente y la justicia lo absolvió en repetidas ocasiones. El «Bunga Bunga» simboliza el declive de una era dominada por su carisma y excesos varios. Muchos italianos seguían queriéndole.

Panorama barcelonés. Me tomé un daiquiri en una terraza de la Condal, calle de músico donde habito. Estaba excelentemente preparado, más seco de lo habitual, así lo prefiero. El caso: un conductor de la empresa municipal TMB, de uniforme, ocupó una mesa cercana. Llevaba mochila con el emblema corporativo «CCOO» y, estando él de cortejo, le regaló a la acompañante, mujer sin duda carente de escrúpulos, una camiseta amarilla con la estelada. Me pareció la escena resumen de por dónde se ha conducido Cataluña desde la revolución independentista (tomo el concepto clásico de «revolución», aceleración de la Historia). Y, ciñéndome al caso, por el camino de la izquierda catalana. Un monstruo intelectual de naturaleza corrupta, tanto por su verborrea como por los pingues negocis. Valga destacar que el autobusero y su acompañante mantuvieron una cachonda conversación en español. Incluso identifiqué un deje extremeño en el varonil seductor.

Cataluña triunfante. No tenemos idea de la gran oportunidad que ha sido y es Sánchez para el nacionalismo catalán. Ese que muchos dimos por derrotado —postrero derroche histórico— tras la reacción amable, incluso amorosa del cachete punitivo, del Estado de las Autonomías. Bueno, a la luz íntima de sus fuerzas acuarteladas, el independentismo no ha muerto. Sólo se replegó en sus salones, en los círculos íntimos, de Barcelona a Waterloo. Que se sostenga obedece a una lectura correcta de la situación política española en general. Es una bicoca. Ni el más flipado indepe (que los hay, pero en el plano folklórico) hubiera imaginado tal flacidez gubernativa ni una bajada de pantalones semejante. Igual los alucinados todavía andan en el romanticismo pseudo decimonónico, pero en Junts deben estar invirtiendo en restaurantes de cocina catalana para que coman los altos empleados de Godó. Como han hecho siempre, por otra parte. Posdata: Hubo un tiempo no muy lejano en que estos iban a la Monumental a ver toros y fumar habanos.

Hazañas en X (antes Twitter). He visto a personas que hace no tanto debían atesorar un sentido de la discreción propia, un cierto cuidado para no parecer demasiado vanidosas u, objetivamente, carne jacobina con aires de grandeza. La figura del tipo que mira sobre las nubes desde un risco, obra de Friedrich, obra del Diablo. No me refiero al vulgo psicótico, tuitero ansioso del famoseo, tan hondamente sumido en sus cotidianos exabruptos estéticos mientras toma un café con leche de avena o levanta hierros en el gimnasio. Aquí vamos a la igualdad por vía de un despertar matutino con libro o una copa a deshoras de Dom Perignon, ácido y hortera (si se me permite la licencia, nada más elegante que las celestiales burbujas de Ruinart Blanc de Blancs o las de Bellavista, Franciacorta). Quizás la red les fue liberando a esas elites tuiteras de corsés sociales. Quizás el artilugio operó como una especie de metástasis. Y, entonces, elevados por el número de likes y de seguidores, dieron rienda suelta a algún vicio bíblico, a la erótica de la popularidad, del reconocimiento que es, en todo caso, plasta estética. Veo a sujetos superando el rubor de mostrarse cuales infantes con sus juguetes nuevos. Digo que, en su poso, se han abandonado al sentido oligárquico de la existencia, de las relaciones. Parecen comunistas de tomo y lomo. Son, también, muy productivos en su empresa cultural, dicho del modo más laxo. Y X les brinda una acomodaticia estepa siberiana, desde la imaginada dacha. Los episodios son variadísimos y ajenos a cualquier ironía: cuántos libros se han leído, un paseo en lancha odiseico, estoy en la playa (y vosotros no), un ágape extraordinario a base de ensaladilla rusa y patatas bravas, Roma nunca nadie la había pisado antes de mí, ensanchamiento fatal de la escuela Coelho, felicidad embotellada, me caso de blanco a los cuarenta, problemillas de salud —el ajo y el pepino se repiten, queridos—, observen mis zapaticos en la arena cíclada, qué verde era mi valle, etcétera. En suma, severo háganme casito. Vemos correr parejo, por ende, el asunto del liderazgo histriónico: «Del Rey abajo, ninguno». Traducido esto en un uso austero y magno, ejemplar, del corazoncito (no digamos del «retuit»). Escribo en tercera persona, aunque mi verdadero propósito sea redimirme.

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