Riña. Todavía resuenan las trompetas finales de Occidente, tras la sonada bronca entre Trump, Vance y Zelensky. Una recomendación a los finos politólogos: vean todo lo ocurrido, no sólo esos diez minutos de cierre. El episodio escenifica para el soberano pueblo mundial un desencuentro que llevaba ya cociéndose días atrás, a partir de que la nueva administración de Estados Unidos comenzara a cambiar el rumbo, tan errático como decadente, de su política internacional. Sin embargo, y a pesar de la tabarra globalista que la comparecencia provocó automáticamente en redes, pudo haberse alcanzado un acuerdo final (insisto con lo de ver el vÍdeo completo). Apoyo americano a cambio de minerales. Pero Zelensky no parece el tipo adecuado para tratar al más alto nivel, y no lo afirmo solamente por las formas. Dicen que la embajada de Ucrania, allí presente, estaba aterrorizada con lo que veía. Esa noche española, miraba yo la tele y los comentarios en X y me parecía casi todo idéntica tragicomedia. Floja, teatral, llevada por los ímpetus de la emoción. ¿Análisis? Bah.
Profundidades diplomáticas. Si algo caracteriza al europeo, no digamos al español, es que está encantado de conocerse. Ahí radica el origen cultural de la presente decadencia, ya orillada en comparación simbólica con el siempre despreciable yanqui, personificado hoy en Donald, no me refiero al pato. Acrisolada metáfora, espejo deformante de la melancolía continental, el yanqui impetuoso y resolutivo es todavía objeto de infantiloides obsesiones y caprichos nacidos tras la Segunda Guerra Mundial. Ah, por recordar algo a los que invocan ahora no sé qué finura de la diplomacia: Stalin, Churchill y Roosevelt en el Palacio de Livadia, Crimea, 1945. Decía Max Estrella en Luces de bohemia: «Nuestros ojos siguen acostumbrados a las sombras».
¡Es el gas, estúpido! La postrera fiebre informativa deriva que, al ser Trump un despiadado y voraz empresario, busca la paz sólo por intereses económicos. Lo cual tampoco sería, a tenor de los conflictos entre naciones europeas desde el siglo XVI, nada extraño. Dejando a un lado el divertimento periodístico, tan locuaz, asoman cuestiones poco explicadas de esta guerra ucraniana. Sus devaneos e intríngulis nunca accesibles a la opinión pública, como las varias negociaciones con los rusos de Zelensky y el peso de intereses europeos inconfesables, disimulados tras lo «humanitario» y el cínico «derecho internacional». Lo escribí el último domingo de febrero, aunque hay precedentes porque a éste menda interesa el perverso cotilleo que llaman Historia. La cuestión, que Trump ha hecho bien visible, es el gas y los minerales raros de la región en disputa con Rusia, el Dombass. Ya pueden seguir haciendo chistes los tertulianos sobre la enajenación del boss americano, e incluso partirse la camisa por amor a los ucranianos. Irán, disimuladamente, desandando el camino de la demagogia bélico-amorosa para adentrarse en otro bosque justiciero. Quizás el de vender las bondades de un nuevo conflicto total. Pero, sobre todo, que los árboles no nos dejen el bosque.
Spain is different! Escribía Hugues que, de momento, lo único democrático que está ocurriendo es que Trump trata de cumplir una de sus promesas electorales. En efecto, el electo presidente se comprometió a resolver la guerra de Ucrania, al tiempo que sugirió que replantearía la defensa colectiva (OTAN) si los aliados no aportaban lo suficiente. Pese a lo que digan los medios patrios con ojeriza trumpiana, hay líderes europeos moviendo el culo. Por supuesto, en España seguiremos tuertos o ciegos, esta superioridad tan hispana, mientras nos hundimos todavía más en una orgullosa irrelevancia. ¿Por gracia, además, de tener a Sánchez de Presidente? Sí, como también por ser, desde tiempos inmemoriales, una nación analfabeta en asuntos internacionales. El galo Macron ha visitado esta semana la Casa Blanca, dejando esta frase que resuena en todos los noticieros y demás medios españoles imaginarios: «Dejé de hablar con Putin después de lo de Bucha y los crímenes de guerra, porque consideré que no teníamos nada que conseguir de él en ese momento. Ahora hay un gran cambio porque hay una nueva administración estadounidense». Por su parte, Ursula Von der Leyen le recuerda a nuestro Pedro la necesidad de un «incremento significativo del gasto nacional en defensa», aunque aquí no haya Presupuestos, ni pasa ná porque no haya, coño. Más orgullo que don Rodrigo en la horca, dice el refrán.
Negociando. La semana ha seguido siendo «trumpista», adjetivo que el periodismo siempre correcto eligió para señalar a quienes tuvieran algún desliz crítico respecto al personaje. Fascinan las etiquetas porque son accesos simples a una realidad compleja y permiten ordenar la opinión sobre cualquier asunto o persona sin recurrir al fatigoso y aburrido examen. Tanto el orwelliano de raza como el mestizo han hallado en este siglo nuevo un hábitat estupendo, diseñado para su reproducción. Sin embargo, la llegada del nuevo presidente de los EEUU trae, al menos, esa cosa tan sana de abrir ventanas y ventilar. En un primer momento, contemplamos a los picatostes de la Unión Europea, con el acicate de una anunciada paz entre Rusia y Ucrania, bailar descompasados, gimotear o cantarle a la luna. Mientras, Trump negocia fuerte y, día sí, día también, lanza órdagos. Ya saben, envites destinados a ganar o a dominar la partida. Un espectáculo sin duda entretenido.
Todos a una. Sánchez, cuyo hábitat natural —y donde mejor se desenvuelve— es la cuerda floja, ha mandado a la ministra Montero a contar por ahí que le perdonamos 17.000 millones de deuda a Cataluña. Será por los servicios prestados, o por lealtad constitucional, digo yo. Pero que nadie se lleve a engaño, la deuda de los cantones no se condona. Más bien se paga mancomunada, forma que demuestra la cohesión de un entero país; que da brillo al «todos a una», hermanos de sangre. España no es tierra de agarrados ni pusilánimes. ¡La ronda la pago yo!, se oye en todas las barras desde Algeciras a Vigo. Y no van a ser menos espléndidos los asturianos o los riojanos, esos austeros con sus cuentas en orden. Vuelve así el recio iberismo, el hombre fuerte a gusto del Fary, pongamos. Además, la generosidad rumbosa, socialista, no nos hará libres, pero sí iguales. Aunque sea en la miseria.
Eppur si muove. Millones de consumidores se han pasado a redes como X para informarse. Algo tendrá que ver quizás la pétrea línea editorial de los grandes medios no sólo sobre Trump, sino también sobre las vacunas, el cambio climático, los hombres, la inmigración o el gluten. Podrá decirse que las redes publican cosas inexactas, difícilmente contrastables o directamente manipuladas. O sea, periodismo de siempre, y entiéndase esto como una declaración de amor. Muchos años señalando el recto camino; convirtiendo la democracia en un negocio imperativo. Aún así, intuyo que, poco a poco, la opinión intachable e indiscutida va a cambiar. Naturalmente, no lo hará en un abrir y cerrar de ojos. Podríamos pensar que eso sería demasiado humillante, si bien la «credibilidad» danza al ritmo de cada tiempo. Es probable, digo, que quienes llevan décadas trasladando imágenes en blanco y negro intelectual desde sus platós y tribunas sean mañana los más aguerridos defensores de un nuevo orden. Hay ya signos evidentes de esta mudanza. Por intereses pecuniarios o políticos (casi lo mismo), en The Washington Post han fulminado a su editor de opinión. «Escribiremos todos los días en defensa y apoyo de dos pilares: las libertades personales y el libre mercado», ha anunciado Jeff Bezos, propietario del periódico.