
Mafia sin fronteras. El papel de las oenegés en el tráfico humano desde África hacia España representa un grosero ejemplo de hipocresía institucionalizada. El marketing de la ayuda humanitaria viste de moralidad y perpetúa la explotación de personas, algunos, no todos los que se dicen, menores no acompañados, o menas. Esas entidades, regadas conparné público, establecen rutas migratorias y facilitan después el tráfico al proporcionar infraestructuras sin control alguno. Lo escribo insistentemente, cuando un Estado abole sus fronteras está renunciando a la soberanía nacional. Deja de ser, de facto, un Estado para convertirse en la casa de tócame Roque, que inmortalizara don Ramón de la Cruz. Tan socialistas nuestros gobernantes, no comprendo que hayan olvidado el melancólico telón de acero. El muro de Berlín, protector de las esencias marxistas. En este sentido, y sin querer hacer demasiadas bromas macabras, la izquierda ha recorrido un viaje, desde 1989, del todo paradójico. Pero vayamos al caso, a la fulgurante actualidad. En España, el Gobierno destina millones en subvenciones a organizaciones negreras — como antes se decía —, facilitando así un sistema opaco, corrupto. Tomemos el caso de Quorum Social 77, oenegé que gestionó 31 centros para menores en Canarias, entre 2023 y marzo de 2025, recibiendo más de 131 millones del Gobierno autonómico (coalición CC-PP). Ese floreciente chiringuito, ahora bajo investigación por presuntos abusos, malversación, prevaricación y trato vejatorio, ejemplifica cómo el dinero público se desvía hacia prácticas delictivas. Esta semana, la policía registró su sede y detuvo a la presidenta Delia García y al director Enrique Quintana, militante, fíjense, del PSOE. Fuentes policiales revelan que García ordenó apagar cámaras de videovigilancia tras el escándalo inicial, obstruyendo supervisiones y encubriendo posibles delitos. Vaya, una organización inmaculada. Ya algunas denuncias previas de medios locales señalaron irregularidades en la atención, condiciones precarias y opacidad económica, incluyendo el detalle de suministrar cigarrillosa los menores.
Lo que pensaba aquel Rey. Hassan II de Marruecos (1961-1999) expresó alguna vez opiniones contundentes y controvertidas sobre la emigración marroquí a Francia, particularmente en una entrevista de 1993 a un medio galo. El monarca alauí afirmó que los marroquíes «nunca se integrarán» completamente, argumentando que esa integración era viable entre europeos debido a una cultura e historia compartidas, pero no con los marroquíes: «No se molesten, no se integrarán nunca, sólo conseguirán malos franceses», añadiendo con gravedad que «el marroquí es muy difícil de digerir», sugiriendo que incluso las segundas y terceras generaciones enfrentarían dificultades significativas para asimilarse. Hassan II no era antropólogo (tampoco Franco lo fue, aunque conociera bien el carácter de los españoles, sus aristas), ni ponía peros a la presencia marroquí en Francia — en 1993, cerca de 250.000 vivían ya allí —, pero enfatizaba incompatibilidad cultural, no digamos religiosa. En una declaración posterior, el amigo de Juan Carlos I señaló que no podía exigir que se privilegiara a los marroquíes sobre sus ciudadanos en empleo, educación o servicios. Apesar de estas palabras, tan actuales hoy día, Hassan II mantuvo fuertes lazos con Francia, cultivó relaciones con sus elites financieras y promovió la emigración a Europa como una válvula económica, especialmente en las décadas de 1960 y 1970, cuando la diáspora creció significativamente. Críticamente, las declaraciones de Hassan II puedan interpretarse como una estrategia para asentar la identidad marroquí en el exterior, evitando la asimilación total en Francia, mientras aprovechaba sus beneficios económicos.
Eternos estudiantes. Me detengo, semana de escándalos curriculares, en sendos personajes de todos conocidos, Patxi y Miquel. Veteranos del PSOE-PSC, ilustran unbonito patrón: personas que acceden a cargos de elevada responsabilidad sin apenasformación académica. Estos individuos, valiosos engranajes del aparato, exponen la naturaleza de un sistema que antepone la lealtad política a la cualificación profesional. Francisco José López Álvarez, alias Patxi López, ha desarrollado una extensa carrera política, desde diputado en el Congreso hasta lehendakari en Vascongadas y portavoz socialista actual en la Cámara Baja. No obstante, su formación académica está lejos de representar eso que llaman excelencia. Comenzó Ingeniería Industrial en la Universidad del País Vasco, pero la interrumpió sin concluirla a los 28 años, al coincidir con su elección como diputado. No se registra después ningún título universitario, limitando su preparación formal a estudios inconclusos. La controversia irrumpe hoy, al criticar López a la exdiputada del PP, Noelia Núñez, ya retirada de lo público por falsear su currículo. Sin embargo, en el perfil oficial de Patxi en el Congreso y también según la web del PSOE, se mencionaba que «estudió Ingeniería Industrial», una expresión vaga que omite la no finalización. Por su parte, Miquel Octavi Iceta i Llorens, columna toscana del socialismo catalán, exhibe un historial académico muy deficiente. Comenzó el brioso joven Ciencias Químicas y Ciencias Económicas en la Universidad Autónoma de Barcelona, pero las abandonó cuando probó las mieles de la política. Así, no tiene títulos superiores registrados, tan sólo el bachillerato. A pesar de esta limitación formativa, ha ocupado puestos muy importantes, como el de Ministro de Cultura y Deporte -se le criticó por ignorar elementos básicos deportivos, amén de estar con poca forma física o saber «lo que es una canasta»- o, desde diciembre de 2023, Embajador de España ante la UNESCO.
Soledades catalanas. Sin necesidad de ponerse lacrimógeno, ni menos victimista, el sistema catalán, el oficial, el único, posee un mecanismo de protección y limpieza ideológica magnífico. En la protección está, por ejemplo, el director de La Vanguardia, Jordi Juan, que es sólo y nada menos que la opinión consensuada, formulada, puesta en bandeja de alpaca por el gran empresariado al público general. El periódico, grande de España, sobrevive a regímenes en apariencia antagónicos, de lo isabelino a la república bis, pasando por el celebrado generalísimo, Pujol, las cadenas del Procés y hasta Sánchez. Pienso que sobrevivirá a la misma España, cuando deje de existir. Pero, para situarnos, clama hoy el citado director por salvar esa idea romántica y seguramente anacrónica de la gran coalición. Que no es otra cosa que sacar un gran flotador para el establishment, PSC y PP mediantes (el PSOE debe refundarse, debe cambiar ya sus siglas con el nombre de Partido Sucursal de Catalunya, PSC). Todo este rollo sirve para sólo una cosa: los catalanes refractarios a dicha corrupción política, sistémica, están y estarán solos o, dicho en gusto intelectual, cívicamente muertos. Y así seguirán en lo venidero.
Franquismo sociológico. Los auténticos franquistas, esos que, por edad, le deben a aquel régimen su educación secundaria, su pisito y sus vacaciones, se muestran siempre, todavía, reactivos, aleccionadores. Como si tuvieran que sacar cuentas pendientes, qué coñazo. Cuando menos lo esperaban, andaban en el underground consumista, los sesenta a destajo; luego les pusieron una urna, unas papeletas de colores blanco y salmón, con sus respectivos sobrecitos y, cuales cubículos eyaculatorios, unas celdillas de pretensión íntima para meter, meter la papeleta en el sobrecito, entiéndase. A partir de entonces, todos los calores subversivos pasaron a la esfera de la legalidad, al puño y la rosa y los suculentos contratos. El nuevo régimen también les mimó mucho. Estos días, esos millonetis en audiencias y cuentas han firmado, oh, sí, otro manifiesto. Por resumirlo, tiene el texto la probada fidelidad política, la omisión de toda verdad y el inevitable tono alertando de los peligros que nos acechan. Franquismo sociológico.