
Durante décadas, el debate climático se construyó sobre un mensaje único, inapelable y marcado por la urgencia. Quien lo cuestionaba quedaba fuera del consenso, relegado al margen del discurso público. Ese escenario, según un grupo de científicos y académicos, comenzó a desmoronarse en 2025. No de forma abrupta, pero sí evidente. Lo que hasta hace poco era dogma empezó a admitir matices, dudas y rectificaciones.
Esta es la tesis central que defiende la Asociación de Realistas Climáticos (ARC), que se ha adherido al informe 2025: Climate Hysteria’s Surprising Tipping Point, elaborado por cinco organizaciones estadounidenses vinculadas a la energía y al análisis climático. El documento sostiene que el pasado año marcó un punto de inflexión en la narrativa dominante y señala la vuelta del presidente de Estados Unidos Donald Trump a la Casa Blanca como un factor decisivo en ese cambio de rumbo.
Para los firmantes, el alarmismo climático no surgió de manera espontánea. Sitúan su origen en la comparecencia del entonces responsable climático de la NASA, James Hansen, ante el Senado estadounidense en junio de 1988, cuando advirtió sobre un calentamiento global inminente en un contexto altamente mediatizado. A partir de ese momento, la idea de una amenaza climática constante pasó a formar parte del discurso político, académico y mediático.
Décadas después, en diciembre de 2025, Hansen volvió a advertir de la cercanía de un punto de no retorno climático. Sin embargo, para los realistas climáticos, ese tipo de mensajes terminó produciendo el efecto contrario al buscado. La reiteración de escenarios catastróficos y la presión por alcanzar el objetivo de «cero emisiones netas en 2050» acabaron generando escepticismo incluso entre antiguos defensores del relato dominante.
El informe identifica como hito principal la publicación, por parte de la Administración Trump, de Una revisión crítica de los impactos de las emisiones de gases de efecto invernadero en el clima de Estados Unidos, elaborado por el Grupo de Trabajo sobre el Clima. Por primera vez, un documento oficial del Gobierno estadounidense cuestionó abiertamente la existencia de una crisis climática y puso en duda las políticas impulsadas por la Organización de las Naciones Unidas y respaldadas por buena parte de los países occidentales.
A ese gesto se sumaron otros cambios significativos a lo largo de 2025. El informe cita una revisión del discurso por parte de figuras influyentes como Bill Gates, que rebajó el tono de sus advertencias sobre el impacto catastrófico de las emisiones, o el reconocimiento de la consultora McKinsey de que los combustibles fósiles seguirán siendo la base del sistema energético mundial más allá de 2050. Los autores también detectan un viraje en el enfoque de medios de comunicación tradicionales, con una mayor presencia de argumentos críticos y análisis menos apocalípticos.
El giro no se limitó al ámbito discursivo. El estado de Nueva York revisó parte de su agenda climática para priorizar la asequibilidad energética. «Tenemos que gobernar con realismo», afirmó la gobernadora Kathy Hochul. En paralelo, el documento final de la COP-30 evitó mencionar de forma expresa a los combustibles fósiles, una omisión que los realistas climáticos interpretan como síntoma del desgaste del mensaje oficial.
Para la ARC, todos estos movimientos apuntan en una misma dirección. El miedo dejó de ser un argumento eficaz y el discurso climático comenzó a adaptarse a la realidad económica, social y energética. De ahí que consideren 2025 como el año en que el alarmismo perdió su hegemonía y el realismo ganó espacio.
Las organizaciones que respaldan el informe mantienen una posición crítica frente al consenso científico mayoritario sobre el cambio climático de origen humano. Cuestionan la transición energética acelerada, el objetivo de «cero emisiones» y lo que consideran un uso político del miedo climático.