
Japón afronta una nueva crisis política. El primer ministro Shigeru Ishiba, de 68 años, presentó este domingo su dimisión tras menos de un año en el cargo, acorralado por la pérdida de apoyo parlamentario y el escándalo de corrupción que rodea al Partido Liberal Democrático (PLD).
Ishiba tomó la decisión un día antes de que venciera el plazo para que la formación gobernante —que ha dominado la política japonesa durante casi toda la posguerra— decidiera si adelantaba las primarias internas para forzar su salida. «Quiero ceder el testigo a la siguiente generación«, afirmó conmovido, tras cerrar un acuerdo comercial con Estados Unidos sobre los aranceles del presidente Donald Trump que afectaban a la industria automotriz nipona.
El mandatario asumió el cargo en octubre de 2024 prometiendo combatir la inflación y regenerar su partido. Pero en julio de 2025, las elecciones parciales a la Cámara Alta supusieron una debacle: la coalición gubernamental perdió la mayoría en la Dieta, sumándose al revés anterior en la Cámara Baja y dejando al Ejecutivo en minoría, algo insólito en la política japonesa reciente.
La derrota electoral reavivó las divisiones internas del PLD, que ya venía marcado por las irregularidades en la recaudación de fondos políticos de varios de sus dirigentes. La presión interna para forzar un relevo se volvió insostenible.
La incertidumbre política desató una venta masiva de yenes y bonos soberanos la semana pasada. El rendimiento de los bonos a 30 años alcanzó un máximo histórico, reflejo de la fragilidad del Gobierno y del temor de los mercados a un vacío de poder.
Hasta que el PLD elija a su nuevo líder en primarias de urgencia, Ishiba seguirá ejerciendo sus funciones en funciones. Japón, mientras tanto, se enfrenta a un panorama político inestable en un momento crítico: con una economía estancada, una «crisis del arroz» en curso y crecientes tensiones comerciales con Washington.