
Desde unas pocas semanas después de la invasión de Ucrania, los partidarios de Rusia aseguraban que Vladímir Putin había ganado la guerra. Así llevamos más de tres años. Y es cierto que los rusos ocupan el territorio que querían, pero una mirada al escenario, más allá de las trincheras, muestra las pruebas de que sería una estupidez abrir botellas de vodka en Moscú para celebrar una victoria que tarda mucho en llegar.
Enumeremos algunos de los hechos que contradicen el optimismo. El Gobierno de Volodímir Zelenski se mantiene y los ucranianos (incluso muchos con familia y cultura rusas) se han convertido en enemigos acérrimos de Rusia. La OTAN se ha ampliado con países hasta ahora neutrales (Finlandia y Suecia) y está aumentando su gasto militar. La flota atracada en Sebastopol se ha trasladado a puertos rusos para escapar de los ataques ucranianos. El régimen sirio de Assad, aliado de Moscú, se ha derrumbado y lo ha sustituido un Gobierno apoyado por Estados Unidos, Israel, la UE, Turquía y los países árabes de la región. Irán, otro aliado, ha sufrido varios bombardeos por parte de los israelíes y norteamericanos. Los drones ucranianos llegan hasta San Petersburgo. Trump, cansado de las demoras de Putin y de su ministro Lavrov para alcanzar un alto el fuego, ha reanudado el suministro de armamento a Ucrania.
En los últimos días se han conocido otras noticias que confirman que la guerra se ha convertido en una inacabable sangría para Rusia. Téngase en cuenta que el país más extenso del mundo es el noveno por población. Bangladesh, 150 veces más pequeño que Rusia tiene más habitantes. Y además, la mayoría de los rusos viven en su parte europea, con lo que los grandes espacios asiáticos, de donde obtienen su riqueza mineral, se encuentran casi vacíos.
Desde hace cuatro años, el Gobierno ruso no da datos ni sobre las bajas de la operación militar especial, ni sobre la demografía nacional. Se sabe que algunas cárceles, donde las Fuerzas Armadas han reclutado a muchos presos a cambio del indulto, han cerrado. El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, con sede en Washington, calcula que las bajas rusas rondan las 950.000, de las que 250.000 corresponderían a muertos.
En marzo pasado, se anunció el reclutamiento de primavera, elevado hasta 160.000 hombres, el mayor llamamiento a filas de los últimos catorce años. Para cubrir las bajas, el Kremlin no sólo está recurriendo a tropas de sus pocos aliados, como Corea del Norte, sino que acaba de permitir el reclutamiento de extranjeros.
El lunes 7 de julio, el presidente Putin firmó el lunes un decreto que permite a los extranjeros servir en el Ejército ruso no sólo durante el estado de emergencia o la ley marcial, como estaba autorizado hasta ahora, sino también durante el período de movilización. A los voluntarios se les ofrece, junto con dinero, la concesión de la nacionalidad. Los pocos cientos que ya combaten con uniforme ruso provienen de África, de antiguas repúblicas soviéticas y de Asia.
También Ucrania está empleando a extranjeros: europeos, colombianos, georgianos… Los combatientes se encuadran en la llamada Legión Extranjera ucraniana, mientras que los expertos en informática, drones y equipo militar ocupan otros puestos alejados de los frentes de batalla.
Y el miércoles 9 de julio el director de la Cámara de Comercio e Industria de los Urales, Andrei Besedin, declaró que durante la segunda mitad de este año llegaría un millón de trabajadores indios a la región industrial de Sverdlovsk para trabajar en la industria siderúrgica local.
Inmediatamente, el Ministerio de Trabajo negó esa cifra y subrayó que la contratación de trabajadores de la India está regulada por un sistema de cuotas, que se establecen con un año de antelación. Para 2025, añadió el portavoz ministerial, la cuota total de trabajadores extranjeros en Rusia es de 234.900 personas, de las cuales 71.817 están asignadas a ciudadanos indios. Sin embargo, la falta de trabajadores es innegable.
Durante la Primera Guerra Mundial, los franceses llamaron a poblaciones de sus colonias, como argelinos, marroquíes, senegaleses y hasta vietnamitas, para servir en su ejército y trabajar en sus fábricas. Francia ganó esa guerra, pero quedó tan debilitada que menos de treinta años después cayó ante una nueva invasión alemana. El «Gran Reemplazo» en Rusia lo está realizando su propio Gobierno, como en Cataluña lo puso en marcha el nacionalista catalán Jordi Pujol, porque prefería atraer a marroquíes antes que a ecuatorianos.