
El terrorismo islamista ha vuelto a ser un tema de agenda internacional. Un informe del Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo (OIET) confirma que durante el mes de septiembre se produjeron veintinueve atentados yihadistas en doce países, con un saldo superior a las 350 víctimas mortales. La cifra, aunque fragmentaria, dibuja un mapa de violencia en expansión que abarca desde África hasta el subcontinente indio, con el Estado Islámico y los talibanes como ejes de una red transnacional que ha sabido adaptarse a la ausencia de un califato territorial. El estudio advierte de que los focos más activos del yihadismo global se concentran hoy en Pakistán, Somalia y el cinturón africano del Sahel, regiones donde la debilidad institucional, la porosidad fronteriza y la retirada occidental han permitido a las células islamistas recomponerse y coordinar ataques simultáneos.
En el Cuerno de África, la región semiautónoma de Puntland, en Somalia, ha vuelto a convertirse en escenario de ataques selectivos del Estado Islámico en Somalia (IS-Somalia). El grupo ha centrado sus acciones en altos mandos militares locales, a los que ha eliminado mediante artefactos explosivos improvisados. Entre las víctimas figura el general Ahmed Abdi Ali Qalyare, considerado uno de los principales expertos en operaciones antiterroristas en la zona. Su asesinato, perpetrado el 23 de septiembre, ha supuesto un golpe simbólico para las fuerzas somalíes que combaten el avance del yihadismo, especialmente en un territorio que lleva años librando una guerra intermitente contra milicias vinculadas a Al Shabaab y Daesh.
Más al este, Pakistán se confirma como el epicentro de la amenaza islamista global. El grupo Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), estrechamente ligado a los talibanes afganos, ha absorbido a decenas de facciones insurgentes y se ha consolidado como la organización más poderosa del país. Su crecimiento se ha visto favorecido por la llegada de los talibanes al poder en Kabul, que ha permitido a los combatientes pakistaníes refugiarse y reorganizarse en la frontera común. El informe subraya también la actividad del Estado Islámico del Khorasan (ISKP), autor del atentado suicida en Quetta durante un acto político que dejó quince muertos, y del nuevo grupo Ittehad-ul-Mujahideen Pakistan (IMP), surgido en abril y responsable de un ataque contra un complejo de seguridad en la ciudad de Bannu. Este mosaico de grupos —TTP, ISKP e IMP— ilustra un proceso de convergencia entre facciones islamistas que, aunque rivales, comparten la misma meta: erosionar al Estado pakistaní y proyectar la yihad más allá de sus fronteras.
El documento alerta además del deterioro de la seguridad en África, donde el terrorismo yihadista se ha convertido en un fenómeno continental. En el Sahel, los grupos vinculados al Estado Islámico y a Al Qaeda han multiplicado las emboscadas y ataques contra posiciones militares en Mali, Burkina Faso y Níger, mientras que en Nigeria, Congo y Mozambique las franquicias del Daesh han centrado sus ataques en poblaciones cristianas. En el Congo, más de cien personas fueron asesinadas en una incursión sobre un poblado de mayoría cristiana, un patrón que se repite con frecuencia en zonas rurales donde las comunidades son arrasadas por su fe o su colaboración con gobiernos locales. Esta dimensión confesional de la violencia islamista refuerza la percepción de una guerra religiosa de baja intensidad que avanza en silencio bajo el radar mediático occidental.
El informe concluye que el terrorismo yihadista ha entrado en una nueva fase: no depende ya de estructuras estatales ni de grandes conquistas territoriales, sino de una red global descentralizada que combina atentados de baja intensidad, propaganda digital y control de enclaves estratégicos. En septiembre, los ataques registrados siguieron un mismo patrón táctico: el uso de explosivos improvisados, emboscadas a convoyes militares y atentados suicidas en actos públicos. La dispersión geográfica y la continuidad temporal de los ataques indican que el Estado Islámico no ha desaparecido, sino que ha mutado hacia un modelo más flexible y resiliente. La caída del califato fue un punto de inflexión, no el final de la amenaza. Hoy, la yihad global no necesita una capital: su campo de batalla se extiende del Sahel a Pakistán, y su objetivo, cada vez más evidente, es mantener viva la guerra contra Occidente y contra los cristianos que aún resisten en las zonas más devastadas por el fanatismo islámico.