
Irán vive su peor crisis interna en décadas, una amenaza que no proviene de misiles ni de sanciones, sino del agua. Según cálculos del propio Gobierno, los embalses que abastecen Teherán —una ciudad de diez millones de habitantes— sólo garantizan nueve días más de suministro potable. Si las lluvias no llegan de inmediato, el país podría verse obligado a evacuar su capital.
La situación es crítica en todo el territorio. En Mashhad, la segunda ciudad del país, los depósitos están por debajo del 3%; y 19 de las principales presas del país se encuentran al borde de la sequía total. Incluso arqueólogos han alertado de que el acuífero bajo Persépolis —antigua capital persa y mausoleo de Darío el Grande— se ha vaciado hasta niveles que amenazan con hundir la ciudad histórica.
El presidente Masoud Pezeshkian ha reconocido públicamente que la situación está «más allá de una crisis». Con ira poco habitual, admitió ante el Parlamento que el régimen no tiene capacidad para revertir un desastre alimentado por décadas de gestión caótica, urbanización descontrolada y negación sistemática del problema. «Si alguien cree que tiene la solución, le cedo todo el poder», exclamó.
Los cortes y racionamientos ya han comenzado. Universidades han cerrado duchas en residencias, los barrios pobres sufren caídas drásticas de presión y miles de familias han empezado a almacenar agua ante un inminente apagón hídrico.
Expertos iraníes expatriados llevan veinte años alertando de esta deriva. El exresponsable ambiental Kaveh Madani, obligado a exiliarse tras denunciar la «bancarrota hídrica» del país, recuerda para The Telegraph que Irán afronta su sexto año consecutivo de sequía y que el país ha agotado tanto su «cuenta corriente» (embalses) como su «cuenta de ahorro» (acuíferos).
A este colapso estructural se suma la presión internacional: Israel ha llegado a usar la tragedia para exhibir su ventaja tecnológica, y en la guerra de junio un bombardeo dañó una tubería clave en el norte de Teherán, dejando sin agua a miles de vecinos.
La prensa iraní, pese a la censura, admite ya lo evidente: “La ciudad vive al borde de un milagro”, escribió el diario Jahan-e-Sanat. Y añade: “Hoy rezamos por lluvia para poder seguir viviendo”.