
El pasado jueves se supo que Catar pagó a una empresa de espías para ensuciar la imagen de una mujer que acusaba de abuso al fiscal Karim Khan de la Corte Penal Internacional (CPI). El diario británico The Guardian, denunció la operación encubierta dirigida por la firma londinense Highgate, que intentó no sólo desacreditar a la víctima, sino además establecer conexiones entre ella e Israel. The Guardian reveló que la operación fue encargada por una oficina gubernamental de alto nivel en Catar.
Highgate obtuvo información sensible sobre la mujer, que trabaja en la CPI, con el objetivo de encontrar algo que pudiera socavar su credibilidad. Highgate a su vez contrató a la firma especializada Elicius Intelligence, para que recabara información sobre la mujer, su hijo, su marido y sus suegros, así como información detallada sobre los vuelos que había realizado en los últimos años, las contraseñas utilizadas de sus cuentas en línea, incluyendo una dirección de correo electrónico privada. Highgate no negó ni la operación, ni haberse reunido con los representantes de Khan, describiendo dicha información como «privada, comercialmente sensible y confidencial». En un comunicado enviado a The Guardian, los abogados de Khan no negaron que dicha reunión hubiera tenido lugar.
La noticia de la injerencia catarí en el juicio contra Khan no es en forma alguna sorpresiva. Karim Khan es una pieza fundamental del entramado legal organizado desde ONU y otros organismos internacionales para condicionar a Israel e interferir en la guerra en Oriente Medio. El año pasado, Khan solicitó órdenes de arresto contra el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu por presuntos crímenes cometidos durante la guerra contra Hamás en Gaza. Pero ocurre que el fiscal estaba bajo investigación por varias denuncias sobre su conducta. En ese contexto, Catar habría puesto a funcionar su extensa maquinaria para sostener a Khan en el puesto. Que Catar promueva o financie estas acciones resulta acorde al resto de los movimientos diplomáticos, legales, mediáticos o lobbistas que el país realiza como parte de su programa político internacional.
Catar lleva años construyendo una infraestructura ideológica tanto en el mundo árabe y como en Occidente; destinada a apoyar a la Hermandad Musulmana, lo que implica instrumentalizar la diplomacia, organizar una red financiera de blanqueo dinero para la yihad global, constituirse como intermediario indispensable en los conflictos regionales y construir un sólido plantel de lobistas, medios y universidades actuando a su servicio. Este rico emirato gasta cataratas de dinero, sobre todo en Estados Unidos, para adquirir legitimidad moral.
Según el académico Charles Asher Small, Catar invirtió miles de millones de dólares para controlar la educación y promover la ideología de los Hermanos Musulmanes en Occidente. Small sostiene que el régimen catarí mantiene un juramento a esta organización por el cual está «obligado a completar el trabajo de Hitler». Catar juega en muchos tableros para cumplir estos compromisos desde 2007, año en que Hamas tomó Gaza expulsando a la Autoridad Palestina, y el emirato se convirtió en su financista y protector.
Si bien afirma ser aliado de Occidente, también alberga a los más encumbrados terroristas, incluidos los líderes de Hamás que festejaron en el emirato el ataque del 7 de octubre y se fotografiaron viendo la masacre en pantalla gigante y luego rezando en la misma sala. Se estima que más de 1.000 miembros de la organización residen en Doha, alojados con sus familias en viviendas proporcionadas por el régimen catarí. Líderes de alto rango, como Khalil al-Hayya, Zaher Jabarin, Mohammad Darwish y Musa Abu Marzouk, disfrutaron de un trato preferencial acorde a su estatus dentro de la organización. Además, exprisioneros y miembros de menor jerarquía también reciben refugio. De hecho, Catar apoya materialmente a Hamás desde hace años.
En 2012, el New York Times publicaba las imágenes del difunto líder de Hamas, Ismail Haniya, y el entonces emir de Catar en la primera visita de un jefe de Estado luego de que Hamás tomara el control de Gaza. El jeque Hamad bin Khalifa al-Thani, prometió 400 millones de dólares a la organización terrorista. Desde entonces, este patrocinio y el flujo interminable de dinero se convirtieron en sostén permanente de las operaciones del gobierno de Hamás.
Pero el plan fue mucho más ambicioso. Catar invirtió millonarias sumas en lo que años después Occidente llamó «la batalla cultural». Desde comienzos de este siglo la Ivy League ha reportado una financiación catarí superior a los 6.000 millones de dólares, lo que convierte a Catar en su principal donante extranjero de las instituciones estadounidenses de educación superior, dando parte de su riqueza para mantener una narrativa y una ideología que durante décadas se impartió en los departamentos de estudios sobre Oriente Medio que son bastiones de odio antioccidental y del antisemitismo. Esa inversión dio sobrados frutos en los campamentos propalestinos organizados en Occidente luego de la masacre del 7 de octubre de 2023.
La creencia de que Catar es un actor razonable o que antepone a sus fines terroristas su proyecto diplomático es un mito. No están más interesados en una solución pacífica del conflicto en Gaza y fueron los mentores del pogromo del 7 de Octubre. Lo que pretenden es seguir influyendo y manipulando para permitir que Hamás sobreviva a la guerra.
La financiación del cabildeo dentro de la administración gubernamental extranjera mantiene el mismo patrón. Catar es el más generoso empleador de la industria de los grupos de presión de Washington, comprando influencia en el Congreso y en la comunidad empresarial. Catar es también uno de los principales países en contratar políticos y empresas registradas en la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA), al nivel de China, por ejemplo, para aumentar su influencia en contrataciones, reuniones con el Congreso y prensa especializada.
Y eso sin contar la enorme influencia que ejerce a través de su canal de noticias Al Jazeera, el medio de comunicación más visto en el mundo musulmán, que produce propaganda para la Hermandad Musulmana los siete días de la semana. Un reciente análisis de The Washington Free Beacon revela que las principales plataformas de IA, incluyendo ChatGPT de OpenAI, Gemini, Perplexity y Grok toman información mayoritariamente de Al Jazeera, para obtener información sobre la guerra entre Israel y Hamás. ChatGPT, señaló que Al Jazeera es citada con mayor frecuencia que The New York Times o Associated Press.
Al Jazeera y sus filiales y derivadas son un producto creado y financiado enteramente por Catar y dirigido por la corte real. La programación se adapta a los diferentes países, así, la programación en inglés es muy woke, mientras que la programación en árabe no lo es y más bien sigue la línea conservadora musulmana. Varios miembros de Hamas fueron «disfrazados» como periodistas a lo largo de los dos años de la guerra.
Pero el programa cultural de Catar es aún más amplio. Un ejemplo clave se vio en el polémico Mundial de 2022. Allí, Doha disimuló su verdadera cara, creando para el mundo un espectáculo falaz. La Fundación Catar financia también la iniciativa TEDinArabic con una serie de charlas, contenido y personajes emblemáticos, dirigido a las élites orientales. En una de estas charlas, la jequesa Mayassa Al-Thani dio una charla en Washington, sobre como globalizar la abaya, uno de los ropajes negros que cubren completamente a las mujeres.
En 2017, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Egipto rompieron relaciones con Doha, buscando limitar los lazos de Catar con Irán, cortar su apoyo a los Hermanos Musulmanes y desmantelar las redes que financian la política islamista. Pero Catar decidió ampliar su telaraña de poder blando. En 2019, el régimen inauguró el Museo Nacional de Catar que se promocionó como una institución de la «resistencia» contra el bloqueo. Catar se victimizó y logró su objetivo gracias a la ignorancia e ingenuidad occidental, apoyada por su poderosa maquinaria de poder blando. El emirato juega a dos bandas cuando se trata de Estados Unidos y de Occidente en general, basando su influencia en la propaganda y comprar voluntades.
El éxito de la «batalla cultural» Catarí ha dado sus frutos no sólo por la manipulación mediática durante la guerra, gran parte de la cual se está exponiendo en estos días, sino en la complacencia y el adoctrinamiento que llevaron, por ejemplo, al político islamoizquierdista y antioccidentalista Zohran Mamdani al gobierno de Nueva York. Ahora, la ciudad más icónica del capitalismo y de la cultura occidental estará gobernada por un comunista, propagandista de la la Teoría Crítica de la Raza, antiisraelí y propalestino. La caída de Nueva York es uno de los éxitos de la batalla cultural catarí.
Pero el mayor logro de Catar ha sido burlarse y beneficiarse de la credulidad, la culpa y el antisemitismo de gran parte de Occidente. Doha financia este teatro de blanqueamiento del programa de la Hermandad Musulmana y lo viste para la exportación, en museos y alta costura, en podcasts y medios y en torneos internacionales, todo lo cual crea una utopía disfrazada de inevitabilidad histórica. La instrumentalización de Hamás por parte de Catar en este plan no es casual. Son los valedores de la Hermandad Musulmana, cuyo principal motor es la destrucción de Occidente.