
El regreso de los rehenes liberados en el marco del canje con Hamás está dejando testimonios que exponen, sin eufemismos, la brutalidad del cautiverio. Entre ellos, el relato de Rom Braslavski, vigilante secuestrado en el Festival Nova, cuyo testimonio detalla amenazas, humillaciones y un intento de coacción religiosa por parte de sus captores de la Yihad Islámica, según informa El Mundo.
Braslavski —que pasó 738 días en manos de milicias en la Franja de Gaza— contó a su familia que los captores le ofrecieron convertirse al islam a cambio de «mejor trato y más comida». Al negarse a abandonar su fe, relató, el maltrato se intensificó: le mantuvieron atado por las piernas, le obligaron a hacer sus necesidades en una botella y le sometieron a palizas y privación alimentaria. Otros rehenes, aseguró, fueron forzados a llevar bolsas en la cabeza durante días mientras eran golpeados.
El drama de Braslavski se enmarca en un goteo de sucesos que siguen empeorando la situación humanitaria y la tensión política. Desde el inicio del acuerdo de intercambio, sólo 10 cadáveres han sido devueltos por Hamás en la primera fase —de los 28 que Israel reclama—, y las familias exigen la entrega íntegra de los restos para poder enterrarlos dignamente. El Foro de las Familias y Desaparecidos ha hecho un llamamiento rotundo: «La lucha no cesa hasta que vuelvan», resumió su portavoz.
La entrega parcial de cuerpos ha desatado críticas y desconfianza entre las autoridades israelíes: en al menos un caso los forenses confirmaron que uno de los cadáveres devueltos no correspondía a ninguno de los secuestrados israelíes, sino a un palestino local. El hecho ha aumentado la presión sobre los mediadores y ha llevado a Israel a amenazar con limitar la apertura del paso de Rafah y la ayuda humanitaria si no se cumple el acuerdo.
Entre los liberados, los testimonios subrayan la banalidad de lo que hoy para ellos es consuelo: comida caliente o una pizza se convierten en el primer deseo tras la liberación. Nimrod Cohen, otro de los rehenes devueltos, pidió una pizza nada más llegar al hospital. Para las familias, sin embargo, la alegría está teñida de rabia y de una exigencia inaplazable: recuperar a todos sus muertos y poder darles sepultura en Israel.
En paralelo, la situación dentro de Gaza sigue siendo volátil. Hamás intenta recomponer su control en amplias zonas de la Franja, persiguiendo a quienes considera «colaboracionistas», mientras varias milicias —algunas con apoyos externos— se enfrentan entre sí por el poder local. Las ejecuciones públicas y las represalias buscan imponer miedo y certificar quién manda en el terreno.
El testimonio de Braslavski y el de los demás liberados configuran, en suma, un relato cruel que vuelve a poner el foco sobre la responsabilidad de las milicias que tuvieron a los rehenes: no sólo por la privación de libertad, sino por las torturas, las humillaciones y la negación de condiciones mínimas de dignidad humana.