39 años
39 años
Por José María Contreras Espuny
24 de octubre de 2026

Hoy no es un día cualquiera. Para empezar, cuando esta noche sean las tres no serán las tres, sino las dos, las dos de la madrugada por segunda vez en el mismo día. Una hora renacida. Un consenso para violar las leyes de la física. A muchos esto les desagrada. Dicen que descoloca, en especial a los ancianos y a los niños. Pues que se fastidien los ancianos y los niños. El cambio de hora es una conquista metafísica, una subversión carnavalesca dentro de la penitencia de nuestro transcurrir, un acto de piratería contra el tiempo. Además decretado por el mismísimo Estado, que así evidencia otra de sus razones de ser: seguridad, sanidad y saltos temporales.

Los españoles, sin embargo, somos un pueblo adocenado que no estima los 60 minutos extra en lo que valen. Mientras unos se quejan, el resto celebra que dispone de una hora más para dormir. Se organiza un sabotaje contra el tiempo, se alcanza el prodigio de un día de 25 horas, y solo nos regocijamos con la idea de levantarnos más tarde. No somos dignos. Esas segundas dos de la mañana deberían fascinarnos, hacernos saltar de la cama para salir a la calle en busca de un milagro. ¿Quién sabe qué raros fenómenos acontecerán en esa hora sobrante? Puede que los cometas vacilen y la luna parpadee. Puede que los gatos ladren, los gorriones caminen y un perro atrape de una vez su cola. 

Y por si lo anterior no bastara, hoy, además, cumplo 39 años. Aunque la cifra no es redonda, resulta especial porque la daba por perdida. Cumplo 39 por segunda vez. En una cena, no sé con cuánta malicia, Matilde me convenció de que ya tenía los 39 y de que este 24 de octubre cumplía los 40. Me chocó al principio, así que conté con los dedos sin llegar a aclararme. Se equivocaba, pero como nunca se equivoca, la creí. Anduve un par de semanas triste, preguntándome cómo podía haberse escurrido un año entero. Mi madre, que me encontraba singularmente decaído, me señaló el error. Le exigí que lo demostrara con papel y lápiz. Y aquí estoy, con 12 meses por delante con los que había dejado de contar. Es un regalo, y por eso lo voy a despilfarrar.

Cuando de verdad cumpla 40, entonaré aquello de nel mezzo del cammin e iniciaré el descenso, espero que hacia la sabiduría. Entonces me sosegaré, apagaré los últimos rescoldos de entusiasmo y haré el inventario de las decepciones. Pero no ahora, no en estos reestrenados 39 años. Es un periodo de gracia, un cambio del calendario a mi favor. Y si Dios me da salud, voy a vivirlo de manera excepcional y despreocupada. Trabajaré y cumpliré con los compromisos, que al fin y al cabo tengo una familia detrás, pero en el fondo será un año sabático. No voy a reformarme ni a dejar el tabaco ni a escribir la maldita novela que se supone tengo que escribir. Y lo mejor es que no sufriré mala conciencia por ello. Ya me torturaré dentro de un año, cuando el tiempo vuelva a encajar, cuando las tres sean las tres y los 40, los 40.

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