5.000 manadas
5.000 manadas
Por Roberto Granda
12 de julio de 2026

No sé si veinte años no son nada (o son mucho), como afirmaba Gardel, que a la postre moriría intolerablemente joven, supongo que depende de las circunstancias y el trasiego existencial; pero han pasado diez desde la manada del Prenda y sus compinches en Pamplona y parece que ha sido anteayer.

Recuerdo con espanto el bizarro espectáculo de las masas populares echadas a la calle, para manifestarse en contra de una sentencia antes de que ésta fuera publicada. Repito: salían a protestar por el contenido de un texto que no habían leído. No sé si puede existir forma más cabestra de andar en sociedad. O de ser pastoreados por los que supieron ver el filón que tendría el suceso, para llevar la gallina de los huevos de oro a su corral, que es de lo que se trata, de lo que siempre se trató. Mediatizar un caso mientras te preparas para enterrar debajo de la alfombra todos los que vendrán. El dedo que señala el pico de Rubiales y calla cuando destrozan a una chica en una pedanía de Barcelona. Y, además, usas las hordas descerebradas para torcer el brazo de la ley.

Estos asnos bípedos vociferaban contra los tribunales y dibujaban dianas con la cara del juez discrepante que tuvo el coraje de votar en conciencia y no dejarse llevar por la presión popular y política. Un documento con una redacción bastante clarividente, en mi opinión. Pero causas o motivos, legalidad o Estado de derecho importaban poco a los asilvestrados de las algaradas callejeras con lemas estúpidos y bastante violentos. Pocas veces sentí tanto bochorno de ser compatriota y compartir suelo y país con tanto zoquete. Con tanto seguidor del vulgo bramando a favor de linchamientos y cadalsos. De chusma dejándose manipular por más altos intereses de quienes los dirigían como marionetas de una siniestra obra representada para toda España. Aquella locura colectiva fue el germen de un movimiento que hoy sigue expandiendo su abyección por todo el país.

De toda esa jauría inhumana, ni uno solo, ni un miserable sujeto o sujeta, ha vuelto a salir a la calle a defender a una mujer violada en esta década ya cumplida. Desde los energúmenos sevillanos liándola en San Fermín se han estimado un total de 5.000 manadas. Cinco mil. Solamente en el Hospital Clínic atienden a una víctima por semana. Repito: una víctima por semana. Ustedes de la mayoría no se enteran y los que andamos en los medios de comunicación sólo un poco más. Pero porque hay una labor deliberada de ocultación, teniendo en cuenta que el 43% de los agresores son extranjeros. En 2019, una manada en Manresa contra una niña de 14 años transcendió sólo cuando el tío de la menor fue a la puerta de los juzgados a intentar darle una somanta de palos a los violadores de su sobrina.

Las mujeres están más desprotegidas que nunca y los sucesos se acumulan de forma escalofriante. Y nadie del feminismo oficial pone un tuit, ni hace una declaración, ni convoca una maldita manifestación. Si la chica ha sido agredida en grupo, pero no por sevillanos guardias civiles y militares, ya puede esperar sentada una mínima muestra de apoyo. Niñas y mujeres directas al ostracismo, bajo el manto de olvido al que este Gobierno y sus mariachis islamofílicas las condenan. Ignorar a las víctimas no es una estrategia casual, es una política de Estado.

La ideología de género funciona hoy como una religión de sustitución (Irene Montero, que acaudilla el sarao, cree en el horóscopo y en el tarot y su lectura de cartas, lo que en absoluto extraña) donde las feligresas comulgan ante el altar del chiringuito violeta. Durante este tiempo, la industria de género ha cancelado, hostigado, censurado y acorralado cualquier movimiento, persona o representación artística que no se ajustara a sus rentables neuras. Han seguido modas absurdas, persiguiendo campañas de una marca de vino o dejando sin trabajo a las azafatas de la F1; alentando o negando denuncias falsas según soplara el aire y, como guinda del pastel, otorgando beneficios penitenciarios a más de 1.400 agresores sexuales. Repito: más de mil cuatrocientos.

El negocio se va degradando al mismo ritmo que la erosión de las instituciones donde rapiñan. Algunos han conseguido despertar ya de esa pesadilla dogmática y bestia, y las encuestas dicen que los jóvenes cada vez se identifican menos con la extrema izquierda que mueve los hilos del gran mercadeo.

Cualquier persona sensata desearía al frente de políticas necesarias a mujeres con sentido de la ética y la responsabilidad, un feminismo menos envilecido por el dogma y por el vil metal; pero actualmente sólo existe una siniestra industria del dolor que clasifica a las víctimas según el rédito político que les puedan sacar, instrumentos a merced de mezquinos intereses. La ocultación sistemática del sufrimiento es una decisión consciente ideológica, para que un hatajo de falsas moralistas y analfabetas se sigan enriqueciendo con la maquinaria del daño, las descomunales subvenciones, los sueldos abultados, el dinero público tirado en talleres, en campañas, en cursos; panoja para el pesebre donde buscan colocar al personal y vivir del tinglado de género.

«Feministas» con o sin sueldo público que calláis ante esta barbarie que está ocurriendo en nuestras calles: sois unos malos bichos surgidos de lo más profundo de vuestra execrable ideología, sois la hipocresía, la doble moral, la insensatez, la mala fe y el oportunismo rastrero. Sois lo más denigrante de un sistema podrido que alimenta el vientre del odio para hacer millonarias a desgraciadas arribistas, sois la escoria que carcome las sociedades hasta hacerlas irreconocibles, dejando abandonadas a víctimas de espantosas violaciones, a las que preferís calladas si su caso no encaja con vuestro asqueroso relato. Sois una puta vergüenza.

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