Son tres chicas adolescentes, en esa edad indeterminada entre los 12 y los 15, sentadas en sus respectivas sillas de playa. Y otros tantos chavales, frente a ellas, tumbados en las toallas. Todos en el grupo, ellos y ellas, están mirando el móvil cuando yo llego al sitio del arenal donde acostumbro a ponerme desde hace casi cuatro décadas. La playa, el paisaje y el paisanaje han cambiado mucho, y servidor también, pues ya no soy ese niño rubio, casi albino, cuyo padre tenía de una mano, agarrando con la otra a mi hermano, y retratados en una foto que aún conservamos. Otros tiempos, misma ubicación. Como animales de costumbres, llevamos toda la vida poniéndonos en el mismo lugar de la ensenada, torciendo el morro, fastidiados, cuando hay otros especímenes derrengados en nuestra zona de aparcamiento, como si tuviéramos derecho a reserva en ese vado imaginario. Uno elige sitio en la playa como escoge lado de la cama o postura en la barra del bar: para toda la vida.
Al parecer, existen playas privadas, pero de momento, y como no somos futbolistas ni actores de Hollywood, nos contentamos con que no haya excesivo tumulto alrededor, sin orondas endemoniadas vociferando a los cabroncetes de sus vástagos que se comportan como el ganado; ni pandillas en la edad del pavo, con esos odiosos altavoces portátiles que, como su propio nombre indica, se pueden portar en cualquier lado, y tienen la capacidad de inundar de reguetón una tranquila tarde veraniega. Mandando a tomar por saco la lectura y la serenidad. Cómo algo tan insufrible puede ser considerado música, es algo que todavía no me explico. En los días de más concurrencia, uno ya aspira a que, en su andar zángano, no le echen arena en la cara cuando pasan esos batracios que llevan todos el pelo cortado igual (más corto por detrás de la molondra y en las sienes, más largo en el cogote y en el pináculo del melón, como Blas, compañero de piso de Epi).
El caso es que, cuando veo a los del grupo ensimismados en sus pantallas, lo primero que me pregunto es para qué demonios quiere alguien bajar con el móvil a la playa. Sólo se me ocurre si es para poder llamar al 112 si a uno le da un jamacuco de tanto sol, o para que desde casa avisen cuando están ya al punto los garbanzos. Lo segundo que ocurre es que, desde que llego, hasta que levanto el campamento (silla, toalla del Real Oviedo, chanclas y libro), juro por mi colección de Billy Wilder que no les veo intercambiar ni una sola palabra. Ni una. No digamos una conversación larga. Verbal. De usar sujeto, verbo y predicado. Están al lado, pero no están juntos.
A lo mejor, pienso, se están comunicando entre ellos vía WhatsApp. Han desarrollado tanto hábito que también se escriben por la aplicación aunque físicamente anden pegados.
Es lo que se me viene a la cabeza cuando, en los restaurantes, observo a esas parejas cada uno con su móvil, sin alzar la vista y sin dirigirse la palabra. Bastante inquietante. Seguro que están escribiéndose, diciendo lo feo que es el camarero, lo horrendo de la carta y la pésima calidad de los productos, de una manera que guarden la discreción y nadie se entere. Tiene que ser eso.
Entonces, en mis tiempos de finales del siglo pasado y principios de éste, las pandillas del verano eran también mixtas, niños y niñas, cada cual en lo suyo, juntos y revueltos. Cada sexo (que no género, imbéciles) con sus chifladuras. Se jugaban, en el prado o en la arena, partidos interminables donde la entrada más suave habría hecho palidecer a Stoichkov, se nadaba hasta casi desfallecer, se fabricaban armas caseras para las guerras tribales, nos peleábamos y nos podíamos romper mutuamente algún hueso, pero seguíamos siendo amigos. Tales eran las reglas. Pedrada en la cabeza, brecha, unos puntos y un abrazo. Como decía Gila, el que no sepa aguantar una broma que se vaya del pueblo.
Todo pasaba en verano. Los primeros besos, los primeros sofocos, los primeros cigarros, el primer húmero fracturado. Rodillas peladas, postillas y mercromina.
No tengo ni idea de cómo gastan ahora los pubescentes las vacaciones, pero echando un vistazo alrededor no me parece nada divertido eso de juntarse para estar cada cual mirando el móvil. Más pendientes de Instagram que de meter cangrejos en un cubo, con lo que dan de sí los cangrejos. Creo que pertenecen a un sistema mental distinto al nuestro. Ahora los veranos suceden de pantalla para adentro, y la vida en el exterior sólo es el decorado de un post o una publicación. Algo a lo que se pueda meter un buen filtro. Estupendos teléfonos inteligentes puestos al servicio de cabezas devastadas.
Como digo, la playa ha cambiado mucho. Antes, con la temeridad que otorga la edad, confundiendo valentía con imprudencia, nos metíamos a pegar el pecho contra las olas dando igual el estado de la mar. El color de la bandera sólo era una recomendación, y nuestro daltonismo selectivo se unía a la deferencia de los socorristas, que miraban para otro lado cuando trepábamos a cualquier risco para lanzarnos de ahí al agua entre alaridos y risas, poniendo en riesgo la integridad física con desparpajo tenaz e insolvente.
Hoy día, estás plácidamente nadando estilo perrito, pensando en que la temperatura ideal del Cantábrico es aquella en la que ya has perdido la sensibilidad de los dedos de los pies pero aún no te los tienen que amputar, y oyes ese odioso sonido, silbato de socorrista, agudo como bronca de madre, obligando a todo el mundo a irse del agua, como si fuera Roy Scheider en ‘Tiburón’, pero dispuesto a cerrar la playa porque una medusa, carabela portuguesa, ha sido vista cerca de la costa, y la semana pasada a una señora le picaron en el culo. Prohibiendo el baño a nada que está Neptuno un poco encrespado, cuando esas olas nos las pasábamos nosotros por el forro de nuestras tablas de bodyboard.
El litoral en la época estival es el terreno de la vulgaridad por antonomasia. Uno, cuando no viaja por otras latitudes, es fiel a su playa de siempre, por la que correteaba desde que empezó a andar, pero de vez en cuando busco rincones más apartados, si quiero leer con calma o no me apetece estar cerca de lo que Pablo Iglesias llamaría el lúmpen, porque la tranquilidad es lo que más se busca. Baretos a pie de arena con cañas a precio de Pachá Ibiza, que tienen sus propios relaciones públicas para subir reels, y una influenciadora gastronómica lo puede incluir en su lista ‘Los diez mejores chiringuitos donde comer calamares fritos escuchando Manu Chao al lado de un tío peludo sin camiseta’, o algo así. Tal es el panorama en las costas españolas. Puedes avistar mostrencos con barrigas cervezas asomando por encima del traje de baño fosforito, de la mano de zafias con las tetorras al aire, los tocinos tatuados y con arreglos de quirógrafo que les han dejado perpetua cara de ir en moto.
Para la mediana edad, y también para eso que llaman la tercera, agosto debería ser sinónimo de descanso, días sin prisa, atardeceres, lecturas sin pausa, enlazando una novela con otra, baños en el mar y deporte y cenas al aire libre. Los mejores años de fiesta ya han sido vividos, y el cuerpo te recuerda de vez en cuando que una romería puede acarrar tres o cuatro días de terrible resaca.
Cuando me cansa demasiado la ruidosa fauna playera, me dan ganas de ponerme al lado del socorrista que tiene el pelo como Lamine Yamal, estilo nido de pájaro, y señalando los palos distintivos que ha puesto sobre la arena para delimitar la zona de baño (aunque haya bandera verde), meterme justo por donde no deja, nadar lo más adentro que pueda, y mientras hace sonar el silbato, que ignoraré con gusto, se meta al agua tras de mí con ese flotador a lo Mitch Buchannon, y dos señoras cloquean desde la orilla viendo el espectáculo, y las muchachas del móvil se levantan por fin, aparato en mano, para grabar un vídeo que luego compartan con sus amigas de las redes.
Y bracear hasta que canse, dejando atrás la música infame, el sonido de silbato y los chavales lobotomizados con el móvil, nadar como lo hacía con los amigos en los veranos de la infancia, aquellos tiempos que ya no volverán, pensando en los que ya no veo y en los que ya se fueron, hasta tratar de alcanzar la ilusoria raya del horizonte.