«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

A lágrima viva

27 de septiembre de 2026

Temo que de tanto llorar alguien pierda el conocimiento viendo La Bola Negra (de Los Javis). Nunca he visto nada igual. No hablo de la película, que aún no ha pasado por mis retinas. Me refiero al impacto en el público. Los que han ido, y han ido muchas personas, dicen salir conmocionados. La gente rompe a llorar y ya no para. La película acaba y el cine queda entre suspiros, hipos, mocos y auténticos berrinches. Tenía razón Boyero. La gente sale del cine como si saliera del tanatorio, con los ojos restregaos de la llantina.

Esos los que salen. A otros tienen que arrancarlos de la butaca hechos sollozante fosfatina. Hay gente pidiendo ya que los espectadores puedan quedarse en la sala un rato más a llorar. Los cines modernos, que te ponen una hamburguesa o te dan un masaje en las lumbares, creían tener pensada toda la ‘experiencia fílmica’, pero no estaban preparados para la emotividad del español o española del siglo XXI. Las salas deberán acondicionarse y los horarios cambiar, porque no da tiempo. El ritmo de sesiones habitual no permite que una persona con corazón se rehaga.

La gente no solo llora durante la película y al acabar. Se han reportado casos de personas que siguen llorando al día siguiente. No es descartable que en próximos días se detecte un repunte de bajas laborales.

Si te hace llorar mucho una peli, es muy buena; y si lloras mucho, eres muy humano. Veremos en tik tok  testimonios a moco tendido y un efecto imitación, una gran sugestión, episodios de llanto convulsivo que se irán contagiando como cuando en Corea murió Kim Jong-il y todos empezaron a llorar y no podían parar…

La Bola Negra ha dado en pleno corazón de la España sanchista, país lleno de buenas personas, con una sensibilidad estética y moral que basta salir a la calle para verla…

 Y no acabará aquí. La película de Los Javis será al cine lo que la selección al fútbol. Cambien posesión por llanto. Nadie  en Hollywood podrá, ni de lejos, igualar su impacto lacrimógeno, su hondura bonita, y seremos campeones del mundo de la pena, del sentir y del querer.

Esta obra te cambia, dicen. Es una catarsis. Ante la campaña promocional de la película, yo repetía lo del poema de Sánchez Mejías: «¡Que no quiero verla!».  Pero ahora tengo que saber si estoy muerto por dentro.

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