A partir de los siete es ya marginal
A partir de los siete es ya marginal
Por Carlos Esteban
5 de enero de 2026

Donald Trump, amargura del progrerío universal y portentoso hacedor de memes, en una conversación telefónica navideña desde la Casa Blanca durante su primer mandato con un niño de 7 años, le dijo al, suponemos, atónito chaval que a su edad seguir creyendo en Santa Claus era marginal.

Ignoramos cuánto dura la ingenuidad infantil en Estados Unidos, de media, aunque estamos seguros de que Pew Research tiene los datos por estado. Lo que no parece tan marginal en todo Occidente es la absurda creencia en ese Santa Claus para adultos que es el Derecho Internacional Público.

Lo he visto invocar hasta el cansancio en redes sociales y medios con motivo de ese «visto y no visto» en Caracas, 6 minutos con 24 segundos: la captura del dictador Nicolás Maduro por miembros de la Delta Force mientras dormía para su traslado a Nueva York, donde será juzgado por narcoterrorismo y otros cargos.

Si la ingenuidad se paga caro en política, en geopolítica es directamente fatal. No puede haber un verdadero derecho internacional porque no hay una inequívoca autoridad con fuerza y legitimidad suficientes para hacerlo cumplir. En un territorio reconocido como Estado nación hay una fuerza —el Estado, precisamente— capaz de imponer el derecho del país de que se trate. Cuando esa fuerza es incapaz de imponerse, hablamos de «Estado fallido».

Eso que se llama, de forma tan equívoca, «comunidad internacional», es, en ese sentido, un Estado fallido. Las reglas de esa «comunidad basada en reglas» van tan lejos como cada uno de los Estados sea capaz de defenderla, ni un milímetro más allá.

El mundo es algo mucho más parecido al Salvaje Oeste, donde la ley depende de desenfundar más rápido, que a una comunidad debidamente ordenada en un Estado de Derecho. La frase que Tucídides atribuye a los atenienses en el diálogo de los melios —«los fuertes hacen lo que quieren y los débiles aceptan lo que tienen que aceptar»— es tan vigente hoy como en el siglo V antes de Cristo.

La relación entre las naciones está dominada por la necesidad de supervivencia y el despliegue de dominio. La paranoia no es un rasgo marginal en ella, sino constitutivo. No es, necesariamente, una visión puramente hobbesiana, el mundo de todos contra todos, porque los agentes de este juego son racionales y capaces de ponerse de acuerdo y establecer límites -siempre provisionales- para evitar situaciones demasiado peligrosas.

Pero en ochenta años de paz y prosperidad, Occidente ha engordado y se le ha llenado la cabeza de fantasías Disney hasta el punto de creer en una peli de buenos y malos donde basta tener la razón o una excusa vagamente moral para vencer. Eso explica, por ejemplo, su actitud frente a la realidad de la guerra en Ucrania. La Unión Europea está dispuesta a quemar los muebles y arriesgar una guerra termonuclear con Rusia porque lo contrario sería «premiar una invasión». Como si todos y cada uno de los países que existen en el mundo, y muy especialmente los europeos, no tuvieran las fronteras que tienen gracias a cientos de invasiones que resultaron premiadas.

Estados Unidos tuvo unos años —el «momento unipolar», entre la caída del Muro y el ascenso de China y la recuperación parcial de Rusia—- para hacer de su capa un sayo. Y no es que dejara de hacerlo, pero tiñó sus aventuras bélicas de un tono moralizante —«construir la democracia»— que ha sido fatal para muchas mentes.

Porque el relato de moralina no altera en absoluto la realidad brutal subyacente a las relaciones internacionales; solamente las hace más hipócritas. Pero estamos en la era de la Gran Clarificación, en la que empiezan a verse las costuras a todo y todo se hace ya a las claras.

El de Maduro es un régimen odioso que se benefició del penúltimo espejismo ideológico, el socialismo del siglo XXI que, como el del siglo XX, sólo trajo represión, miseria y propaganda incesante. El chavismo representa uno de los fenómenos más aborrecibles de la historia reciente: el del político que llega prometiendo, no la intención de ordenar razonablemente el espacio público dentro de sus posibilidades, sino la llegada del Milenio, la felicidad universal. Que, además, llegaran en chándal en lugar de hacerlo con los magníficos uniformes de sus, ejem, «libertadores» no hace más que agravarlo.

Pero la ingenuidad corre en todos los bandos. Creer que se pueden aplicar reglas contra el hegemón no es más ingenuo que pensar que Trump ha atacado Venezuela por un súbito amor a los venezolanos y a sus libertades perdidas. No va así la cosa. En sus declaraciones posteriores al ataque, Trump ha pronunciado más veces la palabra «petróleo» que la palabra «libertad», Dios le bendiga por su franqueza, ha dejado claro que Estados Unidos gobernará Venezuela hasta que lo considere oportuno, que contará con, al menos, algunas figuras del régimen como Delcy Rodríguez, y que la Nobel María Corina no tiene el «respeto» de sus compatriotas. 

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